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Son más de 820 millones las personas que pasan hambre y están aumentando

El hambre en el mundo visibiliza la incapacidad de alimentar a los humanos 

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21 de julio de 2019 a las 05:00

La información conforma tal vez la estadística más vergonzante que los humanos cargamos sobre nuestros hombros: a 50 años de haber llegado a la luna, no somos capaces de alimentar a todos los integrantes de nuestra especie. La FAO, el organismo de Naciones Unidas para la alimentación divulgó esta semana su informe sobre “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo” correspondiente a 2018. No son buenas noticias: “Más de 820 millones de personas siguen padeciendo hambre en todo el mundo, lo que destaca el inmenso reto que supone alcanzar el objetivo del hambre cero para 2030”.

El hambre está aumentando en casi todas las subregiones de África y, en menor medida, en América Latina y Asia occidental. En el cambio en otras partes de Asia, el panorama es alentador. El hambre que era rampante en China, India y otros países asiáticos va cediendo. “Nos satisface el gran progreso registrado en Asia meridional en los últimos cinco años, pero la prevalencia de la subalimentación de esta subregión sigue siendo la más elevada de Asia”.

La persistencia del hambre en el mundo es obviamente inaceptable. Pero a la hora de buscar los caminos para erradicarla, las estrategias divergen. Lenin por ejemplo planteó que el problema de hambre en el mundo no era de producción sino de distribución. Era de oligarquía o pueblo, como lastimosamente se ha dicho recientemente en Uruguay. Sus ideas fueron aplicadas. Donde se aplicó su doctrina los “terratenientes” fueron avasallados y se repartió la tierra y lo que había en los graneros. La hambruna resultante fue espectacular. En 1921 el problema era que los rusos se comían las semillas antes de sembrarlas. La colectivización forzada generó millones de muertes.  Finalmente Lenin decidió abrir la economía a las importaciones porque los campesinos habían sido arrasados por el ejército rojo y no había quien produjera alimentos. La hambruna regresó en 1932/33 nada menos que en Ucrania, poseedora de las mejores tierras del mundo. Aún en los años 80, cuando la URSS fue boicoteada por invadir Afganistán era fuertemente importadora de granos, a pesar de contar con enormes superficies de excelentes tierras.

Mao repitió el experimento con idéntico resultado. Entre 1959 y 1961 se produjeron al menos 10 millones de muertes por hambre. Y para ratificar los resultados, la dictadura de Venezuela logra exactamente lo mismo, arrasar con los productores, derrumbar la producción de alimentos y multiplicar el hambre. Sociedades divididas fracasan. 

Una de las novedades más incómodas del informe 2018 es el que refiere a América del Sur donde el hambre ha crecido. En 2005 afectaba a 8,1% de la población, pasó a 4,9% en 2015 y desde ahí ha subido  a 5,5% en el presente. En términos absolutos pasó de 30 millones en 2005 a 20 millones en 2015 para crecer a 24 millones en el presente. Dice  textualmente al informe de la FAO: “El aumento observado en los últimos años se debe a la desaceleración económica experimentada por varios países, especialmente la República Bolivariana de Venezuela, donde la prevalencia de la subalimentación casi se cuadruplicó, al pasar del 6,4% en 2012-14 al 21,2% en 2016-18 Durante el mismo período de recesión, se informó de que la inflación en el país había alcanzado el 10 000 000% aproximadamente y el crecimiento real del PIB se deterioró, al pasar del -3,9% en 2014 al -25% estimado en 2018”. Leninismo en acción.

Porque el problema del hambre no es solo de producción, aunque sí es todo un desafío dar desayuno, almuerzo, merienda y cena a casi 8.000 millones de personas y cada año a 60 millones de personas más. En cuanto a la distribución, es necesario tener infraestructura y comercio, un sistema de precios razonable para que fluya desde los productores a los consumidores. La democracia, las sociedades armónicas, sin corrupción y con premios razonables a los emprendedores son las que han resuelto este tipo de problema tan básico en la organización de una sociedad. Si hay paz y capacidad de resistir los años climáticamente adversos, los progresos son notorios.
Hasta 2015 hemos sido exitosos al menos en ir bajando la cantidad absoluta y la proporción de personas con hambre. Dado que la población aumenta en tantos millones cada año, bajar la cantidad absoluta es un logro. Pero desde 2015 en adelante la población mal alimentada aumenta. La proporción de personas mal alimentadas persiste relativamente constante en torno a 11%. La producción de alimentos crece sin cesar, pero otro aspecto del problema es la tendencia a una mala alimentación: la obesidad se dispara. 

África sigue siendo el continente donde el problema es más agudo. Duele visitar países africanos en los que no hay producción local que llegue a las ciudades, en cuyos supermercados se encuentran solo alimentos europeos carísimos. Las guerras, la corrupción rampante, la muy alta tasa de natalidad, hacen muy difícil generar un shock de confianza, inversión y difusión de tecnologías que se articulen con los conocimientos locales como para desarrollar un empresariado rural capaz de colocar los productos básicos como trigo, arroz, maíz, mandioca en las góndolas urbanas a un precio accesible y que sea rentable al agricultor.

En ese continente la mala alimentación afecta a 20% de la población, el doble del promedio mundial. Otra zona donde el problema se ha agravado es en “el oeste de Asia”. Pero ahí no se puede achacar el problema a la producción o la distribución. Una guerra espectacularmente cruel afecta a los infortunados yemeníes sin que el mundo logre frenar una carnicería que amenaza con el hambre a millones de personas atrapadas entre el fuego de los saudíes y los iraníes.

Visto en perspectiva, en 2005 la mala alimentación afectaba a 947 millones de personas, 120 millones más que en el presente. Era 14,5% de la población. Ese porcentaje bajó a 10,8% en 2018. Es claro que aún un 1% es obsceno dado el nivel de tecnología con que se cuenta. Es preocupante que estos tres años de retroceso se han dado con precios estables y relativamente bajos para alimentos básicos como el trigo y el arroz, los dos de más consumo humano a nivel global. Por otra parte, mientras la humanidad tiene un objetivo fijado de hambre cero para 2030, también tiene el objetivo de frenar el deterioro climático para esa misma fecha. Ya puede decirse que no se logrará el hambre cero y que será muy difícil frenar el cambio climático. Para ese entonces pasaremos de los 7.700 millones que somos en el presente a unos 8.400 millones. Alimentar a más con menor impacto y reduciendo ese vergonzante indicador de 820 millones. Se precisará de la mejor agronomía, pero al mismo tiempo de  una gran capacidad para resistir los efectos climáticos adversos que serán cada vez más frecuentes y la tentación a seguir talando selvas del mundo como se sigue haciendo en la actualidad. 

El problema sí es de producción, porque hay que generar más y más alimentos en áreas restringidas, tratando de restaurar al mismo tiempo los suelos que se dañan con facilidad haciendo agricultura, cuidando que el fósforo, nitrógeno y los agroquímicos no lleguen al agua.

Deberían dejar de invadirse zonas silvestres para hacer agricultura y a la vez que la agricultura siga creciendo en productividad sin que medie para ello una disparada de precios que vuelvan inaccesible los productos básicos a la población de menores recursos. 

Un desafío especial para Uruguay que es unos de los países que tiene como misión evidente desde su surgimiento como país y por todo el futuro visible el de contribuir a alimentar al mundo. Con ese contexto, ver languidecer a las cadenas de producción de arroz y lácteos, dos productos tan necesarios para una buena nutrición no solo es contradictorio, es casi indignante. 

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