No tiene nombre.
No tiene estructura organizativa.
No tiene mecanismos de decisión establecidos.
No tiene acuerdos por disciplina, ni códigos de comportamiento.
No tiene órganos comunes, ni autoridad política, ni un responsable administrativo.
No tiene sede. Ni secretaria de actas.
No tiene un paraguas de lema común, ni coordinación electoral.
Es una alianza que encontró una expresión para un documento de base programática electoral, “Compromiso por el país”, y que Luis Lacalle Pou la presentó como la “multicolor”. Eso, porque no quería que se le viera como revival de “blanco-colorado”, y porque quería convencer de que se trataba de un fenómeno novedoso.
Vayamos entonces a las preguntas
(i) ¿Qué lecciones deja la historia de coaliciones?
(ii) ¿Cómo funcionó hasta ahora?
(ii) ¿Corre riesgo de fractura?
(iv) ¿Qué señal dejó al final de este año?
(i) Desde los años 30 se hicieron alianzas o ensayos de coaliciones entre colorados y blancos para lograr una mayoría en Parlamento, que tuvo grados diferentes y resultados puntuales. En un sistema bipartidista, la lógica era que el de la minoría, en un momento se “soltaba” con argumentos de que no se atendían demandas populares y quedaba con rol opositor más visible, distanciado de gobierno, para ser alternativa en las elección siguiente. Unas dudaron más que otras, pero todas fueron efímeras.
Eso ha hecho pensar que pasará lo mismo con ésta, pero no tiene nada que ver con las otras.
(ii) Al cerrar el segundo período del quinquenio, esta coalición sin nombre demostró ser efectiva para aprobar las leyes fundamentales, para defender los ministros interpelados y para actuar en forma coordinada en los poderes Ejecutivo y Legislativo. Claro que hubo tensiones, y que se produjeron roces o choques ásperos, pero el resultado fue positivo.
Ahora, como algunos miembros de la coalición abusan del perfilismo y no se cuidan de “pensar en voz alta”, generan un “ruido” político que no se compadece con la actuación en la gestión, la opinión pública percibe a la coalición. Y hay otro punto relevante: algunos miembros de la coalición tienen ideas muy diferentes al pensamiento político y económico del presidente y la mayoría del oficialismo.
(iii) El sistema político está estructurado en dos bloques, que vienen votando así desde que se instauró el balotaje, pero ahora eso es más claro, contundente. Hay una expresión de centro-izquierda con una base electoral que supera el tercio de la ciudadanía y hay otro bloque de centro-derecha (de varios partidos) que también tiene un piso que es más de un tercio. Por lo tanto, el que quiera ser gobierno no tiene vida fuera de bloque, y eso obliga a reforzar y respetar la unidad interna. No sólo por conveniencia, sino porque así le reclama el electorado (“no se dividan”; “no le hagan el juego al adversario)”.
Eso hace que la nueva coalición tenga un imán hacia adentro, es mucho más fuerte el factor de fortalecer unidad que el de marcar distancia.
(iv) La votación de Cabildo Abierto junto al Frente Amplio contra la voluntad del presidente, y la interposición de veto al proyecto para limitar y prohibir forestación fue una señal que abre dudas sobre lo que puede ocurrir en el futuro. Si hasta ahora la probabilidad de fractura era prácticamente nula, por lo antes expuesto, a partir de esa votación aumenta. Y es por dos razones.
Por un lado, muestra que el movimiento de Manini Ríos es capaz de chocar de frente con el presidente y los otros socios, a cambio de nada; que es proclive a quemar capital político por nada. No le teme a quedar mal parado ante los suyos por hacerle un favor al rival.
No fue un tropezón que puede repetirse; fue un error político que tuvo tiempo y motivos para evitar, pero prefirió la derrota.
Por otro lado, defendió a algunos ganaderos de Tacuarembó o Cerro Largo creyendo que defendía a pequeños productores, aunque los estudios técnicos demuestran que el proyecto era concentrador de tenencia de tierra y perjudicaba a pequeños productores (aparte de ser inconstitucional).
Aunque esto pueda ser discutible en el campo de las ideas, aunque tuvieran alguna cuota de razón (es muy difícil encontrarla, pero hagamos el ejercicio que hubiera algo de razón), vieron un muro y en lugar de frenar o tratar de esquivar el choque, aceleraron. Este hecho, entonces, muestra que, aunque para Cabildo no haya vida fuera de la coalición, un día pueden decir “nos vamos del gabinete”, por calentura, por sentirse menospreciados o simplemente por no entender por qué no les llevaban sus propuestas.
Los maninistas creen que Lacalle Pou debiera ser más generoso con ellos, y que le tome sus proyectos, aunque no sea tal cual, al menos “mejorados”. Pero el mal no se mejora; se evita.
Antes de la elección, Manini Ríos decía que el objetivo era sacar al Frente Amplio del gobierno.
Después de la elección ha dicho que lo más importante es evitar que vuelva el Frente.
O sea; tiene claro el objetivo, pero no tiene claro que hace cosas que favorecen al Frente.
Lacalle Pou tiene un problema ahí, como lo tiene con algunos colorados (pocos, pero algunos) o con algunos blancos, como el senador Botana que piensa más como Manini que como el presidente.
La coalición –sin nombre, ni sede– demostró más eficacia de la que algunos creían y tiene motivos para prolongarse en todo el período y seguir unida hacia el 2024, pero lo de Cabildo en el Senado y en la Asamblea General, abre una probabilidad de algún tipo de fractura.
No porque quiera romper, sino porque demostró que puede hacer daño y hacerse daño, sin darse cuenta.
En síntesis, ante la pregunta de los responsables de esta edición especial que me pidieron que en la columna respondiera esa pregunta, “¿hasta cuándo dura?”, mi respuesta es que lo más probable es que siga así, con roces, pero unida.
Pero hay que tener en cuenta que Cabildo Abierto seguirá generando focos de riesgo, y que el Frente Amplio querrá volver a usarlos en ese rol divergente. Y ahí hay un foco de riesgo.