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Por qué perdió el Frente Amplio

La necesaria búsqueda de causas que importa a todo el sistema político 

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02 de julio de 2022 a las 05:03

Dos días atrás, el 30 de junio, comenzaron a correr los veinticuatro meses previos al inicio del nuevo Ciclo Electoral Nacional con la celebración de las Elecciones Nacionales Internas. Antes, dentro de dieciséis meses, deberán renunciar todos los directores de entes autónomos y servicios descentralizados que pretendan ser candidatos a senador o diputado. Y por ahí, quizás algún que otro mes más, comenzará propiamente la campaña electoral. Al día de hoy para el premio mayor –la Presidencia de la República- se prevé una contienda altamente competitiva, con similares probabilidades tanto para el oficialismo como para la oposición: hay una moneda en el aire, que puede caer en cara o en número.

Uno de los contendientes seguros hacia el balotaje lo es el Frente Amplio y el otro un oficialista, que hoy por hoy las probabilidades las tiene solo el Partido Nacional. Así las cosas, la campaña electoral tendrá dos caras: el futuro y el pasado. Hacia adelante, qué va a proponer cada partido; hacia atrás, cómo se valoran los aciertos y errores del oficialismo que terminará en 2025 y del oficialismo que hubo hasta 2020; de los que pretenden conservar el gobierno y de los que pretenden reconquistarlo.

Así vistas las cosas, para unos y para otros, para todos -cualquiera que fueren sus probabilidades- resulta sustancial el diagnóstico más afinado posible, de lo anterior y de lo actual. Entonces, para empezar por lo anterior, viene una pregunta inicial: ¿Por qué perdió el Frente Amplio? ¿Cuáles fueron las causas? ¿En dónde fue que perdió? Por qué hay que percibir dos cosas: que de 2014 a 2019 perdió circa 185 mil votos (7,81% del electorado) y que en 2019 perdió cerca de 400 mil votos de personas que lo votaron en algún momento en 2004, 2009 o 2014 (la sexta parte del electorado). Entonces, ¿qué produjo esa fuga de los últimos 185 mil electores, o del conjunto de casi 400 mil?

Para complicar las cifras, hay que atender el balotaje, en que la fórmula frenteamplista recoge un poco más de 200 mil votos de los obtenidos en la elección nacional de un mes antes. Si bien no es computable como voto propio del Frente Amplio, sí como un segmento muy propicio a su captación. Si esa cantidad se le sumase al partido como tal, la pérdida de todo el ciclo se reduce a menos de la mitad, a cerca de 200 mil votos (y no 400 mil). Pero el que ese segmento importante se hubiese inclinado por el FA en el balotaje (y más o menos cifras similares por el SI en el referéndum de marzo de 2022), plantea entonces los siguientes escalones:

Uno. Voto relativamente consolidado del Frente Amplio, circa 950 mil

Dos. Voto cercano pero no captado en instancias de múltiples opciones, esos 200 mil mencionados

Tres. Voto que alguna vez votó al Frente Amplio en 2004, 2009 o 2014, y no lo hizo ni en las nacionales de 2019 ni en el balotaje, otros casi 200 mil

Cuatro. Voto neutro, voto lejano y voto refractario, que sumados se sitúan en un poco más de un millón.

¿Por qué perdió el Frente Amplio? ¿Cuáles fueron las causas? ¿En dónde fue que perdió? En responder a esas preguntas le va la vida al Frente Amplio. Pero también le es esencial a los demás, a sus contrincantes más lejanos o menos lejanos, porque no se puede enfrentar a quien no se entiende. Entonces, la búsqueda de respuestas no es un problema solo de la izquierda, sino de todo el sistema político. Antes de buscar respuestas se impone siempre, como lógica de análisis, trazar un estado de situación. Entonces ver cómo se movió el electorado en el territorio, en la variable urbano-rural, en las clases sociales, grupos etarios, sexo. Trasparentado el mapa, viene la búsqueda de las causas, de qué pasó y por qué pasó. Como los fenómenos no son monocausales, para no entrar en confusiones conviene al menos jerarquizar las distintas causas y descubrir cuáles son las más relevantes.

Las lecturas que se perciben en el Frente Amplio –en sus dirigencias viejas y nuevas, en sus cuadros, en los analistas afines- se pueden catalogar en dos: las falencias en la comunicación o la existencia de acciones de gobierno que condujeron a disociaciones con segmentos de la ciudadanía.

Optar por lo último, por centrar la causa en la gestión, implica preguntarse ¿qué fue lo actuado y lo no actuado, lo hecho y lo no hecho, lo prometido y no cumplido, las expectativas trazadas y realizadas y las frustradas? ¿Qué cosas por comisión u omisión fueron las más negativas, las que provocaron mayor disconformidad? Ello supone autoanalizar la labor de gobierno, comprobar sus efectos, detectar quiénes fueron sus beneficiarios, quiénes sus perjudicados, e inclusive quienes recibieron beneficios por un tiempo y luego los perdieron; pero en ese mismo terreno verificar si los beneficiarios y los perjudicados fueron los segmentos sociales a los cuales el Frente Amplio consideró que representaba o que eran los objetos de su lucha. Asimismo, encarar otro examen: comparar los propósitos con los efectos reales, cuán adecuados fueron los instrumentos para los propósitos perseguidos, o cuán congruente fue lo programado con lo originariamente establecido como objetivo, o cuánto se correlacionó la política aplicada con la cosmovisión expuesta, indagar las contradicciones. Una subvariante de la variable de causas por gubernativas va no solo por el contenido sino por la ejecución: cuánto se pudo saber gestionar y cuánto se pudo encontrar la gente adecuada.

El optar por la explicación de la comunicación como causa principal tiene dos caras. Una corresponde a las fallas propias, los errores, limitaciones y debilidades. La otra cara, ver cuánto incidió la comunicación opuesta, en intensidad, dominio de medios tradicionales y no tradicionales, claridad de mensaje, e inclusive si hubo y cuánto de acoso, distorsión, falsedad. Si el problema fundamental es la comunicación propia o adversaria, implica que no hay demasiado que corregir de lo hecho y de lo a proponer. Si en cambio, la explicación va por el lado sustantivo, la comunicación para a ser algo secundario, necesario pero secundario, válido una vez resuelta la disonancia con los sectores sociales que se fugaron del Frente Amplio. Este dilema que hoy azota al Frente Amplio, golpeó al Partido Colorado cuando perdió la titularidad del gobierno por primera vez en casi un siglo, exactamente en 93 años, en las elecciones de 1958. Cabeza del coloradismo, Luis Batlle Berres. En ese periodo interelectoral (1958-1962) se produce la ruptura entre el líder colorado y su secretario político Zelmar Michelini. Parece que una causa significativa de esa ruptura –no la única- tuvo que ver con la interpretación de la derrota. Según los seguidores de este último, Luis Batlle habría interpretado como causa única o fundamental lo que consideraba campaña inclemente y calumniosa de los blancos, y en particular de Luis Alberto de Herrera y sus seguidores. Zelmar, en cambio, consideraba que si bien había existido esa campaña inclemente y calumniosa, debía privilegiarse como causa los errores propios del gobierno y el malestar de la gente, especialmente en lo relativo a inflación y escasez de productos esenciales, graficados en la existencia de largas colas para su adquisición; en otras palabra, que más allá de acusaciones estruendosas y falsas, lo que determinó el resultado fue el enojo con el coloradismo gobernante y el surgimiento de una esperanza en los blancos aliados con el ruralismo. No puede saberse quien tuvo razón, porque el Partido Colorado tarda dos periodos en retornar al gobierno, muere Luis Batlle, se produce un recambio de liderazgo con la aparición política del general Oscar Gestido, y además los gobiernos blancos –en particular el segundo- generan una desilusión tanto o más pronunciada que la habida en 1958.

Cabe no olvidar que más o menos la misma historia se repite en 2004, cuando se produce otro giro histórico, cuando los partidos tradicionales vistos como conjunto pierden el gobierno por primera vez en un siglo y tres cuartos.  

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