El Observador | Juan Lavista

Por  Juan Lavista

Corporate Vice President de Microsoft y director del laboratorio IA For Good
30 de marzo de 2026 17:00 hs

Todos los años vemos surgir nuevas tecnologías. Algunas prometen cambiar el mundo y desaparecen en silencio. Otras encuentran su lugar, pero sin alterar profundamente el curso de la historia. Por eso, es razonable preguntarse si la inteligencia artificial es una más en esa lista. No lo es.

La inteligencia artificial pertenece a una categoría mucho más escasa: las tecnologías de propósito general. A lo largo de la historia, los investigadores han identificado apenas unas 25 , desde la imprenta hasta la electricidad, desde la computadora personal hasta Internet, que comparten una característica fundamental: no resuelven un solo problema, transforman muchos. Amplían capacidades humanas y reconfiguran economías enteras.

La imprenta democratizó el acceso al conocimiento. La electricidad redefinió la producción y la vida cotidiana. La computadora hizo programable una parte creciente del mundo. La inteligencia artificial se inscribe en esa misma tradición. Pero introduce un elemento nuevo: la velocidad.

La inteligencia artificial generativa es, probablemente, la tecnología de adopción más rápida que hemos visto. En apenas tres años, más de 1.200 millones de personas en el mundo han comenzado a utilizarla para escribir, programar, aprender y crear. Hoy, más del 16% de la población mundial ya interactúa con estas herramientas.

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Este dato importa porque la historia nos enseña algo fundamental. Estudios del Banco Mundial en la década de 1990 mostraron que, en el caso de las tecnologías de propósito general, la ventaja no la determina la invención, sino la adopción. No fueron quienes inventaron la electricidad, Internet o la computadora personal quienes necesariamente lideraron sus beneficios, sino quienes las adoptaron más rápido y las integraron mejor en su economía y su sociedad.

El liderazgo, en otras palabras, no se define en el laboratorio. Se define en el uso.

En este contexto, Uruguay se destaca. Lidera la adopción de inteligencia artificial en Sudamérica y se posiciona en el puesto 40 a nivel global, superando a países como Japón, India o China, con aproximadamente un 22,5% de su población utilizando estas herramientas. Sin embargo, aún persiste una brecha con países como Irlanda, Francia, Emiratos Árabes Unidos o Singapur, donde la adopción es más del doble.

Esta diferencia no es menor. Define el ritmo al que una sociedad amplifica sus capacidades. Y Uruguay parte de una posición excepcional. Prácticamente el 100% de la población tiene acceso a electricidad y más del 90% cuenta con conexión a Internet. Iniciativas como el Plan Ceibal, único a nivel global, han permitido que generaciones enteras crezcan con acceso temprano a la tecnología y desarrollen habilidades digitales desde edades tempranas. A esto se suma un factor que muchas veces pasa desapercibido: el español es hoy uno de los idiomas mejor soportados por los modelos de inteligencia artificial, lo que reduce barreras de acceso y acelera la adopción.

Uruguay no parte desde atrás. Parte con ventaja. En los últimos años hemos visto de forma directa el impacto de esta tecnología en el mundo real: sistemas que permiten detectar cáncer en etapas tempranas, modelos que identifican deforestación en tiempo casi real, herramientas que detectan desnutrición infantil utilizando solo un teléfono móvil en contextos sin acceso a equipamiento médico.

Pero sería un error ignorar los desafíos. Cada tecnología de propósito general trae consigo tensiones. Internet amplió el acceso a la información, pero también facilitó la desinformación. La computadora personal aumentó la productividad, pero también profundizó la brecha digital. La inteligencia artificial no será la excepción.

Ya enfrentamos preguntas fundamentales: ¿cómo evolucionan nuestras habilidades y el trabajo? ¿Cómo aseguramos una distribución equitativa de los beneficios? ¿Estamos preparados para adoptar esta tecnología al ritmo que exige el mundo?

La oportunidad es clara. Convertirnos en un país que adopta con rapidez, que experimenta, que integra la inteligencia artificial en la educación, la salud y el sector productivo. Un país que no solo consume tecnología, sino que también la construye, la adapta y la entiende. La responsabilidad es igual de clara. Asegurar que esta transformación amplifique lo mejor de nuestra sociedad. Que reduzca desigualdades en lugar de profundizarlas. Que fortalezca nuestras instituciones.

La historia es consistente en algo: las tecnologías de propósito general no son buenas ni malas por sí mismas. Son multiplicadores. La pregunta no es si la inteligencia artificial va a cambiar el mundo. Eso ya está ocurriendo. Uruguay tiene una oportunidad única para adoptarla y marcar una diferencia. La verdadera pregunta es si aprovechamos esta oportunidad y nos posicionamos entre quienes lideran ese cambio, o entre quienes llegan tarde.

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