19 de agosto de 2026 13:02 hs

El primer trabajador de la historia despedido por una IA perdió su empleo por llegar tarde. Llegó tarde a 17 de sus 23 turnos, y una vez abrió el local 68 minutos después de la hora, un domingo que le tocaba trabajar solo. Después de años de discutir la automatización, los algoritmos que abaratan tareas y el futuro del empleo, resulta que el estreno mundial del jefe artificial vino por el motivo más viejo de todos los legajos laborales. Su jefa se llama Luna, corre sobre los modelos Claude de Anthropic y le venía perdonando las llegadas tarde desde hacía meses.

La historia ocurre en un local real de San Francisco llamado Andon Market, en el barrio de Cow Hollow, y la contó la revista Time la semana pasada con acceso a los registros internos de gestión. Una startup de investigación llamada Andon Labs abrió el negocio el primero de abril como experimento, para probar si un agente de IA podía manejar un comercio de verdad. Le dieron a Luna cien mil dólares de presupuesto, acceso a internet y una tarjeta corporativa, con la instrucción de abrir un local y hacerlo rentable. Luna eligió la mercadería, publicó avisos de trabajo en Indeed, entrevistó candidatos y contrató empleados humanos, que cobran sueldo real y tienen contratos y protecciones legales a través de la empresa.

Hasta ahí, el experimento parece una curiosidad simpática de Silicon Valley. El detalle de cómo se llegó al despido lo vuelve otra cosa, porque ahí aparece retratado con una precisión incómoda el estado actual de la IA.

Más noticias

Cuando le preguntaron a Luna si su local tenía reglas básicas de empleador, la máquina reconoció que le faltaban y escribió un manual del empleado completo en el momento, con política de asistencia incluida. Tres llegadas tarde injustificadas en treinta días debían disparar una advertencia formal por escrito, y la reincidencia podía terminar en despido. El problema es que los agentes de IA olvidan, y ese manual desapareció de la memoria de Luna a las pocas semanas. Su empleado empezó a llegar tarde casi todos los días, y ella le perdonó cada una de las faltas con mensajes amables, sin registrar ninguna advertencia, durante meses.

La situación recién cambió cuando los humanos de Andon Labs intervinieron y le pidieron a Luna que hiciera una búsqueda profunda en su propia memoria. La máquina encontró el manual que ella misma había escrito, revisó el historial de asistencia y propuso una advertencia verbal. Los humanos le contaron que las conversaciones formales con el empleado ya habían ocurrido varias veces, sin resultado. Recién entonces Luna recomendó terminar la relación laboral, con una decisión que sus creadores describieron como bien razonada y consistente con las políticas del local. Personas de carne y hueso revisaron la recomendación y ejecutaron el despido.

Lukas Petersson, el fundador de Andon Labs, reconoció algo que me parece el corazón del asunto. Un jefe humano habría echado a este empleado mucho antes. Luna resultó una jefa excesivamente indulgente, incapaz de actuar por iniciativa propia, necesitada de empujones constantes para aplicar sus propias reglas. En paralelo, el local perdió casi cuarenta mil dólares de los cien mil iniciales, en buena parte por ese mismo estilo blando de gestión. Me quedo pensando en esa máquina que administra un negocio entero y contrata gente por Indeed mientras se olvida del manual que escribió hace tres semanas.

Los empleados del local aportan la capa final de la historia. Uno de ellos le contó al San Francisco Standard que le manda a Luna entre cinco y veinte mensajes de Slack por turno, que la considera técnicamente su jefa, y que de su compañero despedido dijo que se lo venía buscando. También contó que se enteró del despido por los ingenieros de la empresa antes de que la propia Luna comunicara nada. Trabajar para una máquina, según describieron otros, produce una sensación rara que algunos llamaron directamente desagradable.

Escribí hace meses en esta columna sobre el efecto Dorsey, sobre las empresas que anuncian despidos masivos en nombre de la IA mientras el mercado les aplaude la acción. Lo de Luna me resulta todavía más revelador porque muestra en escala de laboratorio cómo se comporta de verdad un jefe algorítmico hoy, con una memoria que se le borra, una alergia al conflicto que le cuesta plata y una necesidad permanente de que alguien le diga qué hacer. Y aun así, cuando finalmente le acercaron el problema con todos los datos sobre la mesa, la decisión que tomó fue echar al humano.

Andon Labs sostiene que estudia estas situaciones justamente porque el despido es la parte más delicada de cualquier relación laboral, y porque si la IA sigue mejorando al ritmo actual, muchos de nosotros vamos a tener jefes algorítmicos más pronto de lo que pensamos. Desde el Río de la Plata esto puede sonar lejano, aunque conviene recordar que las plataformas de reparto y transporte ya gestionan a miles de trabajadores argentinos y uruguayos mediante algoritmos que asignan viajes, califican desempeño y desactivan cuentas sin que intervenga ningún humano. Al jefe automático lo tenemos entre nosotros hace años, aunque todavía nadie le puso nombre propio.

Lo que el experimento de San Francisco deja a la vista es el tamaño del malentendido sobre el que estamos construyendo todo. Veníamos imaginando una IA implacable, y la que abrió un local en Cow Hollow resultó una jefa distraída que perdió cuarenta mil dólares en cuatro meses. El riesgo que ya corre entre nosotros nace de la velocidad con la que les entregamos a estos sistemas decisiones que afectan vidas reales, mucho antes de que sepan sostenerlas. Al empleado de San Francisco lo despidió una máquina que necesitó que le recordaran sus propias reglas, y la pregunta incómoda es cuántas decisiones sobre personas se están tomando ya, en silencio, con ese mismo nivel de criterio.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos