31 de octubre de 2026 5:00 hs

Layla Martínez escribió un cuento, lo publicó, y luego pensó que, tal vez, ese cuento daba para más. Y eso también pensaron en la pequeña editorial murciana Amor de madre, que confió en ese título que les proponía: Carcoma. Martínez pergeñó, entonces, esa novela, una de las historias de horror más frescas y weird editadas en español en los últimos años, y todo se desbocó: el boca a boca hizo de su libro un mega hit, la editorial pasó a no dar a basto para cubrir la demanda de miles y miles de ejemplares que llegaba de las librerías de toda España, y eso se recrudeció cuando su traducción al inglés terminó finalista del National Book Award en Estados Unidos, uno de los premios anglosajones más relevantes.

Han pasado unos cuantos años desde aquella ebullición y Martínez ya tiene casi lista su segunda novela. Su escritura sigue inserta en el género porque ella misma lo está, es parte de su configuración. De hecho, durante su paso por Montevideo en las últimas semanas para ser parte de la Feria del Libro, la autora dio un taller en el Centro Cultural España a propósito de las vertientes sociales del terror y la forma en la que muchas veces es la mejor manera de contar las derivas políticas, económicas e históricas de la humanidad.

De eso, justamente, es de lo que Martínez habló bastante en esta entrevista con El Observador. La presencia de la Guerra Civil española en Carcoma es patente, y por más que sea una historia de casas encantadas, la fosa común excavada por el franquismo en su tierra late con fuerza en esta historia de venganza y fantasmas. Fantasmas, que, valga el comentario, Martínez jamás ha dejado de buscar, al punto de que cuando habla de ellos, de ese eco que permanece buscando la justicia, el entusiasmo se le dispara. Es fácil notarlo, como se verá, en el intercambio que sigue a continuación.

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¿Cómo leés Carcoma ahora con el paso del tiempo? ¿Cómo te sentís respecto a cuando escribiste el libro?

Creo que hay cosas que se pierden y que se ganan. Ganas oficio de escritura, aprendes a escribir y leer de otra manera también. Creo que he perdido algo inocente con la propia industria y con el proceso. Creo que escribo mejor. Lo que no quiere decir que luego a la gente le guste más. Carcoma justo llegó en una época visceral, rabiosa, se notaba lo enfadada que estaba. Esta nueva novela es una historia bastante distinta, estoy menos enfadada ahora. Tiene mucho más humor también, una cosa más juguetona.

¿Pero sigue siendo dentro del género?

Sí, lo que pasa es que es menos historia de casa encantada, que es algo muy canónico.

Carcoma trae las huellas de la Guerra Civil al género, y pienso en libros como Para hechizar a un cazador, de Luciano Lamberti, donde aparece de forma similar la dictadura argentina. Hay algo ahí del género moviéndose a partir de los hilos de la historia reciente, de los traumas recientes. ¿Cómo sentís que se encastró en Carcoma en ese esquema?

En Carcoma quise escribir parte de la historia de mi bisabuela y de mi abuela, y ellas vivieron la guerra. Mi abuela nació en el 39, que es cuando acaba la Guerra Civil y empieza la dictadura. Toda su vida, hasta los cincuenta años, vivió en dictadura. La primera década del franquismo es terrible, es un genocidio. Luego baja, pero en los años cuarenta es puro terror y silencio. Y la zona de Cuenca, del centro peninsular al sur, fue especialmente castigada porque fue la zona que aguantó hasta el final, incluso después de la caída de Madrid. En esa zona muchos hombres se fueron a la guerrilla, al Maquis, que se escondió en las sierras; sabían que si se quedaban en sus casas iban a ir a por ellos a fusilarlos. Y además creían que Franco iba a caer cuando cayeran Mussolini y Hitler, así que esa guerrilla duró veinte años. Todos estos guerrilleros que estaban en el monte eran un poco sombras. Sus familias no sabían dónde estaban, bajaban a los pueblos por la noche para dar noticias, comida, medicamentos. Fueron fusilados y asesinados según los iban pillando, y pasaban a ser fantasmas. Cuando estaban vivos eran sombras y cuando fueron muriendo se quedaban sus espectros. El fantasma es la idea del que ha muerto de forma violenta y tiene algo sin solucionar, una cuenta pendiente. Y como el franquismo en realidad nunca fue juzgado y Franco murió tranquilamente en su cama, tienen que ser fantasmas porque ni siquiera ha habido una reparación simbólica. Ya no va a haber reparación judicial, ni reparación económica de todo lo que se robaron, pero casi ni siquiera ha habido reparación simbólica. Se aprobó la ley de memoria histórica pero todavía hay que seguir luchando porque no se considere terroristas a los miembros de esta guerrilla, o porque se quiten de las calles los nombres de los colaboradores de la dictadura. A Franco se lo ha quitado del mausoleo con el mismo gobierno que hay ahora, hace apenas seis años.

¿Por qué el terror es tan efectivo para tratar estos temas?

A raíz de publicar Carcoma, me escribió una investigadora española llamada Marta que había desarrollado un concepto llamado memoria histórica paranormal. Ella trajo a España una investigación que ya se había hecho en Argentina la investigadora Mariana Tello Weiss, que tiene un libro increíble que se llama Fantasmas de la dictadura. Ella había estado en el centro de detención de La Perla en Córdoba, y entrevistando a gente, a vecinos, a supervivientes, había encontrado muchas historias de fantasmas. Vecinos que les contaban que se encendían las luces de ese sitio por la noche o leyendas urbanas en esos barrios. Marta quiso ver si en España había pasado lo mismo con las fosas comunes y sitios donde habían habido torturas y asesinatos en la Guerra Civil. Ella decía que en España todas las historias de fantasmas tienen que ver con la dictadura, con la Guerra Civil. No tenemos el típico convento donde aparece una monja del siglo no sé cuánto. O el rey que aparece en un castillo en Escocia. Todo tiene que ver con episodios de la Guerra Civil.

Hace poco leí un libro de un autor uruguayo, Gabriel Peveroni, donde recoge uno de los más famosos: el del pueblo de Belchite.

Claro, es que Belchite en España es uno de los casos paranormales paradigmáticos. Es un pueblo que quedó entre la defensa de Cataluña y el avance de las tropas franquistas. Lo bombardearon tanto que se quedó derruido. Los habitantes construyeron otro pueblo, Nuevo Belchite, y ese lo dejaron abandonado. Durante mucho tiempo era el sitio donde los aficionados a grabar psicofonías acampaban por la noche y dejaban la grabadora, porque es un pueblo en ruinas que da mucho mal rollo. Incluso hasta hace poco estaba la ropa de la gente en los armarios. Lo que se grababa eran los sonidos de la guerra. Si pones en YouTube "psicofonías Belchite", se pueden escuchar las bombas cayendo, el motor de los aviones pasando, gente gritando, y una voz muy famosa que grita "¡rendíos!". Sean reales o no estás psicofonías, lo que importa es que se ha generado una leyenda urbana en este sitio. Un poco lo que dice Belchite es que la guerra sigue allí, que en Belchite la guerra nunca acabó. Siguen cayendo las bombas y representa ese trauma colectivo que sigue supurando en forma de psicofonías, de leyenda urbana.

Las ruinas de Belchite

Las ruinas de Belchite

¿Junto a la investigadora que te convocó trabajaron en algún proyecto en particular?

Hicimos una investigación de los sitios en Andalucía donde había leyendas urbanas en carreteras. La típica de los camioneros cuando van conduciendo de noche y ven luces, o la chica que aparece en la curva, o las sombras en la carretera. Hicimos un mapa de esas leyendas, y al ponerlo sobre el mapa de las fosas comunes en Andalucía descubrimos que es casi un calco. Coincide con carreteras que iban a los campos de concentración franquistas, a las fosas comunes, carreteras que tienen los andenes donde se fusilaba gente y se las enterraba allí. A mí el terror me parece muy capaz de hablar del trauma colectivo, de los silencios, de lo que no se puede decir. Grandes obras del terror o del fantástico están hablando de eso. Por ejemplo, Dr. Jekyll y Mr. Hyde y todas las teorías de que en realidad es una obra que está hablando de la homosexualidad, de llevar una doble vida. Al final seguro que está hablando de lo que no se puede hablar. Tampoco me parece casualidad que tantos autores o directores de cine queer hayan utilizado el terror en épocas en las que de eso no se podía hablar abiertamente.

Pienso en Psicosis de Hitchcock, por ejemplo, y en lo representativo de que Anthony Perkins, que ocultó su homosexualidad toda su vida, haya interpretado a Norman Bates, un villano lleno de silencios y secretos.

Exacto. Creo que es el género que mejor es capaz de transmitir los silencios, los ecos, el fantasma como un eco del pasado. Los ecos de la historia, esto viene un poco de Walter Benjamin. Lo pensé mucho con Madrid, con un colectivo de gente africana, negra, afrodescendiente, que hacen paseos de la esclavitud por Madrid. En España el pasado colonial por supuesto está negado. Y una de las cosas que casi no se conocen es que en Madrid, en Sevilla, en Barcelona, hubo esclavos africanos en las casas de los ricos, sobre todo de lo que hoy es Congo y Nigeria. Íbamos andando por una plaza del centro de Madrid y en una pared estaba grabado el símbolo que usaba ese esclavista en particular, porque allí era donde vendía a los esclavos. Si no conoces eso, ni la ves casi a esa marca. Pensé mucho en estas capas de silencios y de significados que tiene una ciudad.

¿Te parece que, pensando en cómo el terror evidencia determinados traumas históricos, el fantástico ha vuelto a ganarle terreno al realismo porque tenemos mayor necesidad de poner nuestros traumas ahí y hablar de ellos?

Posiblemente. En España tenemos muy poca tradición de terror. Y tiene que ver con la dictadura, porque los censores tenían orden de perseguir los géneros no realistas, la ciencia ficción y el terror. De ciencia ficción en los años 30 había muchísima tradición en España y acabó con ella Franco. Esto se une a que son géneros muy menospreciados. Nadie ha ganado un Nobel habiendo escrito esto, o incluso cuando autores del canon escribían algo fantástico, no se consideraban así, se les ponía otra etiqueta. Se buscaban eufemismos como realismo mágico, o como ficción especulativa para no decir ciencia ficción, porque parece que si le pones la etiqueta es de segunda.

De hecho, en el cine en los últimos años apareció la etiqueta, bastante sin sentido, de terror elevado para algunas películas.

Eso habla del desprestigio que han tenido los géneros no miméticos, el ser considerados menos serios. Cuando publiqué Carcoma me decían de buena fe: "tú no digas que es terror en las entrevistas". Yo creo que aquí hay una cuestión de clasismo, porque siempre han sido géneros muy populares. Pero en el cine hay muy pocas películas de terror que hayan ganado el Oscar a mejor película o dirección. Creo que una de las primeras fue La forma del agua.

Creo que El silencio de los inocentes, en 1994. Pero es interesante que traigas La forma del agua, porque Guillermo del Toro fue uno de los que utilizó más el fantástico para hablar de la Guerra Civil Española, ¿no?

Sí, en El laberinto del fauno y en El espinazo del diablo. Que además en España fue un tema, porque se dijo mucho que había tenido que llegar un mexicano a utilizar el género para hablar de esto. A la Guerra Civil o la dictadura en España la contó la generación de Almudena Grandes y Javier Cercas desde el realismo. Y ahora ha sido otra generación la que hemos utilizado herramientas del fantástico o del realismo mágico para contarla. En cine también, la La bola negra cuenta desde otros códigos episodios similares. Tiene una cosa más alegórica, juega un poco con la idea del fantasma de Lorca en el sentido de cómo su eco en tres líneas temporales distintas sigue resonando con su advertencia de” mira que nos acechan todavía”.

¿Vale el entusiasmo que ha generado La bola negra? En Uruguay se estrena en enero.

A mí me parece que lo vale. En España ha sido un tremendo éxito. Yo vivo en una ciudad pequeña, en León, que tiene ciento veinte mil habitantes, y ha agotado ocho sesiones un miércoles por la tarde, todo vendido y el cine hasta arriba. Yo creo que lo que contó la generación anterior a nosotros ya no nos ha valido, hemos necesitado otras herramientas para hablar de otras cosas. En España estamos en un momento de hablar muchísimo de memoria histórica, de la memoria queer de la dictadura, de hablar del robo de bebés, o del Patronato de la Mujer, una institución franquista parecida a las lavanderías de Irlanda, que encerraban a chicas que se habían quedado embarazadas muy jóvenes, o que eran lesbianas, o desobedientes, a hacer trabajos forzados para empresas y para la iglesia.

En cuanto a tus rutas lectoras, ¿qué te gusta ir a buscar, dónde encontrás tus referencias?

Como no tenemos mucha tradición de terror, cuando escribí Carcoma busqué referencias de fantástico o terror escrito en castellano, y para dejar de lado la tradición anglosajona fui a la latinoamericana. Me acuerdo que fue muy importante en ese momento Yuri Herrera con Señales que precederán al fin del mundo, o Fernanda Melchor y mucha literatura mexicana, pero también argentina. Cuando Bernardo Esquinca vino a presentar Carcoma a Barcelona me dijo "creo que es un libro muy latinoamericano". Para mí fue un honor porque siento que bebe de las fuentes latinoamericanas. Y de la tradición española bebe esta cosa del horror de los pueblos pequeños, de sociedades cerradas, de la cuestión de la clase. Es Lorca en La casa de Bernarda Alba, Miguel Delibes en Los santos inocentes, Ramón Sender con Réquiem por un campesino español. Utilicé esas cosas y la tradición latinoamericana actual, que ahora en España llega mucho y se publica muchísimo.

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