Mientras saboreo un famoso alfajor trinitario, con su sello orgulloso de Tierras del Geoparque, en referencia al Geoparque Mundial de la UNESCO Grutas del Palacio, en Flores, uno piensa en cómo un bocado puede contar la historia de un territorio. Viajar por Flores es recorrer un mapa vivo de esa potencia: desde el eco de las formaciones milenarias que inspiran el logotipo en el envoltorio, hasta los carteles de emprendimientos turísticos, las ferias de artesanos y los pequeños restaurantes familiares que exhiben el distintivo del Geoparque. Cada sello es una marca de identidad, pero también una señal de desarrollo: demuestra que cuando un territorio se organiza alrededor de su patrimonio, la economía local florece y el turismo, la producción y la cultura se entrelazan en un círculo virtuoso. Ese alfajor no es solo un dulce; es la prueba tangible de que la ciencia, la historia y la comunidad pueden generar valor compartido.
El economista Robert F. Engle, Premio Nobel de Economía, recordaba recientemente que “la colaboración internacional es clave frente al cambio climático, y la transición energética representa una oportunidad para reformar nuestras economías y alejarlas de la dependencia de los combustibles fósiles”. Sus palabras invitan a pensar en cómo traducimos esas grandes ideas en realidades concretas, en territorios donde se cruzan la vida cotidiana, la producción y la conservación. En Uruguay, los Geoparques Mundiales de la UNESCO y las Reservas de Biosfera son precisamente espacios o vivos donde economía y sostenibilidad convergen, ofreciendo una hoja de ruta para comunidades que buscan desarrollarse sin hipotecar su futuro; muestra central del trabajo de las Naciones Unidas en estos 80 años de existencia.
Uruguay en la red mundial
El país cuenta con un Geoparque Mundial de la UNESCO: Grutas del Palacio, en Flores, incorporado en 2015, y con un proyecto en evaluación: Manantiales Serranos en Lavalleja. Además, Uruguay cuenta con dos Reservas de Biosfera: Bañados del Este, reconocida desde 1976 y redefinida en 2004, y Bioma Pampa – Quebradas del Norte, incorporado en 2014, en Rivera. A ellas se suma la propuesta trinacional del Corredor del Río Uruguay, que avanza en conjunto con Brasil y Argentina.
En total, estos sitios abarcan casi un 10% del territorio nacional. Son territorios diversos: desde las cavernas milenarias de Grutas del Palacio, que impulsan el geoturismo y la educación ambiental; pasando por los humedales y palmares de Bañados del Este, que combinan biodiversidad con producción arrocera y ganadera; hasta los pastizales y quebradas del norte, que conservan ecosistemas únicos y forman parte de la recarga del Acuífero Guaraní, una de las principales reservas de agua dulce del planeta.
Valor económico y comunitario
A menudo se piensa en las áreas protegidas solo como espacios de conservación. Sin embargo, en Uruguay han demostrado ser motores de desarrollo local. El Geoparque Grutas del Palacio dinamizó la economía del departamento de Flores a través del turismo, generando emprendimientos, empleos y orgullo comunitario.
En Rocha, Treinta y Tres y Maldonado, la Reserva de Biosfera Bañados del Este sostiene miles de familias vinculadas a la pesca artesanal, la ganadería, el arroz y el turismo de naturaleza. En Rivera, la Reserva Bioma Pampa – Quebradas del Norte integra la producción agropecuaria con la conservación de pastizales, generando un valor agregado diferencial en mercados que demandan trazabilidad y sustentabilidad.
Un rasgo distintivo de Uruguay es que más del 90% de las áreas incluidas en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas se encuentran en predios privados, lo que evidencia el rol fundamental de productores y comunidades locales en su gestión. La clave está en la combinación: conservación de ecosistemas, investigación científica, participación y oportunidades económicas que fortalecen a las comunidades.
Observatorios frente al cambio climático
El reciente estudio de la UNESCO “Vulnerabilidad y riesgo al cambio climático en Reservas de Biosfera y Geoparques Mundiales de América Latina y el Caribe” coloca a estos sitios en el centro de la discusión climática. Sus hallazgos son contundentes: 15 de 17 sitios analizados enfrentan riesgo medio o alto de incendios forestales para 2040–2059; 44.600 km² de sus territorios son susceptibles a inundaciones fluviales; y 10,7 millones de personas viven en zonas con riesgo de interrupción en el suministro de agua.
Uruguay no es ajeno a estas amenazas. Estos sitios nos permiten medir, anticipar y ensayar respuestas: desde estrategias de manejo de agua hasta la prevención de incendios y la diversificación de economías locales. Son, en definitiva, espacios donde se genera conocimiento útil para las políticas públicas y para la vida de millones de personas.
Mirando hacia adelante
Uruguay tiene una oportunidad histórica: convertir sus Geoparques y Reservas de Biosfera en modelos de resiliencia y sostenibilidad que integren la ciencia con la vida cotidiana de las comunidades. Para ello necesitamos inversión en investigación, promoción del turismo sostenible, políticas de apoyo a productores locales y educación ambiental para las nuevas generaciones.
La gran pregunta es cómo lo hacemos:
¿Estamos preparados para aprovechar estos territorios como centros de innovación frente al cambio climático?
¿Podrán las comunidades locales ser protagonistas de una transición justa hacia economías verdes y circulares?
¿Qué papel debe jugar el Estado, los gobiernos locales y el sector privado para que estos sitios no sean vistos como “áreas restringidas”, sino como motores de desarrollo inclusivo?
Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a invertir hoy en la resiliencia de nuestro territorio para evitar costos mucho mayores mañana?
Los Geoparques y las Reservas de Biosfera nos recuerdan que el futuro no se construye en los escritorios, sino en el territorio, junto a la gente que lo habita.