La doctrina moral católica sobre la «guerra justa» (es decir, sobre la legítima defensa mediante la fuerza militar) establece cuatro condiciones de legitimidad moral, que han de cumplirse rigurosamente, y todas a la vez:
«—Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
—Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
—Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
—Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición1.»
No he visto a nadie aplicar esta doctrina al caso de la actual guerra entre Rusia y Ucrania. Intentaré hacerlo aquí.
La primera condición se cumple claramente: nos encontramos ante una agresión injusta de Rusia a Ucrania, que causa a esta última un daño «duradero, grave y cierto». Se trata de una invasión rusa a otro país que, aunque está ligado a Rusia por muchos vínculos históricos, culturales y religiosos, hoy es una nación independiente y soberana.
Dejemos para el final la segunda condición y pasemos a la tercera. Si se reúnen o no «condiciones serias de éxito» depende de qué cosa se considera un éxito; o sea, de cuáles son los objetivos buscados en la «guerra justa» (defensiva). Esto quizás sea discutible, pero parece que, si el objetivo pretendido por Ucrania en esta guerra es la recuperación plena de su soberanía en todo su territorio, no sólo el ocupado por Rusia en 2022, sino también Crimea, ocupada por Rusia en 2014, no se reúnen condiciones serias de éxito. Rusia es un país mucho más grande y poderoso que Ucrania. Desde el punto de vista militar, Rusia sigue siendo una superpotencia, sobre todo por su gran cantidad de armas nucleares, comparable a la de los Estados Unidos. Es posible imaginar escenarios en los que Ucrania alcanza el objetivo señalado (por ejemplo, si el pueblo y el ejército rusos dieran la espalda al proyecto bélico de su gobierno), pero de momento esos escenarios parecen poco probables.
Se podría objetar que ese objetivo, que Ucrania no puede alcanzar por sí misma, sería viable si los países de la OTAN apoyaran más a Ucrania, involucrándose directamente en la guerra contra Rusia. La OTAN no está obligada a ese apoyo, ya que Ucrania no pertenece a la OTAN. Pero si ese apoyo se diera y así se cumpliera la tercera condición, a la vez se incumpliría la cuarta condición. La OTAN cuenta con tres potencias nucleares: EEUU, Reino Unido y Francia. Una guerra de la OTAN y Ucrania contra Rusia podría causar fácilmente una guerra nuclear. Más aún, con o sin guerra nuclear, la actual guerra se convertiría así en la Tercera Guerra Mundial, y seguramente causaría «males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar».
Por último, aunque lo ya dicho podría ser suficiente, consideremos la segunda condición. «A causa de los males y las injusticias que ocasiona toda guerra, debemos hacer todo lo que sea razonablemente posible para evitarla2.» El gobierno ruso no lo hizo; pero, por su parte, ¿el gobierno ucraniano y los gobiernos de los países de la OTAN hicieron todo lo razonablemente posible para evitar la guerra? Algunos medios de prensa informaron que en abril de 2022 Rusia y Ucrania estuvieron cerca de lograr un acuerdo de paz, pero éste se frustró debido a las presiones contrarias de Joe Biden y Boris Johnson. Dejo esa cuestión a los historiadores y planteo otra pregunta, más urgente: ¿Esos mismos gobiernos están haciendo ahora todo lo razonablemente posible para evitar la continuación de la guerra? Me parece dudoso. Hasta ahora las sanciones económicas de EEUU y Europa a Rusia han dañado más a los occidentales (sobre todo los europeos) que a los mismos rusos. Además, mediante una ayuda de decenas de miles de millones de dólares, EEUU y Europa parecen alentar a Ucrania a seguir buscando una improbable rendición total e incondicional de Rusia. ¿No será esto, al fin y al cabo, un intento de sacrificio del peón ucraniano en el tablero del ajedrez geopolítico, a fin de jaquear al adversario ruso? Putin es un autócrata imbuido del tradicional imperialismo ruso y está rodeado de oligarcas corruptos, pero no parece ser un demente sediento de sangre, sino un gobernante maquiavélico, guiado por una racionalidad amoral. No cabe esperar que detenga la guerra contra Ucrania sin conseguir nada a cambio. Pero no todos sus objetivos exigen continuar la guerra. Ucrania, sin deshonra para sí misma, podría ceder en algunos puntos (por ejemplo: comprometerse a la neutralidad entre Rusia y la OTAN) en aras de la paz. Si no cede en nada, lo más probable es que la guerra, con su terrible estela de muerte y destrucción, continúe asolando a Ucrania y, de otro modo, a Rusia; y con el tiempo crecería la probabilidad de que se agrave y se extienda.
No es lógico que tantos occidentales, a la vez que se niegan a reconocer al Partido Comunista de China como un enemigo mortal, cultiven hoy un sentimiento antirruso que ya supera al de la Guerra Fría, porque afecta también a la izquierda. Exceptuando el factor militar, Rusia es hoy una potencia de segunda categoría. Ni siquiera figura entre las diez mayores economías del mundo por su PBI. El expansionismo ruso representa una amenaza grave para Ucrania, pero no para toda Europa, y mucho menos para los EEUU. Si sumamos a eso que Rusia es un país ex comunista y de tradición cristiana, parece lógico tratar de atraer a Rusia hacia una alianza con Occidente y Ucrania. En cambio, la Administración Biden, indirectamente, está contribuyendo a consolidar una muy peligrosa alianza entre Rusia y China contra Occidente.
1) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2309.
2) Ibídem, n. 2327.