18 de febrero 2026 - 12:39hs

Volver a las fuentes, a pensadores globales y a conceptos brújula y estelares que marcan la historia de la humanidad, acaso puede parecer fuera de época a la luz de los inmediatismos y las ansiedades de responder a los últimos avances en educación. En gran medida, transitamos al compás de las novedades y de los modismos, principalmente tecnológicos – otrora fue la pedagogía - y a que rápidamente tenemos que apropiarlas para estar a “tono” con lo que el mundo reclama. No es cuestión que una pequeña pausa reflexiva nos deje fuera de órbita. Aparentemente la educación estaría dejando de ser un asunto esencialmente humano para devenir en una cuestión técnica de triangulación y de cogniciones complementarias entre humanos y robots vaciado de referencias éticas, humanísticas y democráticas, y desprendido de la condición humana. Preocupante.

El mundo está permeado por múltiples disrupciones vinculadas, entre otras cuestiones fundamentales, a la erosión de los derechos humanos y la democracia, la insostenibilidad de los actuales de estilos de vida globales y locales, la tecnologización sin piedad de las vidas y de las identidades de las personas, ciudadanos y comunidades, y la evaporación de la noción de verdad y de realidades objetivables. Las disrupciones pueden angustiarnos, inmovilizarnos y encerrarnos en los micro mundos y en las zonas de confort, así como ser también fuentes de distanciamiento de polarización. Parecería generarse una sensación de impotencia de no darse los tiempos ni los espacios necesarios para pensar los futuros tal cual nos invita la UNESCO desde hace un buen tiempo (Comisión Internacional sobre los Futuros de la Educación, 2021).

Vivimos tan urgidos por las coyunturas o por no quedar afuera de lo último que se crea y se comercializa, que el pensar se transforma en un “lujo” que no nos podemos dar. Dejamos que los algoritmos tomen las decisiones, inclusive las más duras y polémicas sobre la vida en sociedad. En todo caso, sigamos automatizando procesos para liberarnos de tener que pensar, y sin darnos cuenta que las máquinas son crecientemente autónomas en sus decisiones (Innerarity, 2025).

Pueda sonar a “anticuado o fuera de época”, pero quizás se pueda volver a los pensadores globales, no ya solo con el propósito de beber y disfrutar de su sabiduría, sino de tratar de encontrar la claridad y robustez de conceptos e ideas que aparentemente nos está faltando en educación. Se trata de hurgar en la educación desde la existencia, esencia y realidad humana y de las cosas, y enmarcado en visiones que no se encasillan y se agotan en fragmentos de perspectivas, enfoques y disciplinas.

Como señala el pensador universal, Edgar Morin, el error fundamental en abordar el conocimiento yace en considerar a las cosas como objetos aislados y sin contextualizarlos (Fondation Edgar Morin, 2025). Alternativamente a la fragmentación, se trata de revalorizar el universalismo del pensamiento que promueve los diálogos entre diversos tipos de conocimientos, y hermanado con una educación universal que nos permita abordar las cuestiones candentes de los humanos y de la humanidad desde la unidad en la diversidad y la diversidad en la unidad (Fondation Edgar Morin, 2024).

La pensadora universal, Hannah Arendt, nos advierte sobre la necesidad de ensanchar el pensar, que no solo tiene que ver con constituir un medio para conocer y actuar con una finalidad práctica e inmediata – lo que podría ser el mantra educativo actual. Basándose en la referencia a otro pensador universal, Immanuel Kant, Arendt argumenta que el pensar está más allá del conocimiento, no tiene límites y no está acotado a ningún tema en particular (Pensée et considérations morales, Arendt, 2023). En un similar sentido, el filósofo canadiense Normand Baillargeon afirma que la primera virtud epistémica radica en tomarse tiempo y recuerda también a Kant, quien aseveraba que los niños van a la escuela para acostumbrarse a permanecer tranquilamente sentados y no para aprender alguna cosa (Baillargeon, 2006).

Atendiendo a la necesidad de profundizar en el pienso, y en la búsqueda de clarificar los sentidos de la educación en un mundo de turbulencias disruptivas, nos parece que Bertrand Russell, como uno de los pensadores globales paradigmáticos del siglo XX, nos ayuda a poner el foco en lo sustancial de la educación enmarcado en una visión ético-filosófica de la política y la sociedad. A los efectos de profundizar en su pensamiento, nos basamos en la edición francesa Que sais-je? que, desde hace 80 años, divulga el conocimiento de los especialistas de renombre y analiza su pensamiento.

Una reciente publicación, de autoría de Normand Baillargeon, y de la profesora canadiense Chantal Santerre, nos permite tener una visión de conjunto, analítica e informada, sobre lo que representa Russell como pensador global. Tal cual aseveran Baillargeon y Santerre, hoy por hoy se reconoce crecientemente su importancia como pensador de la ética, de la política, de la educación, así como su rol versátil y destacado como intelectual público, divulgador y militante. Russell fue un convencido que el compromiso con la sociedad se expresa de diversas maneras complementarias, y que no hay tal separación de aguas entre el pensamiento académico, y el posicionamiento ético-político. Los roles académicos y políticos son vinculantes.

Nos vamos a detener en algunos de los conceptos claves que permea el pensamiento de Russell siguiendo el análisis realizado por Baillargeon y Santerre.

En primer lugar, Russell afirma que la finalidad de la educación es estimular a que las personas piensen por sí mismas. No hay educación posible sin que se promueva la libertad como base del pensamiento autónomo. Vale y mucho poner el foco en que la educación tiene que ver con formar seres libres y pensantes habida cuenta de la peligrosa tendencia a delegar el pensamiento y las decisiones en las máquinas de aprendizaje. Russell nos recuerda que la educación combina la transmisión de conocimientos fundamentales como el arte de leer y escribir con el desarrollo de las habilidades de pensar que les permite a las y los estudiantes adquirir conocimientos y formar por sí mismos juicios científicos. No hay pensamiento posible sin un manejo solvente de las alfabetizaciones fundacionales – lengua, matemática y ciencia enmarcado en visiones humanistas y éticas.

En segundo lugar, Russel se refiere a cuatro virtudes que hacen a una formación integral de la persona. Se trata de desarrollar la vitalidad, el coraje, la sensibilidad y la inteligencia como un todo entrelazado. Por ejemplo, Russell asevera que es la sensibilidad la que permite tener discernimiento y empatía, o que la inteligencia es la conjunción de saber cosas con la capacidad de aprender cosas nuevas. Estos planteamientos parecen resonar en la actualidad cuando ponemos el foco en la visualización de las y los estudiantes como personas; o en las inextricables vinculaciones entre cerebro, mente, alma y cuerpo; o en la plasticidad cerebral de las personas de aprender a lo largo de la vida; o en que las competencias personales, sociales y ciudadanas se enmarcan en virtudes humanas, y que no solo tienen que ver con responder competentemente a desafíos.

En tercer lugar, Russell alude al rol delicado y balanceado del educador de estimular el espíritu y el instinto de libertad de los infantes con su responsabilidad indeclinable de instruir basado en el saber que dispone. Russell sostiene que un buen profesor siente un gran afecto por sus estudiantes y el sincero deseo de transmitirle aquello que es valioso. El hecho de contemplarlo al infante, apreciar su singularidad, no se contrapone a la necesidad de instruirlo basada en la autoridad que le confiere disponer de un saber reconocido. La autoridad del educador en su campo del saber es la base misma del respeto y la comprensión del estudiante.

Asimismo, Russell se anticipa al concepto de personalización de la educación ya que entiende la necesidad de alinear la educación al potencial de cada estudiante y beneficiarse de una ayuda adicional. No lo plantea como alternativo a la instrucción sino como un complemento de una formación común a todos. Recientemente, el destacado pedagogo francés, Philippe Meirieu, nos recuerda que la instrucción no puede reducirse a personalizar la educación con ayuda de la IA, sino que implica precisamente espacios comunes de formación y socialización liderados por educadores que a la vez instruyen y socializan a las nuevas generaciones (Diario Le Monde, setiembre del 2025).

Por otra parte, el rol del educador yace en buena medida en ser un buen lector de su época, situándose por encima de las controversias – lo que Russel define como neutralidad - y adoptando una perspectiva amplia que conecte pasado, presente y futuro. Lo que destaca a un buen educador es su esfuerzo por comprender y por siempre tratar de no ocultar la verdad a las y los estudiantes. La verdad es el norte de referencia ético del educador. Vale la pena recordarlo, cuidarlo y potenciarlo.

En cuarto lugar, Russell alega en favor de una formación sustentada en verdades y en demostraciones rigurosas. La matemática es el emblema de tal formación no solo porque se basa en verdades, sino que también es la belleza suprema. En efecto, Russell la entiende como la forma más efectiva y poderosa de contrarrestar la duda cínica de que no existen verdades absolutas y que no hay más que opiniones y juicios.

Su alegato en favor de la verdad reviste alta pertinencia ya que el cuestionamiento actual a la propia existencia y noción de verdad lleva a un relativismo exacerbado en que todo es construido, nada es objetivable ni tampoco existe lo común. Si efectivamente el conocimiento es relativo a las opiniones y tomas de posición particulares, desprendida de una exigencia ética e intelectual de comprometerse con la búsqueda de la verdad, la formación de las nuevas generaciones estaría más sujeto a las ideologías y creencias de las personas y de los grupos de poder en una sociedad, que a compartir una visión universalista del conocimiento englobando los particularismos.

En quinto lugar, Russel advoca en torno a una visión de la educación entendida como una vía de adquirir una perspectiva amplia y humanista de la vida movida por el deseo de aprender, el cultivo de la curiosidad y la adquisición de una cultura. La educación tiene que ambicionar y aspirar a finalidades que no se reduzcan a la utilidad inmediata. Esta preocupación es de primer orden hoy cuando se insiste en la necesidad que la educación recobre sentido para cada persona como cimiento de su bienestar, felicidad y desarrollo individual y colectivo. La obsesión por la utilidad o porque todo dé rédito, lleva a que se pierda a la persona en la educación y, que, asimismo, no se vea la relevancia de una formación integral que le permita mejor comprender y moverse en la sociedad en que vive. Quizás una educación no tan utilitarista, y que más bien forme en una visión integral del conocimiento, constituya el mejor antídoto para que una persona puede desempeñar proactiva y competentemente diversidad de roles a lo largo y ancho de su vida.

Volver a las fuentes de los pensadores globales puede ser una manera de aclararnos en los conceptos, ideas y caminos a recorrer. No lo descartemos prima facie. Tomar distancia de lo que no asola y tienta en la inmediatez, y que nos impide ver más allá de la coyuntura, es un ejercicio de alta exigencia ética, intelectual, cultural y social que es saludable encarar.

Bertrand Russel nos ayuda a poner la mirada en lo intrínsicamente esencial de la educación, a saber: formar seres libres y pensantes capaces de tener juicios propios; la vitalidad, el coraje, la sensibilidad y la inteligencia son las virtudes a desarrollar en la educación; la responsabilidad del educador yace en estimular el espíritu libre de las y los estudiantes, y de instruir basada en la autoridad legítima de su conocimiento; la insistencia en que la formación tiene que sustentarse en verdades y demostraciones rigurosas diferentes al mundo de las opiniones (doxa) y de los relativismos; y que el sentido de la educación se reafirma en una visión humanista y amplia de la vida donde el aprender tenga un rol predominante.

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