26 de febrero 2022 - 5:03hs

Fue tal vez la invasión más anunciada de la historia y, al mismo tiempo, la más negada por quien finalmente la decidió. En la madrugada del jueves, el presidente ruso Vladimir Putin dejó ver su faceta más nacionalista y autoritaria (que nunca disimuló) y ordenó que los militares entraran a Ucrania por tierra, aire y mar. Incluso si la operación es corta y Putin logra su objetivo, es una rasgadura demasiado grande en la trama de la paz y democracia de un continente que vivió dos guerras horrendas en el siglo XX.

Ucrania es una democracia de 44 millones de personas que progresivamente ha elegido el camino de la “occidentalización”, o de la “descomunización”, como le dice Putin. Los argumentos esgrimidos por el presidente ruso para invadir no tienen pies ni cabeza, pero tampoco existe algún argumento lógico para la guerra. Minutos antes wque comenzara la invasión Putin dijo en tv que Rusia no se puede sentir “segura, desarrollarse y existir”, por la amenaza de Ucrania. 

Los argumentos de Putin no son argumentos; son lisa y llanamente falsedades. Es cierto que Ucrania es una piedra en el zapato ruso, por su posición estratégica, sus lazos con Europa y su posible pero aparentemente lejano ingreso a la OTAN. Es falso, como afirmó el presidente ruso que se esté produciendo allí un genocidio de ucranianos separatistas o que sea necesario “desmilitarizar y desnazificar” (Putin SIC) a un país con un presidente que es judío.

En el fondo de esta guerra que ya cuenta muertos y generará crisis variadas –refugiados, economía y más– están las ambiciones imperialistas de un gobernante que, siguiendo la tradición rusa, hace del culto a su persona un objetivo en sí mismo. Incide con igual fuerza la debilidad manifiesta de las potencias que lograron mantener a raya a Rusia durante los peores momentos de la Guerra Fría y, sobre todo, luego de la debacle de la Unión Soviética. Nada es casualidad en el mapa mundial del poder. Un Trump y una invasión al centro de la democracia estadounidense, el Capitolio, no es una señal que pase desapercibida para nadie, menos para Putin.

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La historia de las tensiones ruso-ucranianas viene de lejos y de cerca. Putin acusó más de una vez a Ucrania de extremismo, sobre todo luego de 2014, cuando el presidente prorruso Viktor Yanukovych fue expulsado. Rusia no perdió el tiempo e invadió la zona sur de Crimea, además de apoyar a los separatistas que llevan adelante una guerra civil en ese país, en la que se estima ya murieron 14.000 personas. 

Esta crisis que trae la guerra de nuevo a Europa fue ampliamente anunciada y discutida; el presidente estadounidense Joe Biden dijo varias veces que Rusia atacaría, mientras que se veían avanzar a más de 150.000 soldados. Europa intentó acercamientos diplomáticos, sin éxito. Los analistas decían que parecía que no (había invasión), pero que tal vez sí. Y acá está.

Esta guerra es estratégica para Rusia –o más bien para Putin, porque en su país hay mucha oposición a la decisión– pero no por alguna de las razones esgrimidas públicamente. Es estratégica para un presidente que nunca dejó de planear el regreso de una Rusia fuerte que pueda efectivamente ejercer su influencia en Europa y en el mundo. El precio de esta “estrategia” pueden ser miles de muertes incluyendo miles de civiles, una crisis de refugiados que ya se empieza a padecer en los países fronterizos y una serie de sanciones severas que afectarán a Rusia, pero también a toda la economía mundial.

La OTAN se ha convertido en la arquitectura de la seguridad europea que hace a Rusia sentirse amenazada, porque está rodeada de países, armas y militares enemigos, que además han sido fuertemente pertrechados por Estados Unidos. 

Cuando cayó la Unión Soviética, a principios de los 90, Ucrania no era cualquier república soviética; era el territorio que tenía el tercer arsenal nuclear más grande del mundo. Eso cambió radicalmente en los siguientes años y tanto Estados Unidos como Rusia apoyaron al país para desnuclearizarse, incluyendo una serie de acuerdos diplomáticos que determinaron que Kiev retornara a Rusia cientos de armas nucleares a cambio del compromiso de que el gran oso ruso los dejara en paz. 

Esos tiempos pasaron y ahora Putin recurre a las mismas veleidades imperiales que guiaron a la URSS; en este nuevo mapa que imagina el líder ruso Ucrania juega un papel central, y así lo manifestó cuando dijo que ucranianos y rusos “fueron una vez el mismo pueblo, un todo”, ahora separados por la pared que levantó Occidente. En ese imaginario putiniano no se puede permitir que la OTAN se siga   fortaleciendo y asentando fuerzas en los países vecinos a Rusia que se incorporaron luego de 1997.

El presidente estadounidense ha dejado en claro que Ucrania no se unirá a la organización, pero al mismo tiempo ese país es el cuarto en la lista de los que más reciben apoyo y financiamiento militar de EEUU. Putin fantaseó con que el nuevo presidente podría acercarse a la “madre patria” pero en los hechos ha intensificado la relación y la cooperación de inteligencia que hace a Rusia sentirse amenazada.  “Putin y el Kremlin entienden que Ucrania no será parte de la OTAN”, dijo a Vox Ruslan Bortnik, director del Instituto de Políticas Ucraniano. “Pero Ucrania se ha convertido en un miembro informal de la OTAN, sin ninguna decisión formal”. 

Lo que ahora es una invasión total tuvo varios tests antes de que se convirtiera en realidad; en el otoño de 2021 Putin ordenó que fuerzas y equipo militar se apostaran en la frontera, lo que derivó en una reunión con Biden, que determinó que Rusia retirara algunas tropas.

El olfato del Kremlin ante debilidades de sus enemigos siempre ha sido afinado; la retirada desordenada y traumática de las tropas estadounidenses de Afganistán también fue un aliciente para las ambiciones del ruso. El hecho de que Biden intente con dificultad enmendar las relaciones con Europa que Trump se encargó de perjudicar, también suma en la búsqueda de poder del ruso. A lo anterior se agregan las presiones domésticas que enfrenta, incluyendo una economía complicada y una pandemia que no da tregua. Es tristemente sabido que una racha de nacionalismo, y más si termina en guerra, siempre hace olvidar los verdaderos problemas que se deben enfrentar.

Vladimir Pastukhov, de la University College London, considera que el líder ruso está “cociendo a fuego lento” su plan ucraniano, y que seguirá sin apuro. Primero fue Crimea, luego el apoyo a los separatistas, tal vez más adelante apoye un referéndum que anexe esas regiones a Rusia y es probable que busque instalar un gobierno prorruso en Kiev.

Las Naciones Unidas calculan que ya hay 100.000 ucranianos desplazados y que ese número puede aumentar de uno a cinco millones. Son tiempos de guerra, de miedo para Ucrania pero también para Europa y para el delicado equilibrio de poder del mundo. Con esta invasión Putin obligó a tomar posición. Por ahora hay condenas de muchos, silencio de otros tantos, pero ya sabemos cómo actúa la guerra a la hora de destruir también la moral más básica del ser humano. Indiferencia.

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