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24 de abril de 2018 5:00 hs

Todas las mañanas se tomaba un ómnibus desde su lugar natal, Libertad, en la provincia de Buenos Aires, hasta Merlo. De allí, un tren hasta la estación de Once y luego "otro bondi más hasta llegar a Casa Amarilla para entrenar con Boca". Eran dos horas y media de ida y otras tantas de vuelta. Día tras día.

No siempre lo hacía solo. Es que ya con siete años empezó a jugar en las divisiones inferiores de Boca Juniors. Entonces, cuando era más niño, lo acompañaba su abuelo Juan. Es decir que el hombre estaba las cinco horas entre ida y vuelva, más lo que duraba la práctica. Todo un apostolado y todo por su nieto.

"Le debo todo a él", indica el protagonista, quien jugó 13 años allí, más de la mitad de su vida.

Está en Uruguay desde el año pasado y se le fueron pegando palabras, por lo que cambió su léxico argentino. En la charla con Referí, Matías Zaragoza, dijo "bondi" y no "colectivo". Fue la primera de algunas que se verán.

Este volante de 22 años, jugó su primer partido como titular en Boston River el domingo cuando le ganaron 3-2 a Progreso. Además, vencieron con dos goles suyos y casualmente, también fue la primera vez en su carrera en el fútbol mayor que anotó un doblete. Todo le llegó de golpe.

Cuando estuvo en Boca, llegó a jugar en la Reserva 11 partidos y estuvo cuatro en el banco de Primera cuando dirigía el Vasco Arruabarrena.

En esa Reserva jugó con un flaquito que despuntaba en esto del fútbol. Su nombre: Rodrigo Bentancur.

"Soy dos años mayor que él. Yo estaba en Cuarta y él en Sexta, pero ya mostraba lo que era: un jugador interesante. Siempre me gustó cómo jugaba. Por eso, no me sorprende que juegue en Juventus. Ojalá se le dé y pueda jugar el Mundial con Uruguay", explicó.

Al ver que en el xeneize era muy difícil acceder al primer equipo, aceptó un pase a préstamo al fútbol de Bielorrusia. Lejos del mundanal ruido. Se fue a defender a Belshina con otros compañeros.

"Cuando llegamos, vimos que todos estaban con championes de cuero y nosotros, teníamos los comunes bajos y de lona. Empezamos a caminar y nos enterramos en el hielo que se rompía con nuestras pisadas, por lo que nos empapábamos los pies", recuerda.

Ahí metió un nuevo modismo uruguayo. Dijo "championes" y no "zapatillas" como dicen en Argentina. Y se ríe recordando lo que sucede en el vestuario de Boston River: "Es que si digo zapatillas, se me vienen todos mis compañeros arriba".

El frío hacía estragos en Matías. Una vez, fue a comprar un refresco, se lo dieron natural. "Lo puse 10 minutos afuera de la ventana y quedó helado. Había días de 12 grados bajo cero".

Tras regresar por un tiempo a Boca del préstamo, surgió lo de Boston River. Decidió venir a Uruguay y hoy vive solo. Se cocina y hace todas las cosas del hogar y por supuesto, extraña mucho a sus padres, su abuelo y su hermana de 12 años.

Pero pese a su juventud, Matías es padre de Alma Catalina, quien tiene tres años y vive en Buenos Aires con su madre.

"Tengo días en los que extraño, por eso, siempre busco hacer algo en la tarde. Dos veces por semana voy al gimnasio y también salgo con mis amigos a tomar mate. En Argentina nunca tomaba, empecé acá. Es más; cuando viajo para allá, me llevo yerba uruguaya", añade, mostrando un nuevo acercamiento con este país que hoy lo cobija.

Después de los dos goles del domingo, realizó más de una videollamada. Una de ellas fue con su padre Guillermo, quien lo felicitó. Luego, claro, llegó el turno de Alma, quien pese a su corta edad, entiende todo.

"Ser padre a los 19 años me mejoró como persona, me hizo madurar de golpe y cambiar la cabeza", indicó.

Es amante de los tatuajes y tiene 10. "En el pie, tengo las iniciales de mis abuelos fallecidos. En un brazo, el nombre de mi hija, y también un reloj con la hora de nacimiento de ella".

Para las horas libres, se compró hace poco el libro de Pablo Escobar y va a empezar a leerlo.

Pero también se sumó a una costumbre uruguaya: dos por tres, va hasta la rambla a caminar y tomar mate.

Cuando estaban en las juveniles de Boca, habían vuelto de un torneo en Catar en el que perdieron la final con Paris Saint-Germain, y en un asado que hicieron, tuvieron una visita estelar.

"Apareció Román (Riquelme) y no lo podíamos creer. Nos habló a todos. A mí me encantaba como jugador y también como persona lo respeto mucho", dice.

Un día entrenaban contra el plantel principal de Boca y le pegó una patada a Pablo Pérez, un peso pesado. Otro día, sin querer, a Fernando Gago. "Me relajaron todo, me metían el peso, pero yo no me quedaba callado. Siempre con respeto".

Se sorprendió "porque el uruguayo tiene mucha más buena onda que el argentino, tiene más predisposición a todo".

Y tiene otro acercamiento más a nuestras costumbres. Vive en el barrio Palermo y escucha el candombe seguido por allí. "Fui a las llamadas porque me gusta el ritmo que tienen".

Matías disfruta el momento y cada vez es más uruguayo.

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