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15 de septiembre 2022 - 5:03hs

Es fácil imaginarse al cineasta Brett Morgen en su casa, o estudio, o en la habitación que sea que utilice para pensar su trabajo, masticando la idea de reducir a la figura de David Bowie a la pantalla. A 120 minutos o más que logren dimensionar lo que ese nombre significó para la música, para la historia cultural del siglo XX y para el mundo. Seguramente le dio vueltas, pensó abordajes, posibles líneas narrativas y al final llegó a una conclusión: contar a ese extraterrestre que aterrizó en la tierra el 8 de enero de 1947 y despegó para siempre el 10 de enero de 2016 es imposible. O al menos lo es si lo pensamos de la forma en la que, en general, hoy parecen manufacturarse los documentales y las biopics sobre músicos: con el manual bajo el brazo, de manera lineal, sin sal ni gracia. Pero por eso mismo, seguramente también sea fácil imaginar a Morgen llegando a una nueva conclusión, una más cercana a la iluminación o a un presentimiento que a una constatación más teórica: que la única manera de hacerle justicia a Bowie es destapándolo, dejando que sus múltiples formas, capas y significados se superpongan en una especie de viaje cósmico, visual, musical, en un conjunto caótico de emociones que, como los seguidores que lo corearon y clamaron desaforados, lo contenga. Se necesita, en resumen, algo tan inasible o difícil de transmitir como el propio Bowie, algo fantástico, lisérgico, metamorfoseante y contundente. Algo como él. Algo como Moonage Daydream. 

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Hay que ver el vaso medio lleno: no había muchas posibilidades que este documental sobre el hombre que alguna vez portó la máscara de Ziggy Stadust e hizo delirar a millones se estrenara en Uruguay, pero finalmente sucedió. Durante este jueves y viernes, en algunas salas, habrá funciones para verlo como se debe, o sea: en pantalla grande, la más grande que se pueda. Y si no aparecen nuevas oportunidades, será una lástima; Moonage Daydream es una de las propuestas cinematográficas más estimulantes y excesivas del año. Y también el compendio ideal para una figura de dimensiones cósmicas.

A lo largo de casi dos horas veinte de duración, la película se aferra a la incógnita de la identidad de Bowie con uñas y dientes, y consolida su estructura de aparente caos en torno a una idea narrativa muy clara y concreta. Así, la pregunta que guía a este fastuoso documental subyace bajo capas densas de efectos especiales, imágenes de archivo, momentos musicales, entrevistas y escenas de las películas que el músico británico protagonizó, y queda más que clara: ¿quién es este hombre, de dónde vino y por qué su sombra es tan gigantesca que se proyecta hasta nuestros días?

Para contestarla, Morgen –que sabe lidiar con el legado estrellas de la música que siguen encendidas, algo que prueba uno de sus documentales anteriores, Kurt Cobain: Montage of Heck (2015)– tuvo acceso a miles de minutos inéditos de material de archivo cedidos por la familia de Bowie, que colaboró con gusto en este proyecto y que, ya de por sí, tiene olor a tributo definitivo. 

De esta forma, después de que la voz en off del músico se aferra de un discurso de Nietzsche sobre la existencia para abrir la película, y tras una increíble versión en vivo de Young Americans, Moonage Daydream discurre entre los comienzos de una figura que al principio rechinaba con sus posturas, su música y su ambigua sexualidad en la pacata sociedad inglesa de los setenta, y que después se comió el mundo y se convirtió en uno de los músicos más grandes de la historia. El impacto visual y la calidad de las imágenes que se ven a lo largo del metraje son admirables. Allí se incluyen los conciertos, las tomas intimistas, la recuperación de escenas de películas como El hombre que cayó en la Tierra o Feliz Navidad, Mr. Lawrence, pero también los siempre estimulantes escarceos de Bowie con la prensa o los testimonios de “la fanaticada”. Todo se eleva, además, si por detrás suenan rendiciones épicas de la canción que da título a la película, de Modern Love, Let’s Dance, Sound and vision, Heroes o Ashes to ashes

Ante esta abrumadora acumulación de recursos, que una de las conclusiones tras su estreno en el Festival de Cannes de este año haya sido que recuerda a un viaje de ácido particularmente potente no parece desacertado. Incluso la teoría parece estar fundamentada por el propio director, que en una entrevista con el medio británico The Guardian dijo lo siguiente: “Es una película maximalista, definitivamente caleidoscópica y realmente adopta la idea de ser una pieza de entretenimiento envolvente. Mi inspiración para este proyecto probablemente tiene más que ver con mis experiencias en el planetario de Los Ángeles viendo el Pink Floyd Laserium y yendo a esos paseos dentro del parque temático en Disneyland que cualquier película específica. Pero ya sabes, he estado en Disneyland de ácido y es increíble, así que…”.

Al final, Moonage Daydream triunfa porque admite desde su gestación misma la incapacidad de condensar a Bowie en un solo concepto, una sola idea –casos opuestos: la extraña Velvet Goldmine (1998) de Todd Haynes y la fallida Stardust (2020) de Gabriel Range–,y en ese sentido se emparenta con una película que en los papeles es bastante diferente: I'm not there, una ficción sobre Bob Dylan, también de Haynes. Morgen parte desde el comienzo con esa idea y toma la decisión más radical y, a la vez, más acertada: opta por que su documental se convierta en una explosión, en una supernova narrativa que eyecte el costado más legendario de su figura al firmamento y le rinda pleitesía sin vergüenza, sin pudor, casi a la par del fanático más exaltado. ¿Que Moonage Daydream carece de la objetividad que se supone debe tener, al menos parcialmente, los acercamientos a la no ficción de este tipo? Puede ser. Pero la objetividad no existe y, además, ¿a quién le importa eso cuando lo que captura el objetivo de la cámara es un ser de otro planeta y el resultado es así de poderoso, cuando se alcanza, al fin, una obra a la altura de su legado? 

En un momento, después de un excitante show del músico a mediados de los setenta, una periodista le pregunta a una fanática en la calle cuál es su fantasía. Ella, en un estado casi orgásmico, contesta: “ahhh…Bowie”. Y se la entiende. Con Moonage Daydream sucede algo similar: no se puede salir de la sala sin estar algo cansado, abrumado, extático, con una sensación plena de euforia y la certeza de que el rock tuvo su fantasía, que fue increíble y que vino de otra galaxia. Y que sigue viva, con la misma intensidad, color y misterio. 

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