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El día que el Flaco Castro hizo llorar de emoción a Cataldi y otras anécdotas para manyas

Vivió los dos quinquenios del club, hizo llorar de emoción a Cataldi y volvió a la vida luego de 19 minutos en los que su corazón manya no latió

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15 de abril de 2019 a las 05:00

No, flaco. No te podía pasar. Perdoná que te tutee, pero lo siento así. No te podías ir. No era el momento. Seguramente Dios, tu Dios ese que vos definís como “el que está probablemente en todos lados, el en sol que se va detrás del monumento al águila en Villa Argentina, el que veo en la tristeza”, tampoco lo quiso. Por eso estás acá. Esos 19 minutos en que tu corazón dijo basta, son una anécdota para contar. Dale, contá.

“Fue un designio de Dios y del destino para dejar claro que tengo algo de qué hacerme cargo en este mundo y creo que es hacerlo cantar. En esos 19 minutos viví lo que nadie tiene posibilidades de vivir y contarlo. Mi pueblo querido que amo estaba triste, acongojado por mí. Lo que vi fue maravilloso. Vi mi velorio y mi entierro por el ojo de la cerradura. Hasta a rivales (no enemigos) los vi tristes. Me llena de orgullo esa responsabilidad de quedarme en este mundo para hacer algo. Es muy fuerte y me dejó en claro que a veces te enojás por cualquier cosa y no vale la pena. La vida es un tiquiñazo (y lo hace con sus dedos), De repente viene alguien y te dice ‘te bajás’ y te tenés que bajar”, dice Raúl Castro a Referí.

“La ambición desmedida es el peor de los vicios humanos”, agrega.

Su vida, esa que se salvó a partir de 12 días después cuando se despertó, estuvo siempre vinculada a Peñarol. Su padre, antes de anotarlo en el Registro Civil lo hizo socio de Peñarol hace 69 años. Él jugaba en Roland Moor de ‘centrojás’ y jugaba muy bien. Su abuelo Antonio fue fundador del CURCC y maquinista del ferrocarril.

“Mi padre Raúl era muy hincha de Pepe Schiaffino y de Pepe Sasía, dos tipos con una gran calidad técnica”, comenta.

Los dos quinquenios

“Recuerdo el primer quinquenio. Peñarol era una máquina de ganar. Nadie iba con la camiseta al estadio. Pero la pasión era la misma que ahora. Era un equipo invencible. Íbamos con mis amigos a ver cuántos goles hacía y apostábamos quién hacía el primero. El segundo quinquenio tiene mucho que ver con mi hijo Felipe que es el mayor. Traté de inculcarle lo que mi viejo me inculcó a mí. Ahí jugaba Tony Pacheco que es muy amigo de Felipe”, sostiene.

Y allí entonces surgen nombres con historia. “Los monstruos que teníamos a principios de los años de 1960. El más completo jugador que vi fue Pedro Virgilio Rocha. Hubiese jugado en cualquier fútbol del mundo y de la historia; siempre moderno. Un espectáculo”.

Del otro quinquenio dice: “Me acuerdo el gol de Carrasco a Defensor cuando recuperamos la esperanza de conseguir otro quinquenio. ¡Qué honestidad ese tipo, que tiene que hacer lo que hizo este hombre! Por eso no entiendo cuando lo critican”. Y también rememora “la remontada en los dos clásicos de 1997 fueron espectaculares”.

Una vez lo invitaron a un almuerzo en el que estuvo Rocha con Joya y Spencer. Y ahí le recordó los tres goles que le hizo a Nacional cuando en el tercero entró con pelota y todo al arco de Jorge Paz. “Cuando terminó el primer tiempo 0-0 me acuerdo que le gritaban: ‘¡Rocha, pecho frío!’ En el segundo les hizo tres”. En esa comida, Rocha le contó que cuando dejó atrás a Paz y se encaminaba a entrar al arco, “escuchó a un hincha desde el talud: ‘¡Entrá al arco y sentate en la pelota!’. Y Rocha me dijo: ‘¿Se imagina si hubiera hecho eso? ¡Me mataban!’”.

La consagración de la Copa Libertadores de 1966 fue muy especial. Fue al partido en Montevideo y a la revancha en Buenos Aires contra River y Dorlindana, su madre, vivió una anécdota diferente. “Fuimos con mis viejos y mi hermana. Nos hicieron de todo en la cancha, hasta tirarnos orina. Nos ganaron 3-2 y había una finalísima en Santiago. Nos quedamos en el hotel porque no había pasajes. El día de la final, mi madre salió a hacer mandados a una tienda. La señora que la atendió le dijo: ‘¿Usted es uruguaya? ¿Trajo la canasta?’. ‘¿Por qué?’, le contestó mi mamá. ‘Por los goles que le está haciendo River a Peñarol’, le contestó. Cuando ganó Peñarol, salimos al pasillo del hotel a gritar con mi padre y me fui con mi primo a La Boca.  Había hinchas de Boca que cantaban ‘Boca y Peñarol, uno solo corazón’. Mientras tanto, mi vieja fue a la verdulería, compró cuatro pepinos y volvió a la tienda. La atendió la misma mujer y allí mi madre le dijo: ‘Acá te traigo la canasta, porque no la voy a necesitar’. Y le dejó los pepinos por los cuatro goles que había hecho Peñarol.

Pero esa final histórica no se queda solo allí. No. Sigue.

“Como estábamos en Buenos Aires, el partido lo escuchamos por radios argentinas y fueu doblemente maravilloso. Cuando Amadeo (Carrizo) la paró con el pecho, dijeron ‘¡qué gran gesto técnico espectacular!’. Claro, hasta ahí iban ganando, pero cuando Peñarol se lo dio vuelta por esa actitud, ¡lo querían matar! ¡Le decían de todo!”.

Habla con fruición de Fernando Morena. “Nunca vi a un tipo tan peligroso. (Luis) Suárez ahora, quizás. Cuando agarraba la pelota, si no era gol, era gol. Era increíble. Me acuerdo del primer gol que le hizo a Manga. Y también de cómo se trepaba al alambrado, cosa que nunca habíamos visto”. Y sigue recordando: “Y aquel gol en un clásico que dirigió Tito Cerullo como juez. Se escuchó un silbatazo y el único que siguió la jugada fue él y fue gol. Rodolfo (Rodríguez) quedó con la mano en alto reclamando”.

Cuando hizo llorar a Cataldi

En 1991, “cuando Peñarol cumplió 100 años”, grabó un casete y se lo presentó a la directiva que presidía Washington Cataldi. “Tenía el tema Juntagargantas y 10 más. Quería ver si lo podían financiar y ser la música oficial de los 100 años. Llevé un pasacasete, le di play y lo escuchamos.  Cuando terminó, miré a Cataldi y estaba llorando de la emoción. Y salió. A los pocos días me lo encontré y me dijo: ‘Mis nietos se duermen con su música’. Sentí un orgullo tremendo porque era un monstruo del fútbol sudamericano y mundial”.

El día que más sufrió con Peñarol fue cuando Independiente le ganó 4-1 la tercera final de la Libertadores de 1965 en Santiago. “Lloré toda la noche”, dice.

En cambio, lo que más disfrutó fue el gol de Diego Aguirre, justo en esa misma cancha, cuando el club se coronó campeón de la Copa en 1987. “No tiene parangón. Lo vi por televisión sentado en el borde de la cama y lo viví con mis hijos. Mi padre había salido a fumar al balcón. Cuando Diego hizo el gol fue una locura. Salí al balcón pero no me animaba a gritar porque tenía miedo de que me diera algo. Se subieron mis hijos con todos sus amigos a una Ford F 100 que tenía y nos fuimos a 18 de Julio”.

Reconoce que vio a grandes jugadores de Nacional. “Manicera eludía en el área chica y salía jugando. Ruben González jugaba muy bien, Maneiro, la ascendencia bárbara que tenía Montero Castillo, era el más abarcativo porque recuperaba en el área suya o en la de enfrente. Luis Cubilla, el mejor puntero derecho que vi en mi vida. Pero también Ciengramos Rodríguez, Ruben Sosa. Me saco el sombrero con él. Un puntero sensacional. Me acuerdo aquel gol maravilloso que le hizo a los porteños por la Copa América 89 cuando Clausen solo lo podía ver pasar”, recuerda.

En 1992 escribió la canción “Cuando juega la celeste” que la inmortalizó su amigo Jaime Roos con Obdulio Varela en el video. “Fue maravilloso conocer a Obdulio. Que se me disculpe la irreverencia, pero fue como darle un abrazo a Artigas. Me acordé de cuando era niño y él venía con otros jugadores caminando desde el estadio.  Mi vecina, doña Teresa Risso, una italiana divina, si Peñarol perdía, lo paraba y le preguntaba: ‘¿Cosa facciamo, Obdulio?’ (¿Qué hacemos, Obdulio?). Y el negro, ¡campeón del mundo de 1950!, bajaba la cabeza y le decía: ‘Tiene razón, doña Teresa’”.

Justo hablando de Jaime Roos, es uno de sus tantos amigos. “Creo mucho en la amistad. Con Jaime hay un hilo de sensibilidad y de amistad que va más allá del tiempo y la distancia. Tiene las tres características fundamentales para ser amigo: sincero, íntegro y honesto. Aparte de esa canción de la selección, hicimos otras como ‘La hermana de la coneja’ y ‘Que el letrista no se olvide’”.

Un borracho, El Milonga, fue quien le puso el apodo que lo caracterizó toda la vida como un gran letrista de su murga Falta y Resto y muy buen columnista cuando fue periodista.

“Fue en un boliche frente al Teatro Solís. Me habían entregado las letras de la murga todas tachadas en 1982, todas censuradas. El Milonga me miró y me dijo: ‘¿Qué querés flaco? ¡Si tenés la tinta brava!’”.

Falta y Resto nació gracias a Ovidio Cabal, presidente entonces de Fénix que les dio el club para ensayar y quería competir contra La Reina de la Teja que representaba a Progreso.

“Nos dio todo. No teníamos nada. Capurro es un barrio maravilloso, fue, es y será parte de la murga”, dice.

Fue basquetbolista y jugaba de pívot y de rebotero. “Se las alcanzaba a los que jugaban bien”, cuenta con una sonrisa. Y sostiene: “Era muy aguerrido”.

Empezó en Auriblanco, jugó varios años en Tabaré y Pirulo Etchamendi lo llevó a Neptuno después que se había ido Cuqui Barizo –nada menos, el eterno goleador de cada Federal–. Recuerda que Pirulo “era un fenómeno”, pero admite que se hizo “hombre” en Tabaré. El mejor que enfrentó fue Tato López en Bohemios. “Le voy a pegar una fuerte de entrada”, pensé. “Cuando lo fui a hacer, él ya me había metido un codo en la garganta. Un fuera de serie. Técnica y físicamente completo. Hacía todo bien. El básquetbol es sanador, como todos los deportes”.

El poder volver a la vida luego de aquellos 19 minutos sin respirar, le permitió disfrutar de muchas cosas.

“Ayer aprendió a andar en bicicleta mi hijo Antonio de siete años. Fue una gran alegría poder vivirlo junto a él”, cuenta orgulloso.

Pero también tuvo la posibilidad de abrir la fiesta en la inauguración del Campeón del Siglo.

“Ahí bajaron todos los santos. Mi padre, mi abuelo Antonio y salí con mis hijos. Sentí la sensación de ver al Tito Goncálves cuando en el túnel tiraba la pelota para arriba antes de entrar y uno lo veía y ya palpitaba el ingreso de los jugadores”, comenta.

Y explica: “Ver el estadio entero coreando las canciones fue espectacular”.

Cuando se colocó la piedra fundamental del Campeón del Siglo, cantó el himno de Peñarol y se abrazó “con Tito Goncálves”.

Reconoce que estuvo “enfrentado políticamente con Juan Pedro Damiani en Peñarol, pero honró el apellido como su padre al hacer el estadio”.

En 2014 fue candidato a vicepresidente de Peñarol y no quedó entre los 11 dirigentes por 50 votos. “Fue un favor que me hicieron los socios. Me hubiera encantado estar, pero si bien fue hermoso todo lo electoral como desafío, no me hubieran dado los tiempos para brindarle al club como yo hubiese querido”.

Dice que el otro día un vecino lo vio haciendo ejercicios en la playa de Villa Argentina y le comentó que siempre se acuerda de su frase: “El paraíso está cerca”.

Y vuelve a hablar de Dios. “Soy creyente, no tengo ninguna iglesia y todas las iglesias me contienen. Dios está presente en todas”.

 

 

EL LÍO EN LA REFINERÍA DE ANCAP

Raúl Castro estudiaba Agronomía y le gustaba la química. A través de un concurso logró entrar en Ancap y lo mandaron a la refinería de La Teja.

“Allí aprendí el código de los obreros”, cuenta.

Y explica: “En la madrugada que los milicos entraron al Parlamento, yo iba en el 163 y llegué a la refinería. Me puse el overol gris, el casco y fui al tablero que manejábamos. Todas las radios emitían ‘A don José’ y nosotros no sabíamos nada del Golpe de Estado”.

Entonces, cuando se enteraron, se miraron entre todos y dijeron: “¿Qué hacemos?”. “De acá no se va nadie”, dijimos a coro.

Entonces comenzó la huelga general y la ocupación del lugar del trabajo como pedía la CNT. Hicieron una olla popular y siguieron allí. “Apagamos la antorcha de Ancap que era todo un símbolo y dos o tres días después, los milicos empezaron a quedarse sin combustible”.

Pero recuerda que “Bolentini dijo por la radio que iban para Ancap a sacarnos. Entraron con perros, con fustas y nos obligaron a prender la refinería”.

Sin embargo, había un plan B. “Pasó un compañero y nos dijo que en poco tiempo se iba a apagar la luz. Vamos a cortarla. Ahí ustedes se escapan, váyanse, pero ni siquiera vayan para su casa porque los van a ir a buscar. La señal era que llamaban a un teléfono que solo nosotros sabíamos que existía. Y llegó el apagón. Me fui rajando para la casa de mi hermana en Solymar y allí estuve varios días”.

 

SU AMISTAD CON ASTORI

Su amistad con el vicepresidente Danilo Astori data de varios años y es motivo de orgullo personal ya que según cuenta, los dos vivieron momentos difíciles.

“Danilo también reúne las tres características fundamentales para ser mi amigo: es sincero, honesto e íntegro. Me acompañó en momentos difíciles y yo también a él, y pensamos y cantamos (porque canta) desde el mismo corazón”, explicó.

Y añadió: “Él es tan bolso como yo manya. A veces nos jugamos bromas pesadas con el fútbol. Nos queremos mucho. Para mí es un orgullo ser amigo de un tipo que sacó a mucha gente de la pobreza en América Latina en los últimos años. Es una de las cosas más empíricas que puede hacer un ser humano”.

Definir la amistad en una sola palabra “es muy difícil. La palabra más cercana es la confianza. Tucho Orta fue un personaje que quise, quiero y querré. Me enseñó todo en carnaval. Un día me dijo: ‘A un amigo lo único que no se le perdona, es un traspié con tu compañera. Lo demás, se perdona’. Soy amigo de mis hijos, aunque a veces me sale el padre y no puedo”.

 

LAS FRASES

"La primera bandera larga fue de Peñarol y en la Colombes; de noche le ponían lucecitas”

"A Julio César Giménez lo vi debutar en la Quinta de Peñarol en el Parque Palermo. ¡Tremendo jugador!”

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