29 de septiembre de 2026 13:36 hs

No. No podemos seguirnos haciendo los distraídos. Buena parte de lo bueno del mundo que conocimos, que dimos por sentado para siempre, está desmoronándose alrededor nuestro. La democracia, sí, la democracia liberal, por la que tanto luchamos en Uruguay y en América Latina, va barranca abajo, se cae, socavada desde dentro, un hoyo por el que nos vamos cayendo haciéndonos los desentendidos o siendo parte; creyendo, incluso, algunos, cada vez más, que tal vez las autocracias, las dictaduras, los modelos autoritarios, pudieran tal vez no ser tan graves, hasta mejores.

Después de la Segunda Guerra Mundial en Europa y después del terrorismo de Estado en América Latina, los países occidentales se convencieron que, considerando su alternativa, la democracia era la indiscutible mejor opción. Con más o menos éxito, las democracias liberales florecieron en todo Occidente y cualquier intento de no cumplir sus reglas de juego era generalmente condenado y sus responsables aislados. Mal o bien, incluso los peores de la clase, al menos intentaban simular como mínimo las reglas electorales. Pero la democracia prescriptiva, como sabemos, no consiste solamente en votar: supone llegar al momento del voto en igualdad de condiciones, supone que existan contrapesos entre los tres poderes, una prensa vigorosa que permita un debate público racional y que investigue y controle, una sociedad civil abierta y activa, supone respeto de los derechos humanos, respeto por las minorías, incluyendo las electorales, y por los más débiles. La democracia es un sistema de protección y razón generalizada. La democracia liberal se resume en aquello de libertad, igualdad y fraternidad como búsqueda utópica y perfectible, pero esencial.

Eso era, parecía, evidente, hasta no hace tanto. Los indicadores del planeta eran auspiciosos. Historiadores como Yuval Noah Harari exclamaban que, pese a las apariencias, nuestra humanidad nunca había vivido más ni mejor. Que la pobreza se reducía, que la expectativa de vida aumentaba, que vivíamos la era más pacífica y con mayor abundancia de la historia. Seguía habiendo innumerables problemas a resolver, el mundo seguía siendo un lugar muy desigual, esa aparente mejora no alcanzaba a todos ni mucho menos hacía feliz a todos, había todavía mucho por resolver. Pero a simple vista parecía que íbamos bien.

Evidentemente ese mismo mundo ocultaba el germen de lo que irrumpió ahora. Un mundo en el que el presidente de Estados Unidos -entre otros- descree en la prensa libre, hace todo lo posible por debilitar los contrapesos, fuerza las reglas de juego democráticas y arroja dudas sobre el sistema electoral. Un mundo en el que ese presidente de Estados Unidos se saca fotos sonrientes con la dictadora consumada de Venezuela, el mismo país y el mismo régimen que hasta poco antes era casi paria. Un mundo en el que ese presidente estadounidense se reúne en la oficina Oval con el dictador chino ante la presencia de la prensa estatal china y sin rastros de periodistas independientes estadounidenses. Un planeta en el que la política ya no parece dividirse entre izquierda o derecha sino entre democracias liberales o distintas formas de autocracias en ciernes o democracias en declive. Un mundo en el no todos los gobiernos han tenido el mismo “éxito” en ese proceso de destrucción de las instituciones republicanas y/o democráticas, pero no porque no lo hayan intentado. Porque, pese a todo, los propios contrapesos e instituciones democráticas hacen en muchos casos lo posible por mantenerla en pie, por hacerla sobrevivir, cumpliendo -en la medida de lo posible- la razón por las que fueron creadas.

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Pero hay que reconocer que les resulta cada vez más difícil, porque ya ni siquiera llega la condena desde el Imperio: un imperio que era democrático y que desde fines de los 80 impulsaba democracias. No siempre con éxito ni siempre por buenas razones, pero el paradigma existía. También porque las instituciones internacionales carecen ya de casi cualquier peso. Y en esa barahúnda en la que los propios políticos, jueces, fiscales, y periodistas son a la vez víctimas y también victimarios de la polarización reinante, abonada por un algoritmo del odio, la ira y la mentira, las democracias republicanas y liberales sufren y los absolutismos renacen. Los ciudadanos ceden libertades a cambio de vigilancia y de certidumbres aparentes. Los enemigos de la democracia abierta ya no se ocultan como antes: se reúnen y se aplauden entre sí.

La prensa no solo está siendo desacreditada por esos enemigos de la sociedad abierta, sino que vive su peor momento económico y, por ende, de cantidad y calidad de información. Es muchas veces parte del problema.

Hagamos historia. Durante siglos las personas se enteraban de lo que pasaba en su país y en el mundo conocido, boca a boca. Confiaba en algunos juglares, desconfiaba de otros. Más tarde, la imprenta trajo la biblia de Gutemberg, algunos pasquines, y best sellers como el libro Malleus Maleficarum (El martillo de las brujas) plagado de mentiras -como pruebas ridículas de que las brujas existían- y que desató una horrorosa cacería de brujas por fines del 1400. Un caso evidente de desinformación masiva en tiempos sin periodismo profesional. Entre el siglo XVIII y XIX nació el periodismo, los feudalismos fueron cayendo, las democracias se fueron fortaleciendo, y vino esa etapa hermosa que disfrutamos -breve en términos históricos- en los que hubo una verdad, al menos una versión periodística -generalmente aproximada- de la verdad. La ciencia avanzó. La civilización compartía certezas científicas, factuales y periodísticas.

Pero esa luz se oscurece. Ahora vemos como todo parece volver -retroceder- a algo parecido a aquella era feudal. Tecnofeudal, dicen algunos. Y ahora debemos decidir otra vez, casi en soledad, en qué juglar y en cuál de sus cuentos confiamos, y a que bruja perseguimos.

El debate público racional que, de algún modo, con mayor o menor acierto, canalizaban los medios de comunicación, se transformó en un debate virtual irracional canalizado desde redes sociales, muchas veces alimentadas por esos mismos medios de comunicación que se adaptan a las reglas de juego de ese algoritmo para intentar boquear y sobrevivir. La investigación periodística se convierte de poco en una rareza, en un lujo en medio de la indigencia mediática. Pera peor, las carreras universitarias de periodismo dejan de ser parte de la solución para convertirse en parte del problema, al interpretar más al mercado que a la necesidad civilizatoria.

Por tanto, cada vez sabemos menos del poder y los poderosos, cada vez hay menos contrapesos y controles, y cada vez es más posible cometer peores abusos. Porque el buen periodismo (que no abunda) hace lo que puede, pero es cada vez más pobre y está cada vez más desacreditado desde ese poder político y económico que siente que ya no lo necesita para comunicarse con la ciudadanía. De esa manera, el debate solo mediado por el algoritmo, y la falta de información de calidad se deterioran a ojos vista. Sin periodismo profesional se deteriora e irracionaliza ese debate público y por tanto se polariza el mundo. Sin investigación los tres poderes carecen de su mayor aliado para la tarea del contrapeso. Parece increíble tener que recordarlo, pero creo que ha vuelto a ser necesario decir lo obvio: sin periodismo no hay democracia. Sin democracia no hay periodismo.

No sé si hay alternativa. Adormecidos por una tecnología que supuestamente nos conoce más que nosotros mismos, caminamos paso tras paso hacia un mundo oscuro, distópico, casi aceptándolo como inevitable. ¿Estamos a tiempo de dar el volantazo? ¿Podemos volver a confiar en la democracia, a aceptar que necesitamos información de calidad, a poner la carta internacional de los derechos humanos por encima de todo, en el lugar de privilegio en el que estaba? ¿Vale la pena luchar por la democracia en el mundo? Y, sobre todo, ¿podemos evitar que Uruguay se contagie de esa ola de populismos autocráticos, de polarización, de violencia y de odios intrasociedad? Sí.

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