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El Observador | Pablo Mieres

Por  Pablo Mieres

Líder del Partido Independiente. Exministro de Trabajo
8 de enero 2026 - 16:48hs

Muchas cosas han ocurrido en estos últimos días a partir de que el gobierno de Estados Unidos llevó adelante una operación militar para destituir y apresar a Nicolás Maduro en Caracas.

En primer lugar, la caída del dictador corrupto es, en cualquier caso, una buena noticia que, para cualquier persona con convicciones democráticas, debe ser objeto de celebración.

Por eso nos dio mucha vergüenza que el gobierno de nuestro país en su declaración no hiciera mención alguna a la importancia de que un dictador sea derrocado.

Es más, incluso el Frente Amplio convocó a una marcha contra la intervención de Estados Unidos y tampoco mencionó el hecho de que haya caído un dictador corrupto y sanguinario.

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Que nos de vergüenza no quiere decir que nos haya sorprendido. Durante décadas el Frente Amplio no sólo nunca dio sus votos (ninguno de sus integrantes) para condenar a ese régimen criminal y corrupto en el Parlamento, sino que durante años manifestaron de múltiples maneras su devoción a Hugo Chávez primero y a Nicolás Maduro después. No hay que olvidar, por ejemplo, que José Mujica siendo presidente de nuestro país se puso una campera militar del ejército venezolano en una cumbre presidencial.

En segundo lugar, mucho se ha hablado del procedimiento de destitución y apresamiento del dictador por parte del gobierno norteamericano. Por supuesto que esa maniobra no fue acorde con el derecho internacional y, en tal sentido, merece ser cuestionada.

Sin embargo, este episodio vuelve a poner de manifiesto las enormes falencias que exhibe el sistema normativo del derecho internacional para resolver estas situaciones. Esto no es nuevo ni inédito. Ha ocurrido en diferentes circunstancias similares a lo largo y ancho del mundo.

Nadie desde el día en que ocurrió este episodio ha podido sugerir un camino viable alternativo para terminar con la gestión del dictador.

Es más, la forma en que cayó Maduro puso nuevamente de relieve la enorme debilidad actual del derecho y los organismos internacionales para responder ante las diversas crisis regionales o mundiales. De hecho, estamos asistiendo a un tiempo oscuro en donde la “ley del más fuerte” se impone como hacía muchas décadas no ocurría.

De modo que quedarse instalado en una suerte de “limbo impoluto” condenando la intervención norteamericana no aporta nada y revela una notoria ajenidad con respecto a la realidad que vivimos.

En tercer lugar, y este es probablemente uno de los aspectos más graves de lo que ha ocurrido, es que cayó el dictador, pero no el régimen corrupto y dictatorial.

En efecto, Maduro no fue sustituido por los dirigentes opositores que poseen el respaldo popular ciudadano que fue expresado categóricamente en las urnas en las elecciones de Julio de 2024, sino que fue sustituido por Delcy Rodríguez que ha sido coprotagonista y cómplice de las barbaries y violaciones más atroces del régimen chavista.

Es más, hasta estas horas, tampoco fueron destituidos los integrantes del resto de la cúpula que gobernó y explotó a Venezuela en las últimas décadas.

Pero, tampoco se ha avanzado en las libertades públicas, ni en la libertad de expresión, siguen ocurriendo actos represivos del régimen sobre periodistas y sigue reinando el miedo entre los ciudadanos.

Para mayor sorpresa, a estos corruptos no les importa ahora tener que negociar y acatar los mandatos del gobierno norteamericano que destituyó a su anterior jefe. Estaría bueno escuchar a alguno de los representantes del Frente Amplio qué es lo que opinan ahora de los dóciles acuerdos que firman sus amigos con Donald Trump.

En cuarto lugar, también ha quedado de manifiesto que la intervención del gobierno de los Estados Unidos, en definitiva, no ha estado dirigida a promover la caída del autoritarismo y la recuperación de la democracia.

De hecho, en los discursos de las autoridades norteamericanas no ha habido referencia alguna al término “democracia” y, en cambio, sí ha habido reiteradas y obscenas manifestaciones sobre quedarse con los recursos naturales de los venezolanos y hacerse cargo de “administrar” ese país.

Mientras tanto, los verdaderos representantes de la voluntad popular están al margen de todas las conversaciones. María Corina Machado y Edmundo González Urrutia son los auténticos representantes del pueblo y, sin embargo, no han participado hasta ahora de las negociaciones

Algunos buscaron justificar estas circunstancias señalando que no es posible pasar de la dictadura a la democracia sin una transición que implique un período de manejo directo de los autócratas.

Pero, en todos los procesos de transición se producen cambios relevantes, aunque puedan ser graduales, en los que participan directamente los representantes de las organizaciones democráticas que deben ir asumiendo el poder.

En este caso, no sólo han quedado al margen de las decisiones y los diálogos, sino que el propio presidente de Estados Unidos ha tenido conceptos despectivos hacia la principal líder popular de los venezolanos.

Por otra parte, todos los analistas de mayor prestigio de Venezuela comparten su enorme preocupación y decepción por la postura que está asumiendo el gobierno de Estados Unidos.

El problema es que, para el gobierno de los Estados Unidos, según lo que sus propias autoridades manifiestan, lo que les importa es tener el acceso a la producción y comercialización del petróleo para beneficio directo y exclusivo de sus empresas norteamericanas.

Parece ser que lo único que les importa es hacer negocios, ni siquiera con quien, puesto que ya han dicho que pueden negociar y acordar con los representantes del régimen de Maduro.

Tampoco le importan las reglas de juego del comercio mundial, puesto que es un grave error pensar que es posible echar mano a los recursos sin construir un sistema de reglas de mercado más o menos claras.

Finalmente, el telón de fondo es que estamos asistiendo a uno de esos momentos en la historia de la humanidad marcado por un gran retroceso de los valores fundamentales como la libertad, la democracia, la tolerancia y el pluralismo.

La costosa y ardua construcción de una comunidad de naciones guiada por valores comunes de respeto a los derechos de las personas que comenzó a fraguarse después de terminada la Segunda Guerra Mundial, hoy está en un grave retroceso.

Baste tener en cuenta que los líderes de las principales potencias mundiales no son ejemplo de convicciones democráticas y pluralistas.

En cualquier caso, sabemos y confiamos en que, más allá de esta lamentable coyuntura, siempre, más tarde o más temprano, la humanidad encontró caminos para avanzar y construir sociedades más humanas y solidarias.

Temas:

Nicolás Maduro Venezuela

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