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19 de junio 2023 - 5:03hs

Las aulas son limpias y luminosas, los estantes están repletos de libros de textos y material escolar. Los alumnos visten pulcros uniformes azul y gris con suéter rojo brillante.

Podría pensarse que es una costosa escuela privada de Sudáfrica, pero sus alumnos son todos pobres y de hogares desposeídos.

Ubuntu Pathways, una ONG, es un oasis que ofrece un destello de esperanza en un país plagado por crisis sociales.

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Situada en una barriada pobre de miles de habitantes en la ciudad costera de Gqeberha, antiguamente llamada Port Elizabeth, la organización busca ayudar a romper el "ciclo de pobreza" en la sociedad más desigual del mundo.

La moderna estructura de concreto colinda con las modestas casas de ladrillo y estructuras de hierro ondulado.

Muchos en el barrio no completaron la escuela y la mayoría de los hogares dependen de la pequeña ayuda gubernamental.

Si no existiera el proyecto Ubuntu Pathways, "estos niños quizás no tendrían escuela del todo", declaró la maestra Taneal Padayachie, de 32 años. 

Décadas después del fin del gobierno de la minoría blanca, todavía se sienten los efectos del sistema del apartheid, que daba a los negros una educación inferior.

Ocho de cada 10 niños de nueve a diez años tienen dificultades para entender lo que leen, según un estudio publicado en mayo.

Ubuntu Pathways se enorgullece de invertir en "niños en desventaja de la misma manera que se invierte en niños privilegiados", según su fundador, Jacob Lief.

La escuela no cobra matrícula y su presupuesto anual de US$ 7 millones es financiado por filántropos y empresas locales. Pero solo acepta niños que viven en un radio de siete kilómetros.

Ciclo de pobreza

Entre los 2.000 niños que han estado en el centro en sus 25 años de existencia, la mayoría son hijos de madres portadoras del VIH (virus de inmunodeficiencia humana) del sida.

El centro incluye una clínica con un médico y algunas enfermeras, todos especializados en embarazos de mujeres con sida.

Cerca de 600 mujeres reciben tratamiento actualmente. Todos los bebés nacidos en la clínica han estado libres del VIH, y en su mayoría terminan estudiando en la escuela del centro.

"Tenemos un modelo que va de la cuna a una carrera", y también se brinda apoyo familiar para romper el "ciclo de pobreza", indicó Lief.

"Comenzamos con madres vih positivas", enfocados en la madre y el niño. "De allí ingresan a nuestra escuela primaria (y) eventualmente nuestro colegio", agregó.

De cabello largo, brazaletes y arete turquesa, el neoyorquino de 46 años llegó a Sudáfrica a los 17 años.

En aquel tiempo, Nelson Mandela había salido de prisión y el mundo veía con admiración la transición democrática tras el fin del apartheid.

El entonces colegial era parte de un grupo de jóvenes estadounidenses que llegaron a presenciar el momento histórico.

Recuerda haber conocido a una mujer de 85 años que le dijo que hizo fila 30 horas para votar en la primera elección democrática de 1994.

"Fue la primera vez en mi vida que me pregunté por el significado de la libertad y la democracia, pese a que crecí con dos padres con formación universitaria y un entorno algo privilegiado", dijo.

Tras concluir la universidad, volvió a Sudáfrica con una oferta laboral en Ciudad del Cabo, el cual no se concretó.

Tomó entonces un tren donde conoció a un educador. Se bajaron en Gqeberha, fueron a tomar una cerveza en un "shebeen", como se le conoce a las tabernas instaladas en una casa.

Terminó pasando seis meses con su nuevo amigo, Malizole "Banks" Gwaxula, ayudando con proyectos comunitarios o en la escuela local.

Entre los dos crearon la oenegé basada en la esencia de humanidad que los sudafricanos llaman "ubuntu", que significa "yo soy porque tú eres".

Querían brindar algo diferente de otras organizaciones, que llegan a repartir bolas de fútbol a los niños en las barriadas, toman fotos y se devuelven al exterior.

"El sitio de nacimiento (de los niños) no debería determinar su futuro", sostuvo Lief.

(Con información de AFP)

Temas:

Educación desigualdad económica sur de África

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