Una vez hace un tiempo nos dijo el enólogo Reinaldo De Lucca a Martín Viggiano y a mí, sin obviar su carga lírica, que la uva "quiere ser vino". "Uno la tira al piso y se queda mirándola, y ahí ya se está produciendo el vino", dijo el bodeguero de la zona de El Colorado, en Canelones.
Es cierto. La uva viene preparada en su ADN para transformarse en uno de los jugos más formidables de la naturaleza. En su formulación más básica, el vino es jugo de uva. Ni más ni menos. Claro que el trabajo y la mano humana hacen lo suyo, pero puntos más o puntos menos, más de un 80% de la calidad final del vino está condicionada por la calidad de la uva, la verdadera protagonista de esta historia.
No recuerdo si las palabras de De Lucca fueron las decisivas, pero hacia febrero de este año que ahora termina, con Martín nos decidimos a hacer vino. Vino nuestro. Aunque este posesivo hay que describirlo mínimamente, porque ni él ni yo tenemos ni uva ni bodega.
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Teníamos el viento en la camiseta de saber que la vendimia 2015 había sido histórica en términos de calidad.
Por lo tanto, el primer desafío era conseguir fruta buena, que pudiera eventualmente absorber los virtuales problemas de inexperiencia de Martín y míos, ya que nosotros, dos periodistas aficionados al vino desde años y que habíamos llevado adelante el blog Sacacorchos en este diario, nunca habíamos pasado este proceso. Decidimos comprarles 600 kilos de uva a la bodega Artesana, de Las Brujas. Fueron 300 kilos de tannat y 300 de merlot. Las uvas se cosecharon la primera semana de marzo y el proceso se completó en la casa de Martín, en Médanos de Solymar. Allí decidimos bautizar al vino como Médanos, un hijo de Las Brujas criado en la Ciudad de la Costa.
El proceso de despalillar cada racimo (sacar cada uva) se realizó a mano, con la ayuda invalorable de nuestras mujeres. La idea era ponerle cariño desde el inicio y así se hizo. Las uvas pasaron por nuestras manos, que quedaron manchadas de violeta en un contacto inicial.
Así se inició un camino que incluyó los aportes valiosos de Santiago Deicas, que nos regaló una barrica de roble americano, y de Analía Lazaneo, Marcelo Laitano y Carlos Pizzorno, quienes nos aconsejaron en diferentes etapas a lo largo de proceso.
Para no disgregar el relato quiero evitar los detalles técnicos del trabajo, que implicó horas y horas de dispositivos caseros para vencer a la gravedad, trasvasos para limpiar la barrica y otros celosos cuidados a cargo de Martín, ya que nuestra mini bodega está en un galponcito en el fondo de su casa.
Sobre un soporte que fue una antigua máquina de coser descansó por nueve meses el vino, en ese vientre de madera olorosa que guardaba en su interior el resultado de meses de labor. Si habíamos empezado el asunto como un intento curioso de tirarse al agua del mundo del vino, con el paso de los meses la cuestión se puso seria, sobre todo a partir de que en sucesivas pruebas extrayendo vino con una jeringa directamente de la barrica, el sabor era bueno.
Así puestas las cosas, Martín y yo intentábamos mantener la calma y la ansiedad, y la de nuestras familias y amigos que insistían cada día con la frase: "¿Y para cuándo ese vino?". La larga espera de silencio y milagro eucarístico culminó este diciembre, cuando conseguimos botellas y corchos y el toque final de la etiqueta, diseñada por Lautaro Hourcade.
Como despalillamos a mano, también embotellamos a mano y pusimos los corchos con máquina manual. Así nació Médanos Galpón Wine, un vino fino y más que artesanal que según nuestra (poco objetiva) opinión quedó redondo y que fue pensado para tomar entre la gente que uno quiere, en fechas tan especiales para brindar.
No es baladí invocar el verbo "venir" para concluir esta historia. Este vino vino de la uva, claro, pero también, de alguna forma y por partida doble, vino de nosotros. Salud y felices fiestas para todos.