La muerte de la reina Isabel II, jefa de Estado del Reino Unido y 14 países de la Commonwealth, el jueves pasado, tras un reinado inédito de más de 70 años, deja un vacío enorme por su admirable sentido del deber que hoy todos reconocen.
Cada cual tendrá una opinión formada sobre la pertinencia del régimen monárquico, pero, en estas horas, solo se escuchan elogios al modo en que Isabel II concibió la actuación pública, de toda una vida de abnegación, infrecuente en una contemporaneidad de la política como espectáculo.
En un país perjudicado por las diatribas del populismo, que en Reino Unido desembocó en la alternativa hasta el momento fallida del Brexit y un camino aislacionista en un contexto disruptivo que exige la unidad de Occidente, la monarca transitó el camino de la prudencia, evitando quedar rehén de la polarización dañina para la democracia y la convivencia social.
La sobriedad de la reina Isabel II también le permitió sortear los escándalos de hijos y alguno de sus nietos, pese al imaginable dolor que como monarca, madre y abuela tuvo que haberle provocado las conductas de sus descendientes, una comidilla de los tabloides.
Su alta popularidad en casa y fuera de fronteras son la demostración de un público que no es indiferente a la conducta de sus gobernantes.
Demuestran que el sentido del deber y las conductas honorables y responsables son valoradas por ciudadanos que hoy desdeñan de la política y cada vez desconfían más de ella.
A la reina nadie le regaló nada. Más de siete décadas como jefa de Estado, sin una mancha en su hoja de vida monárquica, es el resultado de una vida sin claudicaciones en el ejercicio del poder que hoy reflejan los elogios públicos de líderes de todo el mundo y, lo más importante, de súbditos que siempre le reconocieron su importante papel para la unidad del país.
El presidente estadounidense Joe Biden la colocó en el sitial de los estadistas, un lugar para pocos líderes mundiales, no tanto por falta de saber o de experiencia, sino por la ausencia de coraje para actuar con constancia, apoyada en valores morales inclaudicables, que nunca deberían pasar de moda.
Tuvo un sentido del deber a pruebas de balas, sin estridencia y con la elegancia de una monarca de vieja estirpe en todos los aspectos. Por eso nunca confundió el significado de la popularidad con el de populismo.
Con ese telón de fondo, adquiere más significado la reflexión en estas horas de luto del expresidente estadounidense Barack Obama: Isabel II tuvo "un oído atento, pensaba estratégicamente y estuvo en el origen de considerables éxitos diplomáticos".
Es decir, era sensible a los problemas del presente, pero en conexión con el porvenir; y no necesitaba del aplauso fácil del momento para trabajar, en silencio, en soluciones a conflictos mundiales.
En un mundo en guerra y una política internacional divisiva, las señales de reconocimiento de todos los rincones del planeta a la reina inglesa, y por extensión a su intachable monarquía, son una bocanada de oxígeno en un mundo sofocante.
Como bien dijo el primer ministro de Japón, Fumio Kishida, la muerte de la reina Isabel II es "una gran pérdida no solo para el pueblo británico sino también para la comunidad internacional”.
Por esa razón es que el mundo la llora.