5 de septiembre de 2026 5:00 hs

En la banda sonora de la vida de Alejandro Lerner están los Beatles, acompañando su andar por una pista de patinaje del balneario argentino de Villa Gesell. Está Manal, Almendra, Charly García con Sui Géneris. Están Pink Floyd, Deep Purple, Bill Evans, Hermeto Pascoal, Stevie Wonder, Elton John.

Y Alejandro Lerner y sus canciones están en la banda sonora de la vida de otros. Es algo de lo que se dio cuenta gracias a la gente, dice. Un descubrimiento gradual que corroboró una y otra vez en los 45 años de carrera que van desde que “dejó de ser el pianista de alguien más” y pasó a interpretar obras propias.

Esas canciones, como Volver a empezar, Todo a pulmón o Conclusiones de mi vida (que grabó junto a Ruben Rada), son la columna vertebral de su espectáculo actual, La banda sonora de tu vida, que el 24 de octubre lo traerá al Auditorio Nacional del Sodre.

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Ese repaso por los clásicos de su repertorio se cruza con algunas novedades recientes que forman parte de su próximo disco, el primero en diez años, que se llamará Alterno.

Sobre esos dos proyectos, sobre los sonidos —y los silencios— de su vida, y su vínculo con Rada, que incluye una historia que involucra a dos cabras, esta charla de Lerner con El Observador.

¿Cuándo te diste cuenta que eras parte de la banda sonora de la vida de la gente? ¿Hubo un clic particular?

Me lo dijo la gente y me lo dicen. Se cumplen más o menos 45 años desde que yo salí en forma silenciosa, dejando de ser el pianista de alguien y empezando a cantar mis primeras canciones. Y la magia la hacen las canciones. Vos sos el interlocutor. El significado que le da la gente es lo que significa la canción como biografía, como documento de una época, como fotografía. Y es lo que le pasa a mucha gente cuando se reencuentra contigo. Se va de viaje a esos momentos donde esa canción era importante, o tenía un significado en tiempo real.

¿Y en tu vínculo con las canciones hubo alguna que cambió desde donde la cantabas, que tomó un sentido nuevo después de mucho tiempo?

Para mí las canciones también son un documento en primera persona. Lo que pasa es que antes era una hoja en blanco, con un casete que yo sacaba la cajita, lo pelaba, metía cuando no había Pro Tools, no había todo eso que tenemos ahora para grabar. Sigue siendo igual. Cuando me pongo a escribir y veo que se abre la canilla, agarro una hoja, una lapicera y empiezo a borronear, porque también empezás a tachar. Pero claro, con los años uno tiene una visión distinta de quién era ese Alejandro en ese momento, sumado a la información que tenés ahora. Es como que la vida te va haciendo un upgrade del sistema operativo y desde ese sistema tenés una amplitud —quizás lo que llamamos madurez—, con la visión del camino recorrido.

Muchas canciones tienen una cosa emocional y romántica real, profunda. A veces dolorosa, a veces tiene que ver con mi país, haber documentado cosas en mi país, como trato de hacerlo ahora, aunque me cueste carísimo (risas). Pero creo que eso es lo que comparto con la gente, que lo que le pasó a la gente con las canciones me pasó a mí también.

¿Y te pasó que estuviste peleado con alguna canción tuya?

Peleado no, pero hay canciones que si yo estoy en una etapa muy jazzera, escuchando a Bill Evans, me la paso estudiando armonía y bebop, no me motivan, porque son canciones que tienen cuatro acordes. Y hay otros momentos que digo, “que linda canción, tiene cuatro acordes” (risas). Porque ahí se puede improvisar.

Por supuesto que hay canciones que tienen algún tipo de significado más importante, como Todo a pulmón, como Volver a empezar, como No hace falta que lo digas. Cuando yo compuse No hace falta que lo digas, no tenía la menor idea de si era una buena canción, nunca había compuesto una balada romántica. Fue una canción que compuse para una película y me la rechazaron. Y luego me entero que a Spinetta le gustaba la canción, que a Armando Manzanero le gustaba la canción, que a Luis Miguel le gustaba la canción, me la grabaron en todos lados, y yo no tenía ninguna expectativa con ese tema. A veces la mirada del autor es la menos objetiva, estás demasiado cerca.

La canción se termina cuando el resto la recibe.

Es como la popularidad: la popularidad es algo que le pasa a los demás con uno, vos seguís siendo el mismo boludo de siempre, solo que hiciste algo que llamó la atención para bien o para mal. Pero es un efecto que le pasa a los demás, después el destino o la naturaleza de tu propuesta es la que decide si esos demás son diez, cien, miles o más. Cuando las cosas son muy estridentes, como me ha pasado a mí en mi juventud, que yo era como un cantante pop rock jovencito, lindo, con una estridencia como nos ha tocado a muchos artistas populares, hay que aprender a administrar esa reacción de la gente. Y uno se mira al espejo y dice “¿qué cambió si yo sigo siendo el mismo de ayer?” pero bueno, eso es también un privilegio, tener esos problemas, tener que lidiar con la popularidad que con el tiempo se va transformando en cariño.

¿Cuál fue la primer banda sonora de tu vida?

La mayor irrupción fueron los Beatles. Iba de vacaciones a la playa en Villa Gesell, me iba a patinar y como en toda pista de patín ponían música, ponían temas de los Beatles. Y era como un empuje. Luego el rock argentino, Almendra, Manal, Color Humano, Aquelarre, Spinetta, hasta la aparición de Charly con Sui Generis. Los vi en vivo en el B.A. Rock como público, y al año siguiente era artista del festival. Tengo todavía unas diapositivas sacadas con una camarita mía de ese B.A. Rock donde yo era público.

Después vino todo el rock sinfónico, íbamos a lugares donde se podían comprar discos importados de Génesis, Pink Floyd, Yes. Ya después más definido como músico me metí a escuchar a Bill Evans, Oscar Peterson, Gismonte, Hermeto Pascoal, bandas alternativas de rock sinfónico como Focus, Premiata Forneria Marconi, pero siempre fui muy abierto, también me moría con Deep Purple, apareció Elton John, Stevie Wonder, Billy Joel. Un montón de trovadores con los que dije “esto es lo que quiero ser, un piano-playing songwriter”.

En una vida dedicada al sonido, a la música. ¿Qué lugar tiene el silencio?

El silencio es la base del cuadro, es la base de la música. Sin silencio es una marea de ruidos. Lo que gratifica de una melodía son los espacios para que esa melodía pueda llegar a tu corazón y a tu mente. Eso lo aprendí escuchando a Miles Davis, que decía que los silencios eran tan importantes como cualquier nota. Cuando uno es chico y quiere mostrar que muscularmente tiene mucha digitación, se pierde los silencios como parte de la escritura de la música. Si vamos para un lado más metafísico, si todo es luz, si todo es blanco, no ves nada. Si todo es negro, oscuridad, tampoco. La clave está en los contrastes: en la pintura, en la fotografía, en un libro, en una película, en la poesía. En la música. Y en la vida misma. No todo el tiempo es invierno, no todo el tiempo es verano. Y otra cosa que suma el silencio es que te permite escuchar la música del que tenés al lado. Lo acompañás con tu silencio para que tenga su espacio, y lo apoyás con tu ritmo para que pueda tener el foco de la atención en ese momento.

Estás con un disco nuevo en carpeta, ¿qué podés adelantar?

Lo más lindo que me está pasando con este disco es que no tiene una mentalidad industrial. Tiene esa inocencia que tenía yo con mis primeros discos, donde componía las cosas que me salían, eran documentos que como no habían tenido ninguna prueba no había una certeza comercial. Yo tenía la libertad de componer temas de piano, de rock sinfónico, clásicos, barrocos, divertidos y bueno, eso está en este disco, que se llama Alterno.

Incluso se me ocurrió un concepto que es sacar los discos por lados. Porque si largás todo junto, seguramente a muchos de esos cuadros la gente no los va a ver. En la exposición, va a caminar y seguir de largo. Y a mí cada cuadro me toma mucho sufrimiento, mucho amor y mucha pasión. Cada cuadro es un viaje para mí, entonces prefiero largar algunas canciones de a una y luego terminar de largar el primer lado. Es un disco de muchas canciones, algunas estuvieron compuestas en pandemia y otras en esta vida de contraste que hago de vivir en California y en Argentina.

Va a tener temas con Animal, con Los Tipitos, pueden haber temas con artistas internacionales, estoy hablando con Gino Vannelli, con Air Supply, amigos míos del exterior con quienes siempre tenemos alguna aventura divertida. Pero es un disco de un artista que está celebrando que es un artista, nada más.

¿Sentís que así como empezaste solo con las ganas de sacar las canciones con esa libertad que me decís, ahora diste toda la vuelta y te ganaste el derecho de hacer lo que quieras?

Soy como las viejas que ya te dicen cualquier cosa sin medir las consecuencias (risas). Estoy en la etapa de celebrar que hay un impulso creativo en mí, que sigue siendo adolescente y natural, que puedo componer una canción que la gente diga “nunca pensé que Lerner podía componer una canción como esta”. Como era antes, que no había una expectativa porque yo era totalmente ecléctico. Por más que a veces los mercados tratan de esquematizar, de decir, “bueno, Lerner es un pianista de pop”, yo soy un músico que puedo tocar como toqué con el Negro Rada, con Carlos Santana, con Mercedes Sosa, con Armando Manzanero. Me preparé musicalmente en la vida para tener multiplicidad de lenguajes y es lo que a mí me gusta. Hice un proyecto de música electrónica, Télex, tengo temas instrumentales, temas folclóricos. Siempre busqué la apertura, hacer canciones, que es lo que más me gusta.

Ese eclecticismo, ese hacer música con quién sea, me hacen pensar en Ruben Rada, que recién lo nombraste, y con el que hicieron una canción juntos, Conclusiones de mi vida. ¿Qué te acordás de esa colaboración?

Se dio por amistad. Nos divertíamos, él era un poquito mayor que yo y me valoraba muchísimo, me apoyaba mucho. En un momento le mostré la canción, le gustó, y como tenía algo de percusión, como para meter unas congas, era natural que se sumara. Y el Negro la inmortalizó, con su voz, con su talento, su lenguaje.

En esa época además compartíamos la agencia que nos representaba, y se les ocurrió hacer un espectáculo que se llamaba Circo Rock. Él era el mago y yo era la asistente del mago. Y era tal cual un circo, con animales, carpa, payasos, todo. Rada me metía adentro de una jaula, me tapaba y hacía aparecer dos cabras, vivas, que estaban escondidas durante todo el show. Un olor a cabra había (risas). Yo quedaba ahí, escondido debajo de la jaula, en un doble fondo, y después desaparecía.

Además de todo eso, con el Negro tocamos muchísimo, en el Luna Park, en varios conciertos grandes. Para mí siempre fue un honor tenerlo cerca.

¿En el show en Montevideo va a haber algún homenaje?

Si, no va a faltar Las conclusiones de mi vida, es una canción que vengo tocando desde el año pasado, y ahora tiene un nuevo sentido. Va a ser un honor celebrarlo al Negro.

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