"La inteligencia artificial nos va a reemplazar". ¿Cuántas veces escuchaste esa afirmación en el último año? Probablemente más que "La inteligencia artificial está creando nuevos puestos de trabajo".
Sobre ese punto debatieron en el Blockchain Summit Global, en un panel que reunió a cuatro referentes de la industria tecnológica uruguaya. La conclusión fue que la IA no solo elimina tareas: también está haciendo aparecer trabajos que hace un año no existían.
El punto de partida lo puso el moderador al nombrar un rol nuevo, el AI builder: personas que crean productos hechos con inteligencia artificial sin ser, necesariamente, programadores.
Sobre eso desarrolló Emiliano Chinelli, ingeniero en Computación, cofundador y CEO de Promtior —empresa que ayuda a otras organizaciones a adoptar IA generativa— y coautor del libro Organizaciones Biónicas. Contó que Promtior lanzó una plataforma, todavía en prueba con algunos clientes, que permite a esos builders construir sus productos de manera ordenada y controlada. El problema que venía a resolver, explicó, es que hoy cada empleado usa la IA por su cuenta y lo que arma no sale de su propia computadora: nadie más lo aprovecha.
Ese contexto hizo aparecer un segundo rol, el enabler. Es la persona de tecnología que antes se limitaba a recibir pedidos y ahora se dedica a abrirle puertas al builder. Un ejemplo concreto: si alguien está creando una herramienta pero no logra conectarla al sistema interno de la empresa —por ejemplo, a la base de datos donde están las ventas—, el enabler habilita esa conexión para que pueda hacerlo.
Y hay un tercero, que Chinelli dijo haber escuchado del creador de Claude: el sweeper. Como los builders no suelen tener formación técnica, las aplicaciones que arman a veces crecen, se vuelven importantes para la empresa y empiezan a fallar. El sweeper es el ingeniero que llega a ordenar y arreglar ese desorden. "Los builders no tienen ni idea de seguridad ni de agujeros", resumió el moderador.
Para ilustrar hasta dónde llega esto, Chinelli contó el caso de una contadora de Promtior. Un viernes empezó a armar, por su cuenta, una herramienta para controlar el flujo de caja de la empresa. El lunes ya tenía una página web funcionando, sin saber programar. Para Chinelli, ese es el cambio de fondo: que cualquier persona de una empresa pueda crear su propio software, siempre que haya controles de seguridad de por medio.
Pablo Rodríguez-Bocca —doctor en Ciencias de la Computación, cofundador y Lead AI Engineer de Zapia, ex investigador y científico de datos en Antel y docente de la Universidad de la República— sumó otro rol: el articulador de agentes. Son las personas que arman procesos automáticos que quedan funcionando solos y se encargan de coordinarlos. Según explicó, uno solo de esos coordinadores puede hacer el trabajo de 10, 15 o 20 personas.
Rodríguez-Bocca advirtió que muchos de estos roles tapan, por ahora, un hueco que la tecnología todavía no cubre, pero que va a cubrir. Lo comparó con el prompt engineer, el especialista en escribirle buenas instrucciones a la IA: hace un año era la profesión del momento y hoy ya casi no hace falta, porque los modelos entienden bien igual.
No son solo roles: hay rubros enteros que cambian de reglas. Álvarez Domec puso el caso de las agencias de publicidad. Una agencia que cobraba por llevarle las redes a cinco empresas se encuentra con que hoy un junior que sabe usar IA hace lo mismo por un décimo del precio. Eso no significa que la industria desaparezca, aclaró, sino que se mueven las reglas del juego y aparece una versión distinta del mismo negocio.
Alejandro Narancio, fundador y CEO de Infuy —con más de 20 años construyendo empresas de software y hoy enfocado en IA aplicada y agentes autónomos— insistió en esa idea: le ponen nombre a un rol nuevo y a los dos meses ya cambió. Contó que Boris Cherny, creador de Claude Code, recomienda borrar cada seis meses las configuraciones que uno le arma a la IA, porque suele rendir mejor sin ellas.
Ignacio Álvarez Domec, ingeniero de software, senior en Mercado Libre y CTO de TuPase, cerró la idea: lo que hoy se llama de una manera, en tres meses va a tener otro nombre.
Qué pasa con los juniors
El debate había arrancado, justamente, por los puestos de entrada. Álvarez Domec fue directo: en Mercado Libre —aclaró que no son una fábrica de software, sino una empresa basada en tecnología— están subiendo la exigencia y eligiendo a los más talentosos. "Se acabó la fiesta de contratar a cualquiera", dijo. Ahora buscan gente que le discuta las respuestas a la IA en lugar de aceptarlas sin mirar.
Chinelli matizó ese panorama con datos. Citó un estudio de Stanford y otro de OpenAI que coinciden en que la IA está desplazando trabajo junior, pero sumó un estudio reciente —publicado dos semanas antes del panel, sobre 20.000 empresas de Estados Unidos— con la conclusión opuesta: las compañías que más invierten en IA están contratando un 12% más de juniors. Lo explicó como un círculo virtuoso: esas empresas ganan eficiencia y tienen plata para salir a buscar a los mejores.
Rodríguez-Bocca contó una postura intermedia. En Zapia contratan igual que antes, pero con otro perfil: buscan que cada persona se haga cargo de una parte del producto de principio a fin. Para alguien que recién entra eso es más difícil, admitió, así que la vara sube para todos.
Narancio defendió al junior por una razón simple: no tiene vicios. No hay que cambiarle la cabeza, y como ese cambio de mentalidad es lo más difícil, formar a alguien nuevo es "trabajar en tierra fértil". La condición es que tenga con qué. Álvarez Domec agregó que todos en la industria tienen que cambiar el chip, y que los que se adaptan siguen encontrando oportunidades, mientras a los que estaban cómodos hoy les cuesta más.