El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
23 de septiembre de 2023 5:01 hs

El incidente ocurrido esta semana tras las declaraciones del intendente de Artigas, Pablo Caram, en un programa de televisión pronto será una anécdota. El episodio sirve para reflexionar sobre los desafíos para la niñez y la educación en el choque de épocas que estamos viviendo en Uruguay y en mundo. 

Caram es un político de los de antes, de esos que ya casi no existen. Sus declaraciones y forma de gestionar la intendencia corresponden a otras lógicas, tan lejanas para muchos uruguayos como la distancia que separa a Montevideo de Artigas.

Esta semana volvió a estar en el tapete y encendió todas las alarmas al sostener en una entrevista que había niños que trabajaban en predios familiares de su departamento donde se planta tabaco. Al instante se incendió la pradera y el hombre del norte quedó en el ojo de la tormenta.

"En el tabaco trabaja el núcleo familiar: el hijo, la nuera, algún nieto. Trabajan en el predio", señaló en Desayunos Informales de Canal 12.
"¿Hay niños trabajando?", preguntó el periodista Nicolás Batalla. 

"Sí, pero es normal. Es mucho mejor ver a un gurí trabajando que con el celular", comentó.

En la entrevista también se refirió a cuando él trabajaba cuando era niño. "Cuando yo terminaba las clases y mi padre me hacía trabajar, nunca fue una deshonra", expresó. 

Y remató diciendo que "el trabajo dignifica, otras cosas no".

Una charla entre un político y un periodista desencadenó inmediatamente una reacción en cadena donde no hubo piedad. A las pocas horas el ministro de Trabajo y Seguridad Social, Pablo Mieres, se desmarcó de las declaraciones del intendente. 

"Radical rechazo a esas expresiones inadmisibles", escribió en su cuenta de Twitter.

Además, confirmó que enviará a las plantas de tabaco inspectores de las divisiones de Condiciones Generales de Trabajo (CGT) y Condiciones Ambientales de Trabajo (CAT), en coordinación con las autoridades del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU).

También puso el grito en el cielo el propio presidente del INAU, Pablo Abdala, que explicó todos los tratados por los derechos del Niño que ha firmado Uruguay y las regulaciones existentes que prohíben a los menores de 15 años trabajar, y entre los 15 y los 18 deben hacerlo con un permiso especial. Ambos hicieron lo que tenían que hacer. No les quedaba otra.

Los senadores Óscar Andrade del Partido Comunista y Alejandro Sánchez del Movimiento de Participación Popular también salieron a cuestionarlo inmediatamente.

Horas más tarde Caram procuró aclarar sus dichos en el programa Esta boca es mía. “En Artigas en el productor chico trabaja el núcleo familiar. El tabaco emplea mano de obra, pero vas a una lechería y está el hijo ayudando. Vas a una huerta familiar y está la familia trabajando. No es que sean empleados, están acompañando, ayudando", aseguró y reiteró que se refería al trabajo del núcleo familiar y no al trabajo asalariado contratado por las tabacaleras.

El jerarca artiguense le dio de comer a la jauría de las redes, pero en el aire quedó flotando el desconocimiento gigante que existe para unos sobre lo que ocurre en el interior lejano, y para otros los nuevos códigos del discurso público.

La naturalidad con que Caram respondió al periodista revela, además del eterno desconocimiento recíproco que existe entre el binomio capital/interior, el brutal choque de épocas que vive la humanidad y el mundo. El péndulo de la lectura de cómo se hacían las cosas antes y cómo se deben hacer ahora colide en este tipo de episodios. Porque más allá de que hay consenso en que los niños no deben trabajar, o mejor dicho a no ser explotados por los mayores, en el razonamiento políticamente incorrecto de Caram hay una lógica que en el mundo actual no tiene espacio.

Partiendo de la base que el trabajo infantil está mal y que hay que condenarlo ―ahí el error de la relativización que hizo Caram― el posterior razonamiento tiene asidero. Dijo: “El trabajo dignifica”. Algo que suena razonable. 

En momentos en que la humanidad avanza a ciegas rumbo a los brazos de la inteligencia artificial sin saber cómo poner el freno antes de que sea demasiado tarde, y en que se viene la suplantación de muchos trabajos por el robot, vale la pena enmarcar esta polémica en ese cuadro. La transición entre la época que está terminando y la que está naciendo no será agradable. 

Los niños del presente nacen con el celular incorporado a sus manos y cerebros. Los algoritmos cada vez más sofisticados como los de TikTok o Instagram y las aplicaciones con juegos diseñados para tomar tu atención y no dejarla ir avanzan y son parte de la vida cotidiana. Es tal la magnitud del cambio que resulta inconcebible concebir la niñez sin un celular.

La transmisión del conocimiento que antes era de padre o madre a sus hijos ahora ha sido pulverizada por la nueva dinámica del presente del siglo XXI. Tanto padres como hijos pasan horas y horas frente a pantallas consumiendo mucha información irrelevante y videos para nabos. La conversación se ha convertido en un acto colectivo cada vez menos frecuente y ni que hablar el poder compartir la enseñanza de un oficio familiar que viene de otras generaciones.

Admito que puede sonar traído de los pelos el desenlace de la columna disparada por la entrevista en Desayunos Informales. Estoy seguro de que las inspecciones del MTSS no encontrarán irregularidades de trabajo infantil y que en Artigas como en tantos lugares del Uruguay algunos niños seguirán ayudando a sus padres y todo pronto se olvidará.

Lo que no se puede olvidar es que decenas de miles de trabajos manuales y repetitivos serán reemplazados en los próximos años. Que los oficios no se van a poder enseñar mirando un celular y que las nuevas generaciones de niños uruguayos además de saber leer y escribir tendrán que aprender a programar y codificar para poder vivir y trabajar en un mundo digital cada vez más complejo. Eso es algo que debería preocupar a la opinión pública mucho más que las extemporáneas declaraciones de Caram.

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