El secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, que estuvo en el programa Todo un Tema del streaming de El Observador, puso sobre la mesa que el gobierno de Trump ha enviado personas a África, lo que genera una “desconexión enorme con sus familias” y sus “lugares” de origen, y planteó que se debería evaluar si esas personas tienen antecedentes penales antes de acceder.
Uruguay ya tiene un grave problema de inseguridad con las personas que diariamente salen de la cárcel y viven en la calle como para sumar más temas que afecten al orden interno. Eso es algo que, lógicamente, el gobierno tendrá que cuidar.
Por lo tanto, se desconoce si el acuerdo se concretará, cuándo ocurrirá, en qué términos se está conversando, si se están poniendo condiciones y cuáles son (Sánchez dijo que hay “varios temas” arriba de la mesa). Pero es un hecho que las negociaciones existen, por más que, con la incomodidad que genera el tema, se marque a fuego que son conversaciones o un diálogo y no negociaciones, cuando todo forma parte de lo mismo.
Fruto de esa misma incomodidad, no sorprende que el senador del MPP Daniel Caggiani haya intentado relativizar la noticia diciendo que le parecía más “una operación de una agencia queriendo presionar”. El senador también intentó separar la necesidad que puede tener el gobierno de Estados Unidos de la soberanía local de Uruguay. Y dijo en entrevista con La Diaria Radio que “no es política de Uruguay ser el basurero de Estados Unidos”.
El tema escaló dentro del Frente Amplio, al punto que la Comisión de Asuntos y Relaciones Internacionales (Carifa) solicitó información al gobierno. El propio Fernando Pereira habló con “compañeros de Cancillería”, informó La Diaria Radio. “Nuestra intención es que no se acuerde”, dijo y agregó que la “manera de violentar derechos humanos” de Trump no es compatible con la política migratoria uruguaya.
También el presidente del PIT-CNT, Marcelo Abdala, opinó que Uruguay “no debería ser cómplice de la violación de los derechos humanos en Estados Unidos”, al ser consultado en el acto de los 60 años del congreso fundacional de la Convención Nacional de Trabajadores.
Los cuestionamientos desde la izquierda son coincidentes:
- Uruguay históricamente ha tenido una política migratoria de puertas abiertas y ha dado asilo político pero esto es distinto porque es una imposición para el migrante y para Uruguay.
- La identidad nacional y la soberanía llevan al país a hacer respetar sus definiciones y a no aceptar injerencias externas.
- La política migratoria de Estados Unidos es violatoria de los derechos humanos y Uruguay no puede formar parte de ese proceso.
- Esa política se sustenta en la doctrina Monroe (“América para los americanos” y rechazo a la colonización europea), ahora llamada Donroe, por Donald Trump y su intención de tener bajo la pata a todos los países del continente.
- Esa política se ha expresado en cómo ha intentado incidir en las elecciones de los países latinoamericanos o en la justicia brasileña para que no procesaran al expresidente Bolsonaro, todo con intención de debilitar la democracia latinoamericana.
- También viene teniendo una injerencia en lo comercial, subiendo aranceles e imponiendo condiciones, etc.
Esa visión —que es unánime en la izquierda— tiene puntos que son compartidos más allá de visiones políticas.
Nadie puede poner en duda el endurecimiento de las políticas antimigratorias y el incremento de las deportaciones, incluidos los controversiales envíos de salvadoreños en vuelos federales coordinados por el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).
Del otro lado, también es cierto que un país chico como Uruguay se expone a que la política comercial de Trump y su temperamento lo perjudiquen si no accede a negociar.
El excanciller del gobierno de Lacalle Pou, Omar Paganini, quien ha sido crítico de la política comercial de Trump, lo decía en una entrevista en En Perspectiva de abril: “Uruguay puede salir bastante mal parado en una situación en la que el mundo se divide en zonas de influencia de las potencias, con el cambio drástico de las relaciones internacionales con la llegada de Trump”. Destacaba que en sus negociaciones el presidente republicano “pone todas las cartas sobre la mesa, negocia bilaterlmente” y “rompió con todas las reglas de multilateralismo”. Ese "nuevo orden o desorden mundial” no parece beneficiar a Uruguay, decía.
Entre el pragmatismo y la línea roja
Desde mayo, cuando el presidente Orsi se subió al portaaviones USS Nimitz y posó con los pulgares levantados, se han granjeado los cuestionamientos de su propia fuerza política y hasta de su gabinete con la crítica del ministro de Trabajo, el comunista Juan Castillo.
En ese momento, Orsi defendió que a Uruguay le “convenía” aceptar la invitación de Estados Unidos para visitar el portaaviones USS Nimitz y aseguró que, como mandatario, no podía hacer política exterior “representando a una fuerza política”.
Hay que recordar que en febrero Orsi había realizado una importante visita a China acompañado por una delegación de 150 personas y que Estados Unidos tiene como uno de sus principales objetivos contrarrestar el crecimiento geopolítico de China. Quizás eso influyó en que el gobierno necesitara hacer puntos con la administración Trump.
Entonces, para no comprarse un nuevo problema interno, cuando trascendió que Uruguay había asistido a la cumbre encabezada por el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ahora en julio, el gobierno le quitó importancia diciendo que había asistido un funcionario de segundo grado de la embajada. Pero cuando se confirmó que había sido el propio embajador de Uruguay ante Estados Unidos, Daniel Castillos, se intensificó el malestar con el canciller Mario Lubetkin, ya que se calificó la representación elegida como “un error político”.
Fernando Pereira dijo en esa oportunidad que la convocatoria a la conferencia no dejaba claro de qué se trataba. Otro eufemismo, porque no era tan difícil imaginar por dónde vendrían los tiros si se trataba de una “Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político” y la organizaba Rubio.
Al poner el grito en el cielo por esta última noticia, parecen olvidar el recibimiento de los seis presos de Guantánamo durante el gobierno de José Mujica enviados por el gobierno de Barak Obama. En aquella ocasión, en 2014, Mujica se había dicho que había accedido a traerlos por una cuestión humanitaria. “No cambiamos carne humana por naranjas", dijo y tildó de “almapodridas” a quienes desde la oposición cuestionaban el entendimiento. Sin embargo, dos años después, Mujica sorprendió al referirse al —aparentemente— verdadero motivo de su decisión: "Yo para venderle unos kilos de naranjas a Estados Unidos me tuve que bancar a cinco locos de Guantánamo".
Estados Unidos lo negó. “(La transferencia de los expresos de) Guantánamo fue solo una señal de nuestra relación cercana, no hubo ningún quid pro quo” en el acuerdo para que Uruguay aceptara a los seis reos del penal, dijo en aquel momento la embajada. Pero la idea del intercambio persistió.
De modo que el péndulo en el que juega Uruguay con Estados Unidos —entre el pragmatismo emepepiano y la ortodoxia, que lo tironea y le pide coherencia—, no es nuevo y seguirá generando enojos y críticas.
Quizá el hecho de contar con un embajador “uruguayo” como Lou Rinaldi, que vivió años acá, es hincha de Progreso y come asados, con un estilo más parecido al de Julissa Reynoso (quien no faltaba los 1° de mayo a los asados en el Quincho de Varela junto al expresidente Mujica), ayude a mantener esa cercanía y a tirar un cable con la administración Trump.
El problema está en hasta dónde se llega en estas conversaciones, dicen los frenteamplistas y marcan a la violación de los derechos humanos como una "línea roja" que no se puede cruzar. Caggiani asegura que el pragmatismo corre para las cuestiones comerciales, pero no para aceptar deportados.
En esta geopolítica marcada por un mundo de las grandes potencias, parecería que lo recomendable, al menos pensando en lo comercial, sería que el péndulo se moviera entre no cortarse solo con uno u otro, ni en olvidarse de ir enviando señales hacia un lado y otro.
¿Hasta dónde llegará el gobierno y a cambio de qué en esta negociación con Estados Unidos? Esa es la gran pregunta que queda arriba de la mesa.