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Son lobos solitarios, pero de una ideología radical de escala global

 Se retroalimentan en la red de las ideas de grupos de ultraderecha

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24 de marzo de 2019 a las 05:02

Brenton Terrant, el terrorista que el viernes 15 asesinó a mansalva a 50 fieles musulmanes en dos mezquitas de la ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda, ha sido calificado como un lobo solitario, un término que puede llevar a la confusión y abonar el terreno para la extrema derecha. 

Así también fue definido el ultranacionalista noruego Anders Breivik  que asesinó a 77 personas en 2011 en su país. “Europa está cada vez más familiarizada con los ataques de extremistas. Aun así, las acciones de Breivik lo convierten en el lobo solitario más letal de la historia del continente”, decía la revista Newsweek en 2016

Terrant, al igual que Breivik  está  impregnado de la ideología neofascista y antimusulmana, según un “manifiesto” que difundió en redes sociales antes de cometer los asesinatos.  

En ese mismo texto, el terrorista declaró que actuaba en solitario, que no pertenecía a ningún grupo y que el sangriento ataque había sido decisión propia. Al mismo tiempo, señaló que había tenido contacto con grupos nacionalistas, y enfatizó que “el número total de personas en tales organizaciones es de millones, hay miles de grupos”. Los medios de comunicación también lo identificaron como un lobo solitario.

Pero ¿es en verdad un lobo solitario?  

 

“Creer que los terroristas operan solos nos hace olvidar el enlace entre el acto violento y su trasfondo ideológico”, explicaba Jason Burke en The Guardian, en marzo de 2017. Autor de varios libros sobre terrorismo del Estado Islámico y Al Qaeda, este periodista defiende que la teoría del lobo solitario refuerza la ilusión humana de que “la responsabilidad del extremismo violento recae únicamente sobre ese individuo”.

Los expertos dicen que el supremacismo blanco es un movimiento cohesivo, que une a gente de diversos puntos del mundo en una plataforma que predica sobre un ideal imaginado y racialmente “puro”.

También se nutre del rechazo a  los inmigrantes y de la antipatía -que suele ser violenta- a judíos y musulmanes.

Sin embargo, los terroristas modernos no siempre pertenecen necesariamente a un grupo con nombre determinado. Su radicalización emana de su entorno social. Pero,  internet y las redes sociales les ofrecen una red global y un canal de difusión sin precedentes, que llega incluso hasta la retransmisión en vivo de un atentado a través de Facebook. La manera en que la extrema derecha se organiza en línea y difunde sus ideas representa un reto por sí mismo.

Los terroristas son producto de su tiempo y la intolerancia es una tendencia global que va en aumento en los últimos años, impulsada por una política cada vez más populista. La búsqueda de respuestas simples polariza, y el disidente y el extraño se convierten en figuras enemigas. Una pugna en la que la digitalización interviene reforzando el extremismo en el propio centro de la sociedad.

“El terrorismo no es algo que nazca de uno mismo, es algo muy social”, describe Jason Burke. “La gente está interesada en ideologías y actividades porque otras personas también se interesan por ellas. Se trata de darse a conocer e inspirar a imitadores”.

En el manifiesto, Terrant, se refiere explícitamente a Breivik y a Dylann Roof, autor de un ataque contra afroamericanos en Charleston en 2015. Tanto Breivik como Terrant tenían contactos con otros terroristas de ultraderecha a nivel nacional e internacional. Ambos se definen como cruzados modernos que luchan por la preservación y la pureza de una raza blanca supuestamente amenazada.  Y ambos consideran a los musulmanes como invasores que quieren dominar el mundo.

Hay comprobadas conexiones ideológicas entre el terrorismo de la ultraderecha y una tendencia social central en el mundo occidental. La islamofobia, el racismo y el nacionalismo blanco están presentes desde hace tiempo en congresistas  de EEUU, Australia y en varios países de Europa, que tienen discursos que avivan la llama del fanatismo. Por ejemplo, el senador australiano Fraser Anning dijo en estos días: “Seamos claros: aunque los musulmanes sean hoy las víctimas, en general son culpables. Los musulmanes asesinan en grandes cantidades por todo el mundo en nombre de su religión”.

En un artículo de 2011 que empezó a circular en internet tras los atentados contra las mezquitas, el analista Thomas Hegghammer, del Norwegian Defence Research Establishment, describe al nacionalismo blanco violento como “una nueva doctrina de la guerra de civilizaciones”.

Es “lo más cercano que existe a una versión cristiana de Al Qaeda”, asegura.

En ese sentido,  Daniel Byman, del Brookings Institute de Washington, explica que “muchas formas de terrorismo de derecha son terrorismo internacional con redes internacionales, ideas y personalidades de todo el mundo”. 

Populismo y extremismo de derecha utilizan indistintamente el ideario de sangre y suelo al definir el concepto de nación. Al igual que el atacante a las mezquitas de Nueva Zelanda, el político Alexander Gauland, dirigente del partido de derecha AFD (Alternativa para Alemania) defiende también la tesis del supuesto “reemplazo de población” favorable a los musulmanes.  “No tenemos interés de convertirnos en la humanidad, queremos seguir siendo alemanes”, dijo Gauland en setiembre de 2018 en un evento en  Fráncfort. 

En el caso de Terrant, no se puede decir que se radicalizase en un vacío social. Tampoco ocurrió así en otros casos conocidos, como el del alemán convertido al islam Christian Lappe, que murió en Siria por el Estado Islámico, o Uwe Böhnhardt, Uwe Mundlos  y Beate Tschäpe, miembros de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista).

Según una investigación realizada por el Centro internacional de Estudios sobre Terrorismo de la Universidad de Pennsylvania (ICST) en 2013, la gran mayoría de los terroristas solitarios analizados “participaban regularmente en un grupo de interés más amplio, un movimiento social o una organización terrorista”. Pero lo más dramático del estudio es la conclusión de que en las dos terceras partes de los casos, la familia y amistades eran conscientes de la filiación ideológica del terrorista. Además, en un 64% de los casos sabían que el individuo “tenía intención de participar en alguna actividad terrorista”.

En este contexto, la teoría del lobo solitario sería una explicación demasiado fácil. Los terroristas son parte de la sociedad.

 

Deutsche Welle y agencias internacionales

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