6 de julio 2024 - 5:00hs

Buena parte del destino de la economía uruguaya y de la sociedad rural depende de la capacidad que tengamos como sociedad de defender al producto más importante que tenemos para ofrecerle al mundo. Podrán seguir subiendo las exportaciones de celulosa o de soja, pero cuando viajemos por el mundo seguirán respondiendo a nuestra nacionalidad de uruguayo con “carne y fútbol”. Nadie dirá ah Uruguay, soja o celulosa.

La carne es la imagen del Uruguay además de una fuente principal de ingresos. Y es un producto que tiene enormes amenazas por una razón muy simple, el nexo entre la ganadería y el calentamiento global es imposible de negar. Lamentablemente los rumiantes emiten mucho metano, durante su digestión, óxido nitroso con sus excretas y lamentablemente hay desarrollos ganaderos en América Latina realizados sobre áreas deforestadas. Eso lleva a que la incidencia de la ganadería en el clima sea más de 10%. Y más de 10% de uno de los principales problemas del mundo es mucho. Amenaza la supervivencia del producto en la economía de este siglo.

Es incómodo decir que hay un problema, a algunos productores les parece “de mal gusto” decirlo. Pero inevitablemente el primer paso para solucionar cualquier problema es entenderlo tal como es. Y a veces al productor se le ofrecen perspectivas que relativizan lo que los estudiosos de la atmósfera y el clima marcan. Perspectivas que algunos productores encantados abrazan, sin darse cuenta que la legitimidad del producto enfrenta grandes retos ya en el presente, que serán cada vez mayores y que la complacencia y el esfuerzo por no entender lo que sucede es fatal.

Un ejemplo de lo anterior ocurrió en el congreso de la Federación Rural, de donde muchos productores salieron convencidos que el tema es poco relevante porque la ganadería es solo 6% del calentamiento global. Luego en las redes eso fue repetido, pero simplemente esa es una medición parcial. Y aún si así fuera, el 6% de algo enorme es también muy grande. Muchos productores han quedado convencidos de que es un tema poco relevante. Eso, por muchas razones, sería un error estratégico grave.

Para muchos productores y ciudadanos urbanos el cambio climático es “un problema que se viene”. Otro grave error de percepción. El cambio climático es un problema que ya se vino y cuyos efectos graves ya estamos viendo. Solo que cada vez sus efectos serán más graves. La inmigración de zonas tropicales a más templadas o frías n0 se detendrá, el derretimiento de los hielos ya empezó hace tiempo, el ascenso de los océanos ya ocurre y el efecto combinado de este ascenso, tormentas más fuertes y urbanizaciones realizadas antes del cambio climático se puede ver claramente en Aguas Dulces o en Bangladesh.

Otro argumento que se suele proponer es que es un tema propio del proteccionismo europeo y que a China no le interesa. Es cierto, por ahora China prioriza comprar materias primas y lograr influencia política más que poner exigencias en torno al clima. Pero es cuestión de tiempo. Conviene detenerse en este tema, la relevancia de este país en las exportaciones de Uruguay, aunque ha mermado en los últimos dos años, sigue siendo principal.

El cambio climático golpea muy fuerte en China, el gobierno lo sabe y toma medidas como pocos al respecto.

A China el clima no le da respiro. En este momento tiene inundaciones en el sur y sequía en el centro y norte. Positivo potencialmente para Uruguay porque puede prolongar el buen momento de los precios arroceros y dar empuje a los de trigo y maíz. En agricultura la desgracia ajena beneficia. Pero China que ya tiene una política contundente para enfrentar el cambio climático solo la acelerará por los daños graves y estructurales que padece. La mayor parte de su agua depende de los hielos del Himalaya, que ya se están achicando.

La situación actual es grave. En palabras de la última edición de The Economist “Una inminente crisis del agua amenaza todo, desde los centros de datos hasta las granjas.

Describe The Economist que en el condado de Queshan, en las llanuras del centro de China, los campos que normalmente están verdes con plantas de maíz son marrones y polvorientos. Apenas ha llovido durante dos meses y los pozos del pueblo se están secando. “Dependemos del Emperador del Cielo para ganarnos la vida”, dice Yang Ning, un canoso granjero de 67 años, refiriéndose a una deidad que controla el clima. "No me atrevo a tener esperanzas". La sequía, que ha afectado a ocho provincias chinas, es la peor que muchos lugareños pueden recordar.

Tal vez no nos damos cuenta aquí de la importancia del agua dulce que se está derritiendo y termina en el mar, pero seguro allá si se dan cuenta. Porque con sólo el 6% del agua dulce del mundo, China debe saciar la sed y el hambre del 20% de la población mundial. La distribución desigual del agua del país complica más las cosas.

China atraviesa entonces la sequía en el norte y las inundaciones en el sur. Atribuir cualquiera de estos eventos al cambio climático es complicado. Siempre cabe el argumento de “sequías e inundaciones siempre hubo”. Pero el problema no es tanto el hecho puntual -aunque son cada vez más extremos- sino la frecuencia. Ya se sabe que habrá cada vez más períodos de lluvias más intensas, así como períodos más prolongados de sequía. Las olas de calor se han vuelto 50 veces más probables como resultado del cambio climático, según World Weather Attribution, una red de modeladores climáticos.

La Academia de Ciencias de China estima que el costo anual del cambio climático ha sido en promedio de 7.000 millones de dólares al año entre 1984 y que podría podría aumentar a 47.000 millones de dólares anuales si las temperaturas globales aumentan a 1,5°C por encima de los niveles preindustriales algo que está a punto de ocurrir. El sector agrícola, siempre es el que más sufre por el clima. Pero otras partes de la economía no están protegidas. En 2022, la provincia suroccidental de Sichuan vivió meses con poca lluvia. El caudal de los ríos disminuyó, lo que provocó que la producción hidroeléctrica se redujera a la mitad. Eso provocó cortes de energía y miles de fábricas se vieron obligadas a frenar la producción.

Eso nos lleva a otro argumento habitual: China usa carbón para generar energía eléctrica, uno de los agravantes más notorios del calentamiento. Es que su crecimiento es tal que debe elegir entre eso o los apagones.

Pero también es verdad que está haciendo la reconversión energética más fuerte del mundo. El objetivo de China es agregar más de 600 gigavatios de capacidad renovable combinada desde 2021 hasta 2025. más del doble de la capacidad de 535 gigavatios de energía eólica y solar instalada a fines de 2020 y se acerque al objetivo del presidente, Xi Jinping, de tener una capacidad de 1200 gigavatios provenientes de energías renovables para fines de la década. Podrían estar a fines de 2025 donde planificaron estar en 2030.

En su "Libro Azul" climático anual, la Administración Meteorológica de China (CMA) advirtió que las temperaturas máximas en todo el país podrían aumentar entre 1,7 y 2,8 grados Celsius dentro de 30 años, siendo el este de China y la región noroccidental de Xinjiang las más afectadas, informó Reuters.

El año pasado, las temperaturas nacionales promedio alcanzaron un nuevo máximo, lo que provocó niveles récord de retroceso de los glaciares y derretimiento del permafrost en el noroeste, según el Libro Azul.

China se sabe a sí misma como uno de los países más vulnerables al clima del mundo y se ve sometida a una presión cada vez mayor para adaptarse a patrones climáticos que cambian rápidamente y a niveles del mar que aumentan más rápido que el promedio mundial. Acelera en ese camino.

Pensar que nunca nos exigirán parámetros vinculados al impacto de la producción de carne en el clima es una apuesta muy arriesgada. Apostar a mejorar el balance de gases de efecto invernadero en forma persistente es un tema central de la ganadería y lo será cada vez más. Como bajar el metano que emiten los vacunos, como optimizar el carbono que capturan los suelos debería ser una ruta de paralelos que se sigue sin ninguna distracción. Apoyar a los equipos que desde INIA trabajan en mejorar ese balance parece un consenso posible y necesario. Si queremos defender a la carne como producto, deberá ser el norte por muchos años hasta que tal vez la neutralidad de emisiones o el positivo sea alcanzado, medido y demostrado. Si no nos apuramos Nueva Zelanda y Australia lo harán antes que nosotros.

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