El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
27 de enero de 2024 5:01 hs

El domingo 28 de enero Wilson Ferreira Aldunate cumpliría 105 años. El inicio de un nuevo ciclo electoral en Uruguay hace que esta fecha cobre especial significancia porque su legado político y su buen recuerdo es hoy reivindicado por todos los sectores del Partido Nacional. 

Unos más otros menos, pero se ha vuelto patrimonio de todos los nacionalistas. No hay nadie que hoy públicamente hable mal de quien salvó por un segundo su vida en Buenos Aires, vivió el exilio y la cárcel por ser el político más temido por la dictadura cívico-militar que gobernó el país entre 1973 y 1985.

Los blancos sentimos un orgullo intransferible cuando recordamos su retorno, la emoción que se palpaba en las calles, su posterior detención en el puerto de Montevideo con aquella imagen icónica de Wilson dándose vuelta y levantando sus dos manos haciendo la V de la victoria, pese a que lo estaban derrotando, su plan de voltear a la dictadura se caía a pedazos y se lo llevaban preso para luego proscribirlo y así impedir que fuese el presidente en asumir el 1º de marzo de 1985.

En mi caso, que tenía catorce años en 1984, la épica de Wilson me marcó para siempre. Un liderazgo emocional, con mucho de rebeldía y cojones bien puestos. Una oratoria que hipnotizaba a cualquiera y que en su fondo dejaba traslucir el enorme amor por su país, por su Partido Nacional y por la libertad. Le temían los colorados y tanto como le temía la izquierda. También algunos de su propia colectividad.

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Cuando en agosto de 2017 el cineasta Mateo Gutiérrez estrenó el documental “Wilson” a sala llena en el teatro del Movie en Montevideo Shopping, pude constatar lo vivo que estaba el sentimiento wilsonista entre la gente. Recuerdo comentarlo con el historiador frenteamplista Gerardo Caetano a la salida. Esa noche los que participamos de ese estreno pudimos volver a sentir algo de lo que irradiaba la personalidad de Ferreira Aldunate cuando vivía.

Justo que menciono a Caetano rememoro sus clases en la Udelar, donde enseñaba la historia conceptual. La historia conceptual es una aproximación a la disciplina histórica que se centra en el análisis y comprensión de conceptos a lo largo del tiempo. En lugar de centrarse exclusivamente en eventos o personas, la historia conceptual examina cómo las ideas y conceptos evolucionan y lo que significan en cada momento de la historia.

Esta perspectiva histórica se interesa en cómo las palabras pueden cambiar de significado a lo largo del tiempo, lo que significan en diferentes contextos culturales y cómo influyen en la configuración de las mentalidades de cada época en particular. O sea, a los documentos históricos no hay que leerlos literalmente porque puede llevar a errores.

Lo que aprendí en aquellas clases me sirve para concluir que, si bien hubo diferentes Wilson a lo largo de su trayectoria, hubo una constante que fue la comprensión del momento que vivía el país y la época que vivía el mundo. Cada Wilson que menciono correspondía al momento de la historia que como político le tocaba atravesar. Y vaya si eran momentos turbulentos, donde no perder el norte resultaba clave. Wilson nunca lo perdió.

Una cosa fue el Wilson que elaboró el recordado “Nuestro Compromiso con Usted” antes de las elecciones de 1971, otra fue el Wilson que peleó en los foros internacionales para voltear la dictadura y denunciar sus horrores, otra fue la de la cárcel y otra diferente fue cuando salió del cuartel en Trinidad donde estuvo preso por sus ideas, habló en la Explanada de la Intendencia Municipal de Montevideo. Otro Wilson distinto fue el que le dio la gobernabilidad al país en el primer gobierno del colorado Julio María Sanguinetti para que la democracia se consolidara y Uruguay no cayese de nuevo en manos de los enemigos de la libertad.

Luego se murió. Nunca llegó a ser presidente.

En el reciente libro del periodista Pablo Cohen “Diálogos en Espejo” (Planeta, 2023), donde narra los encuentros entre los historiadores de partidos opuestos Gerardo Caetano (FA) y Ana Ribeiro (nacionalista), surge, como no podía ser de otra manera si se habla de historia reciente, la figura de Wilson.

Allí Caetano tira la siguiente frase: “Yo sinceramente creo que una parte importante de la dirigencia del Partido Nacional de los últimos años tuvo un objetivo político, que finalmente fue exitoso, que consistía en terminar con la tradición wilsonista. ¿Por qué lo digo? Porque cuando se cumplió el centenario del nacimiento de Wilson, nada menos que en 2019, cuajó una visión que a mí me parece muy injusta: la idea de que Wilson era un héroe romántico, que efectivamente luchaba mucho contra la dictadura, pero que por suerte no gobernó”.
    
El historiador de izquierda tendrá argumentos para disparar semejante afirmación, y no voy a ser yo quien diga si tiene razón o no. Eso lo dejo en manos del lector de esta columna. Lo que sí se sabe es que el sentir wilsonista sigue vivito y coleando en los 19 departamentos. Por más que las nuevas generaciones probablemente no lo conozcan ni de nombre, su impronta y forma de concebir al país y las relaciones entre los uruguayos en pos de un bien superior, pero con banderas que no se entregan nunca, siguen vivas.

La forma de vivir la "comunidad espiritual" que es Uruguay, según el wilsonismo, no es la de un blando, servil o pusilánime. Es una actitud. Esa actitud inclaudicable de principios es la que tiene que estar firme en la frontera electoral en disputa, sin definirse en función de otros, sino por ser blanco, "arrogantemente blanco", como alguna vez dijo el propio Wilson desde algún balcón.

El domingo, en el aniversario de su nacimiento, algunos realizarán actos frente a sus monumentos, otros plantarán ceibos que darán flores blancas, y algunos, en la sobremesa del almuerzo, recordarán los tiempos en que las palabras prohibidas de Wilson circulaban en casetes clandestinos TDK 90. Más allá de las polémicas y lecturas sobre su legado, su recuerdo permanece inalterado, y los principios por los que luchó siguen siendo actuales.

PD: No estuve en el barco el 16 de junio de 1984. Por las dudas.
 

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