18 de marzo de 2026 15:59 hs

Hay una frase que dijo hace tres semanas el general Valerii Zaluzhny, ex comandante en jefe de las fuerzas armadas de Ucrania, en un discurso en Londres, que me dejó dando vueltas varios días. Dijo: "Las guerras de robots ya están ocurriendo". Lo dijo así como quien describe el clima. Y el problema es que tiene razón, mucha razón.

Mientras la atención del mundo gira alrededor del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, en el frente oriental de Ucrania está pasando algo que merece más atención de la que recibe. Los robots se están peleando entre sí. Literal. Vehículos terrestres no tripulados de Ucrania emboscan vehículos terrestres no tripulados de Rusia. Drones aéreos cazan otros drones. Hay zonas del frente donde no queda un solo ser humano y las máquinas se buscan, se detectan y se destruyen solas.

Los números son concretos. Zaluzhny describió una "kill zone" robótica de 30 kilómetros de profundidad desde la línea de contacto, donde la presencia humana se volvió prácticamente suicida. La brigada K2 del ejército ucraniano creó el primer batallón de vehículos terrestres no tripulados del mundo, comandado por el mayor Oleksandr Afanasiev. Estos robots llevan montadas ametralladoras Kalashnikov, lanzagranadas y cargas explosivas kamikaze. Un solo robot mantuvo una posición en el frente durante 45 días seguidos, con mantenimiento y recarga cada 48 horas. Sin un soldado presente. Como dijo un oficial del Tercer Cuerpo de Ejército ucraniano: "Los robots no sangran".

La escala de producción sacude. Tencore, un fabricante ucraniano, produjo más de 2.000 vehículos terrestres no tripulados en 2025. Para este año esperan una demanda de 40.000 unidades, de las cuales entre el 10 y el 15 por ciento van armadas. Hacé la cuenta: son entre 4.000 y 6.000 robots de combate entrando en servicio en doce meses. Eso no es un programa piloto. Es un ejército.

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Rusia no se queda atrás. Su vehículo Kuryer opera de forma autónoma durante cinco horas y puede llevar un lanzallamas o una ametralladora pesada de las que normalmente van en tanques. También usan los Lyagushka, vehículos kamikaze a batería que se acercan en silencio y detonan. Ya se documentaron enfrentamientos directos entre robots de ambos bandos sin un ser humano en el lugar.

Ucrania, por su parte, lanza hasta 9.000 drones por día. Cerca de Pokrovsk, el 90% de los suministros a las posiciones de primera línea llegan por vehículos no tripulados. La logística, la evacuación de heridos, la colocación de minas: todo lo que antes era tarea de la retaguardia humana hoy lo hacen máquinas. Afanasiev lo dijo clarito: "Ucrania puede permitirse perder robots, pero no puede permitirse perder soldados listos para el combate".

Hasta ahora, la mayoría de estos sistemas tienen un humano que aprieta el gatillo a distancia. Pero las interferencias de radio rusas sobre los drones ucranianos están forzando a que los sistemas empiecen a tomar decisiones solos. Detectar, decidir, disparar. Sin que nadie intervenga. El propio Afanasiev reconoce que los límites a la autonomía son en muchos casos autoimpuestos, por razones éticas y de derecho humanitario internacional. "Los robots pueden identificar mal a una persona o atacar a un civil", dijo. "Por eso la decisión final la toma un operador". Pero eso es hoy. Y hoy cambia cada semana.

En febrero, la empresa Foundation, con sede en San Francisco, mandó dos robots humanoides Phantom MK-1 al frente ucraniano. Su cofundador, un veterano de 14 años del Cuerpo de Marines con múltiples misiones en Irak y Afganistán, dijo que lo que encontró allá fue "realmente impactante": una guerra completa de robots donde la máquina es el combatiente principal y los humanos son el soporte. Todo lo opuesto a lo que él vivió en combate.

Paren un segundo. Vuelvan a leer eso. Un tipo que hizo más de 300 misiones de combate en Medio Oriente llega a Ucrania y lo que ve lo deja helado. No por la violencia, que la conoce bien, sino porque los que pelean ya no son personas.

Lo que me importa acá no es hacer una nota sobre drones. Es la velocidad con la que la ciencia ficción se convirtió en doctrina militar. Hace dos años, la discusión sobre armas autónomas letales era un tema de paneles académicos y convenciones de Ginebra. Hoy es una decisión operativa que toma un mayor ucraniano desde un búnker con un celular. No hubo anuncio formal. No hay tratado. No hay consenso internacional sobre reglas de combate entre robots. Simplemente está pasando.

Y la pregunta que nadie quiere hacer pero todos van a tener que responder es esta: si mandar un robot a pelear es más barato, más rápido y políticamente menos costoso que mandar a una persona, ¿qué freno real queda para entrar en un conflicto? Zaluzhny habló del ser humano como "el recurso más preciado e irremplazable" en una guerra moderna. Tiene sentido. Pero si ese recurso deja de ser necesario en el frente, el cálculo político de iniciar una guerra cambia por completo.

Mientras leés esto, en algún punto del este de Europa, un robot ucraniano y un robot ruso se están buscando en un campo que ningún ser humano puede pisar. No se conocen, no se odian, no tienen miedo. Solo ejecutan instrucciones. Y al que pierda lo van a reemplazar mañana con uno igual. Al que gane, también.

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