La próxima visita del Papa León XIV a Uruguay merece ser valorada en toda su dimensión. Hace 38 años que un pontífice no nos visita. Además, Uruguay será la primera escala de su gira por América del Sur. Para un país pequeño como el nuestro, ser elegido como inicio tiene relevancia internacional y un significado por lo que somos. León XIV llega a un Uruguay profundamente laico, con instituciones democráticas fuertes y una sociedad que ha construido buena parte de su identidad sobre la libertad de conciencia y la ampliación de derechos.
Desde una perspectiva institucional y democrática no hay contradicción. Nuestra laicidad no necesita negar las religiones para afirmarse. Una sociedad segura de sus valores puede escuchar, dialogar, coincidir y discrepar. Podemos recibir al Papa como jefe de Estado, líder de la Iglesia católica y voz de alcance mundial sin renunciar a nuestras convicciones. Hay además una razón para prestar especial atención a León XIV: como sucesor de Francisco, recoge una reflexión social que interpela los principales problemas de nuestro tiempo y destaca la importancia del Estado y las políticas para las personas. Francisco puso en el centro la pobreza, la desigualdad, las migraciones, el ambiente, el trabajo y la cultura del descarte. León XIV retoma ese legado ante una realidad marcada por la inteligencia artificial, la automatización, la concentración tecnológica y los cambios en el trabajo y el poder económico. Son debates plenamente actuales. Necesitamos crecer, aumentar la inversión y la productividad, generar mejores empleos e incorporar tecnología, mientras enfrentamos pobreza infantil y desigualdades que condicionan las oportunidades desde el nacimiento. Para quienes creemos que no hay verdadero desarrollo si sus beneficios no alcanzan al conjunto de la sociedad, esta discusión es central.
Por eso resulta tan interesante Magnifica Humanitas, la encíclica de León XIV que recupera la tradición de Rerum Novarum, publicada por León XIII en 1891. Aquella encíclica surgió en plena Revolución Industrial, cuando el aumento de la producción convivía con pobreza obrera, concentración y condiciones laborales desiguales. Su aporte fue comprender que la cuestión social no podía resolverse solo mediante la caridad: requería instituciones, protección del trabajo y políticas públicas. León XIV trae esa pregunta al presente. Si entonces había que gobernar las consecuencias sociales de la industrialización, hoy debemos preguntarnos cómo gobernamos la revolución tecnológica. Uruguay necesita inteligencia artificial, digitalización, inversión e innovación. No podemos quedar al margen, pero debemos preguntarnos quién se apropia de los beneficios del aumento de la productividad. Si producimos más gracias a la tecnología, debemos discutir si ese beneficio se transforma solo en mayor rentabilidad o también en mejores empleos, salarios, capacitación, servicios públicos y menor desigualdad. La discusión no es tecnología sí o no, sino qué hacemos con ella, quién se beneficia y para qué modelo de desarrollo la utilizamos. Es relevante la centralidad que León XIV vuelve a darle al trabajo, no es solo un costo de producción, es ingreso, autonomía, integración social, dignidad y posibilidad de construir un proyecto de vida.
Necesitamos crecimiento económico porque sin crecimiento resulta mucho más difícil distribuir, invertir y sostener políticas públicas. Pero también hemos aprendido que crecer no alcanza, sabemos que podemos aumentar el PIB y mantener niños que parten de condiciones profundamente desiguales, aumentar la productividad y dejar trabajadores fuera de sus beneficios e incorporar tecnología y ampliar las brechas existentes. Pero eso para nosotros no es desarrollo. El desarrollo necesita ante todo Estado y políticas públicas.
Los derechos no existen porque estén legislados, para que se concreten necesitan instituciones para garantizarlos. La libertad individual es fundamental, pero para ejercerla hacen falta condiciones materiales. Educación, salud, vivienda, cuidados, trabajo, protección social y oportunidades son base para construir libertad. Estos conceptos están planteados por León XIV, concepción que tiene raíces profundas en nuestra historia. Uruguay construyó buena parte de su identidad sobre instituciones públicas, educación, legislación laboral, protección social y una progresiva ampliación de derechos. Nuestro desafío es mantener esa impronta para crecer, innovar y competir.
Hay un concepto que atraviesa esta reflexión y que tiene siglos de historia, el bien común. Tomás de Aquino vinculaba la justicia con dar a cada uno lo que le corresponde y con la construcción del bien común. En los tiempos que vivimos, esa idea es relevante. Guerras, polarización, desigualdad y discursos del odio que transforman al diferente en enemigo son barreras para construir acuerdos y destruyen la democracia. Uruguay no está ajeno a esas tensiones, pero conserva un enorme patrimonio, instituciones capaces de procesar nuestras diferencias y partidos políticos fuertes. Buscar equilibrios no significa abandonar convicciones, sino reconocer el conflicto y construir reglas y acuerdos democráticamente, garantizar derechos y preservar la convivencia.
Existen temas en los que nuestras posiciones y las de la Iglesia católica son diferentes. Uruguay ha construido democráticamente una agenda de derechos que defendemos. Pero no deben impedirnos reconocer las coincidencias hoy. Podemos ser profundamente laicos y valorar la visita del Papa, defender la autonomía y preguntarnos qué condiciones hacen posible ejercerla, podemos defender la inversión y el crecimiento y discutir cómo distribuimos sus beneficios, y podemos impulsar la IA y exigir que nadie quede afuera de esa transformación. Francisco habló de la cultura del descarte. León XIV lleva esa preocupación a las nuevas formas de exclusión que produce la tecnología.
En Uruguay sabemos que detrás de esas palabras existen niños que nacen pobres, jóvenes que abandonan el sistema educativo, trabajadores que necesitan reconvertirse y territorios que no acceden a oportunidades. Por eso esta visita importa. Importa que después de 38 años vuelva un Papa a Uruguay y que sea el comienzo de su gira sudamericana. Pero, sobre todo, importa la posibilidad de aprovechar esa presencia para discutir algunos de los grandes desafíos de nuestra época que el propio León ha planteado. Desde la política podemos hacerlo desde nuestras propias convicciones, defendiendo la laicidad, la libertad, los derechos, el papel del Estado y la justicia social, y reconociendo al mismo tiempo la importancia de encontrarnos con quienes colocan preguntas similares sobre la dignidad humana y el bien común. Porque en tiempos de enormes transformaciones la cuestión política fundamental sigue siendo para qué y para quiénes queremos desarrollarnos. El desarrollo tiene que servir para que las personas vivan mejor, ejerzan efectivamente sus derechos y tengan mayor bienestar. En eso hay una idea que atraviesa a Francisco, a León XIV y también buena parte de nuestra propia tradición política, la economía, el mercado y la tecnología son instrumentos. El centro y el objetivo final deben seguir siendo las personas.