30 de marzo de 2026 17:13 hs

Uno de los desafíos más candentes y delicados que enfrentan los sistemas educativos yace en lograr un justo equilibrio entre los propósitos perseguidos y los medios para su efectiva consecución. Un desbalance o una falta de sintonía entre propósitos y medios, puede devenir, por ejemplo, en una alta retórica y efusividad en lo que busca lograr sin los instrumentos requeridos para su logro, o bien en una fuerte intensidad en las acciones realizadas sin que respondan necesariamente a un para qué claramente definido.

Se trata de afinar ideas, estrategias, instrumentos y recursos en torno a un alineamiento y recorrido fluido entre los imaginarios de sociedad y educativos a los cuales se aspira, y el conjunto de los medios que permitan su ideación, desarrollo y realización desde una visión sistémica de la educación. Claridad y robustez en los para qué, qué y cómo de la educación, y en los modos en que se interrelacionan, coadyuvan a una fina articulación entre los propósitos y los medios, así como a lograr impactos potencialmente más sostenidos y significativos en las políticas públicas y programas implementados. Veamos algunos puntos al respecto.

En primer lugar, se trata de definir los grandes propósitos sobre los cuales se asienta la educación en su integralidad, así como el marco de organización y funcionamiento de los sistemas educativos. Dichos propósitos tendrían esencialmente que ver con la formación de seres libres, pensantes, autónomos, solidarios y proactivos que se entienden como los ejes transversales de formación a lo largo y ancho de la vida. Su sustrato común es estimular, apuntalar y proteger la libertad de las y los estudiantes como la base insoslayable de su formación como persona, ciudadano y miembro activo de la sociedad en diversos planos y quehaceres. No hay educación democrática ni pertinente ni de calidad sin que estudiantes y educadores confíen, produzcan, intercambien y discutan desde la pluralidad de perspectivas, ideas, posicionamientos y prácticas.

En segundo lugar, los múltiples propósitos educativos esbozados requieren que la educación asuma roles complementarios y vinculantes entre sí como política pública. Identificamos seis roles: (i) la educación como política cultural que tiene por objetivo forjar y asegurar valores y espacios comunes de referencia resguardando las diferencias y la diversidad de credos e identidades; (ii) la educación como política ciudadana que forma en democracia y en derechos humanos bajo una visión comprehensiva, y, asimismo, estimula la participación de las nuevas generaciones en asuntos que comprometen su presente y futuro; (iii) la educación como política social que iguala en condiciones y oportunidades para que cada estudiante pueda desarrollar un itinerario personalizado de formación a la luz del objetivo universal de evidenciar solvencia en los aprendizajes fundacionales – por ejemplo, en escritura y lectura; (iv) la educación como política económica que promueve circuitos virtuosos de relacionamiento entre la educación, el trabajo y la producción animados por lograr la excelencia en la calidad de los recursos humanos y en sostener mejora sustantivas de la productividad; (v) la educación como política de familias que atendiendo su diversidad de perfiles y condiciones, las apoya en su rol indelegable de constituir el principal agente de socialización de la sociedad sobre bases democráticas, convivenciales y de inclusividad; y (vi) la educación como política comunitaria que potencie el involucramiento de los espacios locales con la mirada puesta en sintonizar las propuestas educativas con las expectativas y necesidades de las instituciones y actores en cada territorio. Se trata pues de apropiarse de una visión multidimensional de la educación como política pública que fortalezca las sinergias entre los componentes culturales, ciudadanos, sociales, económicos, familiares y comunitarios.

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En tercer lugar, se entiende que los medios en educación se sustentan en una definición amplia que incluye el entrelazamiento de instituciones, actores, condiciones, recursos y procesos que conjuntamente desarrollan los propósitos perseguidos. No se trata de una relación solo instrumental, de ajuste individual de cada medio al propósito sino como el conjunto de los medios dan cuenta de una visión de la educación que efectivamente allane el camino hacia la formación, tal cual se argumenta, de seres libres, pensantes, autónomos, solidarios y proactivos. Mencionamos cinco tipos de medios.

El primero de los medios, que es por cierto el más significativo, y el soporte de los otros, versa sobre las condiciones y los procesos de enseñanza, aprendizaje y evaluación que estimula la empatía entre educadores y estudiantes, así como la retroalimentación, propositiva y a tiempo, que coadyuve a la progresión fluida y la completitud de aprendizajes de calidad. Nos referimos a que educadores y estudiantes asuman roles complementarios, balanceados y con responsabilidades compartidas, alternativamente a una educación predominantemente centrada en la enseñanza o en los aprendizajes sin vasos comunicantes fluidos entre los mismos.

El segundo de los medios alude a la gobernanza del sistema educativo – su modus de organización y funcionamiento – así como a los recursos humanos, financieros y físicos que permite alinear las políticas y los programas a los propósitos educativos. Se trata de determinar y evaluar en que medida el sistema educativo cumple con un doble objetivo: por un lado, si logra congeniar una conducción unitaria y robusta de la política pública con un centro educativo empoderado para localizar la propuesta educativa, y en base a círculos virtuosos de relacionamiento de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba; y, por otro lado, escrudiñar el desarrollo e impacto de las inversiones realizadas en diferentes tipos de apoyaturas y recursos a efectos de determinar su contribución – valor agregado – al propósito de la política pública. Entre otras cosas, esto implica tener la voluntad política, la capacidad programática, los marcos normativos y los instrumentos requeridos para direccionar los recursos hacia las prioridades establecidas, y disminuir notablemente la incidencia de la inversión y del gasto inercial.

El tercero de los medios tiene que ver con jerarquizar el currículo – el para qué y qué de la educación – y la pedagogía – el cómo de la educación – como la base ineludible sobre la cual cada estudiante pueda desarrollar un itinerario personalizado de formación y de aprendizajes con sustento en la orientación, facilitación y apoyo por las y los educadores. Las interfaces entre currículo y pedagogía son las que, integradas a las políticas públicas, habilitan a la formación integral de las y los estudiantes como personas, así como ayudan a desarrollar múltiples experiencias de aprendizaje bajo diversidad de formatos – formales y no formales; sociedad civil; sectores públicos y privados – que conectan la educación con la sociedad. Esencialmente el currículo y la pedagogía son el nexo mediador y vinculante entre las políticas educativas, los centros educativos y los procesos de enseñanza y aprendizaje en el aula.

El cuarto de los medios refiere a la movilización de la ciudadanía, las comunidades y la sociedad civil para formarse y apropiarse de la educación como la prioridad de las prioridades de las políticas públicas. Si la educación se mantiene alejada o indiferente frente a cómo se la visualiza desde la sociedad, y si, asimismo, la sociedad en su conjunto no ve claramente el valor agregado que departa la educación, no se van a dar las condiciones requeridas para que propósitos y medios educativos puedan conjuntamente formar a las nuevas generaciones para futuros mejores y sostenibles. No basta con un deseable acuerdo social, entre instituciones y actores societales y educativos, para que la educación pueda transformarse en prioridad política y de política pública, sino también se requiere que dicho acuerdo movilice a la sociedad, desde el abajo, en torno a que la educación es la vía fundamental para que las personas sean libres y protagonistas de su propia vida en lo individual y colectivo.

En resumidas cuentas, los sistemas educativos se enfrentan al desafío de congeniar propósitos y medios de cara a los imaginarios sociales y educativos perseguidos. No se cuestión de una relación funcional, de ajuste del medio al propósito sino como el entramado de propósitos y medios forma un todo coherente que sustancia una visión convocante, sólida y futurista de la educación. Bajo tal premisa, se entiende que los propósitos de la educación yacen en la formación de seres libres, pensantes, autónomos, solidarios y proactivos que se efectivizan a través de la conjunción de: (i) procesos de enseñanza y de aprendizaje sustentadas en las empatías y retroalimentaciones sustantivas entre educadores y estudiantes; (ii) un modus de gobernanza del sistema educativo que congenia conducción unitaria de la política pública con un centro educativo munido de atribuciones e instrumentos para localizar la propuesta educativa; (iii) las sinergias entre el currículo y la pedagogía que facilitan itinerarios personalizados de formación y se abre a múltiples experiencias de aprendizaje bajo diversidad de formatos; y (iv) una comunidad y una ciudadanía activa consustanciada y comprometida con hacer de la educación la prioridad de las prioridades en las políticas públicas.

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