La pérdida de la máxima calificación de riesgo crediticio por parte de Estados Unidos, definida este viernes por Standard&Poor’s es, ante todo, un quiebre en el paradigma financiero.
El activo más seguro del mercado dejó de serlo, y las consecuencias son todavía imprevisibles.
Pero por encima de eso, es además una derrota política. Estados Unidos no se quedará sin crédito y su solvencia financiera no se verá amenazada, pero es claro que dio al mundo una señal de vulnerabilidad al no saber resolver en tiempo y forma un problema netamente político, como lo fue el aumento del tope de la deuda.
De todas formas, Estados Unidos cuenta con aliados poderosos. El principal interesado en que el país mantenga su sólida posición financiera es China, que además del mayor socio comercial es su principal acreedor. La potencia emergente será la principal interesada en garantizar el flujo de fondos para Estados Unidos de forma que el aterrizaje sea leve, pero es claro que a mediano plazo buscará reducir la dependencia del dólar como activo de reserva.
Además, los títulos del Tesoro inundan las reservas de prácticamente todos los Estados del mundo. No en vano hoy cerca de la mitad de la deuda estadounidense está en manos extranjeras, frente al 1% de 1945.
Es probable también que Estados Unidos deba afrontar mayores costos para obtener dinero del mercado, aunque sin demasiados sobresaltos.
Este tipo de noticias son anticipadas, al menos de forma parcial, por los agentes financieros.
El rendimiento de los bonos del Tesoro a 10 años –un termómetro para el resto de créditos del mercado– se mantuvo este viernes en niveles mínimos cercanos a 2,5%, e incluso se redujo durante esa jornada.
Si el crédito se llegara a ver afectado serán inevitables las consecuencias sobre la economía real. Con una recuperación anémica que no termina de afianzarse, un encarecimiento de los préstamos en todos los niveles solo contribuiría a desincentivar a las empresas a producir más y a contratar personal. Sin recuperación del empleo, el consumo se frena, y sin consumo Estados Unidos se asfixia. El peligro de caer en una nueva recesión se vigoriza.
Un capítulo aparte que también influirá en el humor de los inversores es el papel de las calificadoras durante la crisis. Su rol de anticipación falló prácticamente en todas las ocasiones, y en el caso de la deuda soberana de los países periféricos europeos no hicieron más que mejorar las condiciones para los ataques especulativos.
No hay que olvidar que Lehman Brothers mantuvo la calificación triple A sobre su deuda con garantía hipotecaria hasta el día de su quiebra.
Además, hay que sumar a eso el argumento esgrimido por la administración Obama, que devela una sobrevaloración de US$ 2 billones en el gasto discrecional del gobierno contenido en el análisis realizado para bajar la nota, que forzó a S&P a retirar las cifras de su resumen.
La credibilidad no es hoy el principal activo de las agencias de medición de riesgo.