El oro puede utilizarse en joyas, como inversión y como cobertura contra riesgo económico y político. También puede servir como ancla de la política monetaria y cambiaria de un país.
Lo primero es cuestión de gusto personal. Las inversiones y las coberturas están con frecuencia relacionadas; su éxito se reduce al precio pagado inicialmente por el metal. La historia demuestra que como cobertura e inversión, en el transcurso de los años el desempeño del oro ha sido espectacular y terrible, ambas cosas, dependiendo del momento.
Regresar al patrón oro –en el que los países vinculan su moneda a una cantidad dada del metal y, por ende, acaban vinculándose los unos con los otros– es una mala idea. Los sistemas monetarios basados en el oro son excesivamente rígidos y restrictivos, tienen un sesgo deflacionario y pueden ser volátiles. Vuelven a la inflación a largo plazo dependiente del ritmo de la producción minera en lugares como China, Sudáfrica y Rusia. La política monetaria basada en los lingotes de oro es también tan vulnerable a la manipulación política como la que no está basada en el metal, algo que pocos defensores del oro están dispuestos a reconocer.
Los futuros del oro se dispararon un 35 por ciento desde US$705 la onza el 13 de noviembre hasta el 2 de marzo. Antes de caer, el metal llegó a cotizar en US$1.007 el 20 de febrero, la primera vez que rebasó la barrera de US$1.000 en casi un año.
Recesión extendida
El elevado precio refleja el temor de los inversores de que un gasto deficitario masivo y una política monetaria sumamente laxa aticen la inflación. Paradójicamente, también ahuyenta a los inversores el temor a una recesión prolongada y a que los encargados de la política monetaria no logren rescatar el sistema bancario mundial.
El oro es considerado en la actualidad una cobertura contra la inflación y la deflación, dice Alan Ruskin, estratega internacional jefe en RBS Greenwich Capital Markets Inc. de Connecticut. Lo primero se refleja en el elevado precio en dólares de los lingotes, lo segundo en el encarecimiento del oro en euros.
La última vez que el oro cotizó en más de US$1.000, el 18 de marzo de 2008, el precio del metal era de 643 euros la onza. Ayer, cotizaba en 743 euros en Europa. Algunos interpretan el alza del oro contra el dólar en un momento en que el dólar está fortaleciéndose contra muchas monedas como un indicio de desencanto de los inversores con el papel moneda, que no está respaldado por nada tangible excepto la buena fe del Gobierno que lo emite. El riesgo es que la hiperinflación haga que pierda todo su valor.
No hay refugio seguro
“A falta del patrón oro, no hay forma de proteger los ahorros de una confiscación por la inflación. No hay un baluarte seguro de valor”, escribió en 1966 el ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, cuando dirigía la consultoría Townsend-Greenspan & Co. en Nueva York. “Este es el secreto vil que esconden las diatribas contra el oro proferidas por los partidarios del estado de bienestar. El gasto deficitario es simplemente un ardid para confiscar riqueza. El oro se interpone en este insidioso proceso”.
No tan rápido, señor Greenspan.
El patrón oro tiende a tener un sesgo recesivo. Cuando los especuladores y otros atacan la moneda de un país, ese país suele cargar con la responsabilidad de hacer ajustes contrayendo su economía y aumentando el desempleo. El sistema no establece un requisito de que los países con monedas “fuertes” tengan que ajustar las suyas también.
La inflexibilidad del patrón oro dificulta que los Gobiernos adopten las directrices más idóneas para sus propias economías.
Tomemos a Corea del Sur. Su moneda, el won, ha caído un 29 por ciento contra el dólar en los últimos seis meses. Una depreciación así no habría sido posible con un patrón oro. Se habría requerido a Corea apoyar su moneda subiendo los tipos de interés para mantener la paridad del won con el lingote, lo que habría exacerbado una recesión ya intensa.
Oro y depresión
En una parábola con relevancia en el ambiente económico actual, “el apego al patrón oro desempeñó un papel importante en evitar que los Gobiernos combatieran la Gran Depresión, y fue un factor importante en la conversión de la recesión de 1929- 1931 en la Gran Depresión de 1931-1941”, escribió Bradford DeLong, economista de la Universidad de California, Berkeley, hace varios años.
El compromiso con el patrón oro evitó que la Fed expandiera la masa monetaria en 1930 y 1931, lo que orilló al presidente Herbert Hoover a “intentos destructivos de equilibrar el presupuesto a fin de evitar que el patrón oro generara una huída del dólar”, dijo DeLong.
China, Estados Unidos, Sudáfrica, Australia, Rusia y Perú son los seis principales productores de oro. Si sus operaciones mineras se vieran interrumpidas por, digamos, problemas políticos, se podría producir una deflación y el desempleo podría aumentar. En cambio, mejoras importantes en la tecnología minera podrían desencadenar una espiral inflacionaria.
Disposición de la población
Además, el patrón oro no es la panacea que sus defensores alegan. La capacidad de un banco central de ceñirse a él es solo tan fuerte como la disposición de la población a soportar las dificultades asociadas con la aplicación del sistema.
Los países abandonaban periódicamente el patrón oro en épocas de guerra --Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial, por ejemplo-- y países latinoamericanos que gastaban libremente se vieron obligados en varias ocasiones a abandonar el sistema a fines del siglo XIX. El sistema Bretton Woods se derrumbó en 1971 cuando los costos asociados con la guerra de Vietnam obligaron al presidente Richard Nixon a suspender la convertibilidad de los dólares en oro.
Si uno no tiene fe en que los directores del banco central o los políticos controlen la inflación, ¿por qué habría de confiar en que mantendrán a un país en un patrón oro por más de un breve plazo de tiempo?