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10 de enero 2026 - 5:00hs

No es posible que su estado sea ese: la muerte. En ella hay algo demasiado orgánico, prosaico y, sobre todo, estable como para que él, David Bowie, se haya abandonado a sus brazos. Pero lo cierto es que, hace diez años exactos, el 10 de enero del 2016, pasó: se murió Bowie.

Raro. ¿Cómo se va a morir?

Si todavía pensarlo genera una cierta dislocación, un pálpito fuera de ritmo, entonces es mejor para nosotros suponer que está en algún lugar distinto. Incluso tendría más sentido: pensar que alguno de sus infinitos alter egos —Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Duque Blanco, Major Tom, el rey de los Goblins, el Profeta Ciego, cualquier otro—se lo fagocitó y lo convirtió en polvo estelar. Y que desde allí, cerca de la estrella negra o de las arañas de Marte, prolonga su leyenda.

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En esta década sin su presencia terrenal, que fue arrancada por un cáncer de hígado a unos tempranísimos 69 años, dos días después del lanzamiento de su canto de cisne —Blackstar—, su figura solo se agigantó. De alguna forma la trascendencia física lo trasladó a un nuevo estado de la leyenda que ya era y su materia artística se resignificó. Como mencionaba una nota de El País de Madrid publicada hace algunos días, el reflejo de su estrella "resplandece en mil direcciones", pero ilumina particularmente un sentimiento que lo identificó con millones de seguidores: el valor de ser diferente.

“Bowie abordó la fragilidad del ser y los retazos que lo identifican como tal, representando al adolescente, al loco, al fantasma, al asceta degenerado, al androide, al adicto, al padre, al amigo, al hermano, al humano. Abrió infinitud de puertas”, asegura la periodista Mar Padilla en esta nota.

Entonces: Bowie no desapareció, pero es seguro que en nuestro plano ya no está. O en este planeta, al menos. A diez años de su despegue, uno inevitablemente se pregunta qué se fue con él. Y qué nos dejó.

Esas preguntas no se responden solas, así que pedimos ayuda a sus acólitos y ellos respondieron al llamado.

DAVID BOWIE

Ramiro Sanchiz

Escritor uruguayo, autor de "David Bowie, posthumanismo sónico" (Holobionte, 2020) y "Blackstar de Bowie" (próximamente en Biblioteca de Chilenia)

Hace unos días, en su posteo sobre la muerte de Bela Tarr, el traductor estadounidense Max Lawton dijo que estábamos enfrentando la muerte de los últimos gigantes, una momento en la historia de la cultura equiparable a la partida de los elfos en el imaginario mitológico de Tolkien: se van y el mundo que nos dejan es mucho más feo y más pobre. Pero yo le respondería lo siguiente: los gigantes siempre fueron monstruos de Frankenstein, ensamblados con pedazos de otros gigantes y reanimados por alguna forma de energía en los circuitos de la cultura. En ese sentido, Bowie –y nunca dejó de hacérnoslo ver, porque jamás dejó de decirlo– estuvo hecho siempre de pedazos de estrellas –de Lou Reed, de John Lennon, de Scott Walker, de Anthony Newley, de Jacques Brel–, y así es como aparece su nombre en Blackstar, la estación terminal de su obra, BOWIE escrito con trozos de estrellas.

Al morir se llevó el vértigo de su fase siguiente, el principio de incertidumbre que regía su obra y por el que siempre podíamos o debíamos esperar algo distinto, algo para lo que no había paralaje o triangulación posible. ¿Quién pudo predecir Let’s Dance después de Scary Monsters, Hours después de Earthling, Young Americans apenas dos años después de Aladdin Sane, Blackstar tras The Next Day? Y sin embargo, en retrospectiva, las piezas estaban allí, las canciones de cada disco que parecieron haber apuntado siempre al siguiente. Ese vértigo, es decir, como el que nos animó en los mejores momentos de Lost o al que no parecen resignarse estos días los creyentes en la teoría Conformity Gate de Stranger Things, ya se terminó: la obra de Bowie quedó cerrada, como si la losa del poema de Mallarmé sobre Poe impidiera los “futuros vuelos del blasfemo, dispersos por el futuro”. Y aun así es inevitable pensar qué estaría grabando Bowie si todavía viviera, a sus 79 años, o qué pensaría del auge de la Inteligencia Artificial, de la crisis climática y política extendida que enfrentamos, del creciente consenso cultural de que convivimos (que hemos convivido siempre) con otras inteligencias no humanas aquí mismo, en la Tierra, y que eso hace a nuestro mundo más extraño y también más hermoso. Es inevitable, insisto, proyectar en ese qué diría Bowie lo que uno o una querría pensar. Porque al sustraerse del mundo, Bowie nos dejó solos, casi diría huérfanos, para seguir estremeciéndonos entre nuestras ficciones (que también son las suyas, que también son las de esas estrellas de las que siempre estuvo hecho). Con esa suerte de lucidez programática ante la muerte que hace a su último disco, la letra de «Blackstar» dice “algo sucedió el día en que él murió / el espíritu subió un metro y se hizo a un lado / alguien tomó su lugar y valientemente gritó / soy una estrella negra”. Bowie sustrajo el vértigo de su producción inexorable de lo nuevo y en su lugar instaló la chance de ser nosotros quienes nos declaremos estrellas en colapso gravitatorio, estrellas negras, eclipses, soles negros de la melancolía, porque en rigor siempre lo hemos sido. Nos dejó el sonido y visión del no-lugar que siempre habitó, el residuo permanente no territorializable de los procesos de producción simbólica globales, el espacio liminal desde el que producir lo raro y lo nuevo.

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Ino Guridi

Cantante y música uruguaya

Se llevó una manera longeva de ser artista. De defender el cambio y lo distinto. Ahora todos están enfocados en ser una especie de marca que se identifica y reconoce, y cualquier cambio hace temblar a la industria. Bowie, siendo mainstream, nunca transó con su creación y se permitió tener mil vidas en una.

Nos dejó su obra, para hacerla nuestra. A mí, el Ziggy Stardust. Tenía el CD copiado sin los nombres de las canciones. A Moonage Daydream la había bautizado como “Alligator” con un drypen.

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Enrique Aguerre

Curador, artista visual y exdirector del Museo Nacional de Artes Visuales

Se llevó un puñado de buenas canciones, fruto de varios Bowies posibles. Nos dejó la posibilidad de ser "otro" sin culpa alguna. Ser felices en la alteridad.

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Camila Guillot

Escritora, directora editorial de Planeta Uruguay

Es 10 de enero de 2026. Las redes sociales de todo el planeta se inundan de odas a David Bowie. A Ziggy Stardust. Al Major Tom. A Aladdin Sane. Al Thin White Duke. Y podría seguir nombrando todos los personajes que Bowie creó a lo largo de su vida, que no fue otra que una vida dedicada a la epimeleia heautou, al estudio y cuidado de sí: una vida trazada como una obra de arte.

Han pasado diez años de aquel 2016 en el que el Major Tom se puso ¿por última vez? el casco y se convirtió en la estrella negra en la que vaticinó al mundo que se convertiría, dos días antes de su muerte, cuando lanzó su último disco, a los 69 años.

Una de las historias que veo en Instagram me gusta en particular: sobre una imagen del duque descansa un enlace que pregunta: What did David Bowie do at your age?, lo pincho y me voy a una página en la que el juego es poner tu edad y ver qué estaba haciendo Bowie en ese entonces. Tengo treinta y ocho años, pero en abril cumplo treinta y nueve, así que pongo las dos. A los treinta y ocho actuó en Wembley para Live Aid, un concierto benéfico celebrado en varios lugares con el fin de recaudar fondos para paliar la hambruna en Etiopía. A los treinta y nueve se convirtió en Jareth, the Goblin King, en la película de Jim Henson, Labyrinth, por cierto, una de mis películas favoritas.

Yo también me subo al tren de las odas y comparto una imagen de un jovencísimo David que dice: «Siempre tuve la repulsiva necesidad de ser algo más que humano», y al rato recibo un mensaje de Emanuel, con dos preguntas: «¿Qué se llevó con él [Bowie] cuando murió? ¿Qué nos dejó acá, en la Tierra?».

Y yo, que siempre quise ser inmortal y tengo una obsesión con la estética de la existencia, con vivir la vida como una obra de arte en constante construcción, no puedo pensar en otra cosa que en eso.

Descubrí a Bowie con catorce años, cuando vi prematuramente Trainspotting y quedé flechada con la banda sonora. Todo lo que vino después fue un fanatismo al borde de lo religioso: una adolescente atea y melómana del 2001 que bajaba canciones en Napster grababa discos compulsivamente y veía una y otra vez los documentales de Music 21 en el cable, para quien la estética de Bowie entró primero por los oídos y enseguida por los ojos, hasta instalarse en el cuerpo para siempre.

Bowie era, para mí, una prueba viviente de que se podía hacer todo lo que uno quería y hacerlo bien, y lo elegí como un faro. Se volvió la confirmación de que era posible habitar la vida con disfrute: observar el mundo y observarme, buscar y reconocer todo aquello que me hiciera gozar y, desde ahí, intentar seguir mi propio camino. Empezar y abandonar, continuar, volver y marchar, siempre con un faro que primero fue Bowie y que, con el tiempo, aprendí a ser yo misma, escuchando y bailando sus canciones, o pasándolas en alguna fiesta lejana, cuando jugué a ser DJ.

Ziggy nos dejó la posibilidad de todo: de ser fiel a uno mismo, pero también de cambiar de fidelidades; de ser uno y otro, ser muchos; de todo al mismo tiempo y en distintos tiempos; de lo no-humano más allá de lo animal. Y se llevó futuras formas de ser y hacer de él mismo, de seguir ensayando su propia obra, su propia estética de la existencia. A mí su muerte me arrebató la esperanza de algún día verlo en un concierto.

El resto está intacto, pero siempre en movimiento: la música, la diversidad, la mixtura de géneros y la ausencia de ellos. Bowie nos habilitó nuestro propio Big Bang individual: un estallido donde el caos mezcla todo mientras expulsa destellos de belleza.

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Martín Rivero

Cantante y músico, vocalista de la banda Astroboy

Se llevó una parte de misterio que había en el mundo, lo que no se ve, lo no dicho, un estilo de música propio, la parte oscura de la música pop. Una forma de ser y de ver el mundo.

Era una representación potente de la diversidad humana. Bowie era un “distinto”, freak, andrógino, divo. Me parece alucinante que desde su visión artística y musical logró atravesar el tamiz popular, llegar al mainstream y convertirse en un clásico manteniendo su estilo tan particular.

Dejó la idea de que la contradicción es parte de la humanidad y de la búsqueda artística, y también la idea de que a veces no pertenecer es una pertenencia en sí misma y que artísticamente se puede ir por fuera del establishment, ser una alternativa a todo lo que se estandariza y sin embargo también ser aceptado por lo masivo. Además dejó muchísima música divina para la eternidad.

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Alfonsina Álvarez

Cantante y música

Bowie fue y es un explorador de la identidad, y en ese sentido me emociona. Abandonar la pregunta de “quién soy” por la de “quién me atraviesa ahora mismo”. Formas de explorar la humanidad de un modo más líquido y permeable, de hacerle honor a todas las expresiones posibles.

Bowie dejó mucho más de lo que se llevó. No se llevó nada. Nadie se lleva nada. Somos un gran organismo renovándose segundo a segundo.

El trabajo de Bowie que a mí más me interesó fue el álbum con Mark Guiliana, Blackstar, ya entrando en contacto con la muerte. ¿Por que? Porque además de la gran pregunta de “quién soy”, aparece la incontestable, la agitación energética y el misterio oscuro que muchas veces tienen los mejores proyectos artísticos.

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David Bowie murió a sus 69 años
David Bowie murió a sus 69 años

María José Santacreu

Directora de Cinemateca, periodista cultural

Lo que se llevó es la posibilidad de una nueva mutación, de otros discos, de más películas, de seguir representando para la gente la integridad artística de ser y hacer lo que se le diera la gana, aunque el resultado fuera a veces bueno y a veces no tanto. Recuerdo claramente estar sentada frente al equipo de audio escuchando Blackstar el día de su muerte. Si hubo alguien capaz de transmitir directo al corazón y las almas de las personas lo que es la muerte –su gravedad, oscuridad, desolación y tragedia– ese fue Bowie con su gran acto final. No he vuelto a escuchar el disco desde entonces.

Dejó grandes canciones y una marca indeleble en la música pop, un estilo, una actitud y varios ejemplos de que nadie crea desde cero, poniendo de manifiesto las infinitas posibilidades del pop: basta solo escuchar la fantástica Starman teniendo en mente que proviene de Over the Rainbow para como un buen ejemplo de esto. Bowie tenía la habilidad de ser una excelente antena de lo que llamamos “el espíritu de los tiempos” antes de que el resto pudiéramos siquiera comenzar a verlo. Sin ir más lejos puso a la postmodernidad en las pantallas de televisión británicas en 1972. Dejó, además, varios discos muy malos, lo que sirve de recordatorio de que la reinvención constante no es garantía de nada. Dejó, finalmente, varias de las páginas más divertidas de la historia cultural de la segunda mitad del siglo XX y la primera del XXI, entre ellas, el hilarante episodio de Leo Maslíah llamando “anglopueril” al periodismo uruguayo por seguir jorobando con Bowie. ¡Pongan las barbas en remojo!

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