18 de agosto de 2026 5:00 hs

Seguir el tren de los premios puede llegar a ser extenuante. Y a veces decepcionante. Los grandes galardones no siempre acompañan nuestra sensibilidad. Supongo que por eso fue que miré al último premio Herralde con algo de pereza. Es bueno aclarar desde ya que me equivoqué. me equivoqué feo. No sé de dónde venía esa pereza, tal vez desde algún prejuicio velado que se movía en el fondo. Como sea, El contrabando ejemplar, del autor argentino Pablo Maurette, ganó el Herralde en 2025 y me ganó a mí. Fue una de las experiencias de lectura más absorbentes del año. Uno de esos libros que cierran sus fauces sobre tu atención y te mantienen pensando en ellos hasta en segundo plano. Uno de esos libros que, en mi caso, me dan ganas de ponerme a escribir. Así que me alegro que haya llegado a mis manos, con delay o sin él.

La literatura existe hace miles de años y en general se entendió siempre como un acto de contar cuentos que te contaron. Un acto de repetición. Y a mí me parece mucho más razonable, saludable y mucho más sabio entenderla así. Cada palabra que usamos tiene su historia. La heredamos y la usamos, en general, copiando cosas que escuchamos, modos de decir, sentidos. Cómo uno combina esas cosas es lo que hace la diferencia. Los grandes escritores combinan las palabras heredadas, las frases, los lugares comunes, los personajes y las historias de manera muy particular, muy efectiva. Yo creo que si hay que hablar de originalidad es eso: cómo combinás lo que te han dado, pero no una creación de la nada o un acto de posesión. La literatura existe hace miles de años y en general se entendió siempre como un acto de contar cuentos que te contaron. Un acto de repetición. Y a mí me parece mucho más razonable, saludable y mucho más sabio entenderla así. Cada palabra que usamos tiene su historia. La heredamos y la usamos, en general, copiando cosas que escuchamos, modos de decir, sentidos. Cómo uno combina esas cosas es lo que hace la diferencia. Los grandes escritores combinan las palabras heredadas, las frases, los lugares comunes, los personajes y las historias de manera muy particular, muy efectiva. Yo creo que si hay que hablar de originalidad es eso: cómo combinás lo que te han dado, pero no una creación de la nada o un acto de posesión.

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Y luego, esto:

Es un enorme esfuerzo escribir una novela, no solo por una cuestión de extensión, de cantidad de palabras y de páginas, sino porque la novela es un mundo, y a diferencia del cuento, es un mundo siempre abierto. Es un mundo potencialmente infinito. Es decir, cada personaje puede ramificarse, cada historia puede multiplicarse, cada dirección puede convertirse en su propia novela, y en ese sentido es un género monstruoso. Tiene lugar para todo. La novela es, por naturaleza, abierta y en ese sentido es que digo monstruosa. Es un enorme esfuerzo escribir una novela, no solo por una cuestión de extensión, de cantidad de palabras y de páginas, sino porque la novela es un mundo, y a diferencia del cuento, es un mundo siempre abierto. Es un mundo potencialmente infinito. Es decir, cada personaje puede ramificarse, cada historia puede multiplicarse, cada dirección puede convertirse en su propia novela, y en ese sentido es un género monstruoso. Tiene lugar para todo. La novela es, por naturaleza, abierta y en ese sentido es que digo monstruosa.

Ambas cosas tienen que ver con El contrabando ejemplar.

Empiezo por el final: su novela efectivamente es un monstruo literario. Un árbol gigantesco cuyas ramas crecen hacia todas partes, o una hidra de miles de cabezas que no sabés hacia dónde puede morder. Tenemos una historia central, por supuesto, pero ese tronco común abre la puerta a una experiencia que florece hacia los lados, hacia adentro, hacia arriba y hacia abajo.

Luego, la primera de las frases que cité de Maurette está estrechamente relacionada con la trama de su libro, que propone una aventura de apropiación de la literatura ajena como motor: todo comienza con Pablo, un escritor fracasado que decide "robarse" la novela inconclusa de su amigo Eduardo, un bon vivant que acaba de morir, y terminarla con su firma, algo que puede significarle el retorno a una especie de gloria literaria que, en realidad, jamás tuvo.

Con ese robo del libro de Eduardo —que se titula, precisamente, El contrabando ejemplar— es que esta fascinante y por momento delirante historia discurre en forma simultánea por una Buenos Aires pestilente y embarrada del siglo XVII, y por una contemporaneidad que acumula huellas, miserias y ajustes de cuentas con ese pasado que va y viene, que moldea y desajusta la historia entera de una nación condenada desde su amanecer.

En el libro de Maurette caben multitudes de historias, personajes, corrientes y mitologías, que tratan de responder esa pregunta fundamental que asola al protagonista y a su autor: ¿Cuándo fue que Argentina se fue por el caño, si es que efectivamente lo hizo?

La primera vez que Eduardo mencionó El contrabando ejemplar fue en el año 1997. Tomábamos café en un barcito espantoso que ya no existe, en la esquina de Santa Fe y Anchorena. Habían pasado unos meses desde la operación y él ya estaba más bien recuperado. Yo tenía dieciocho años, acababa de dejar de robar y no sabía si estudiar Letras o Historias. Como de costumbre, hablábamos de política. Debatíamos por enésima vez la pregunta del millón, la de Conversación en La Catedral. ¿Cuándo se jodió la Argentina? La primera vez que Eduardo mencionó El contrabando ejemplar fue en el año 1997. Tomábamos café en un barcito espantoso que ya no existe, en la esquina de Santa Fe y Anchorena. Habían pasado unos meses desde la operación y él ya estaba más bien recuperado. Yo tenía dieciocho años, acababa de dejar de robar y no sabía si estudiar Letras o Historias. Como de costumbre, hablábamos de política. Debatíamos por enésima vez la pregunta del millón, la de Conversación en La Catedral. ¿Cuándo se jodió la Argentina?

La pregunta es lo de menos, la verdad. Porque en el fondo, esta novela argentinísima se revela como absolutamente universal. Pesa más la relación y la simbiosis literaria que se genera entre estos dos amigos por la muerte de uno de ellos, que sus opiniones sobre el peronismo o los vaivenes esquizofrénicos de la política; pesa más lo que representa la historia que se entierra en los anales de la capital argentina y se vuelve tan rara y mitológica, que los enlaces con la historia oficial y sus tragedias.

Y todo esto Maurette lo pinta con un pulso tremendo que se fagocita las páginas, que ofrece imágenes abismales —Ilimitada y circular, la pampa es la versión espacial de la eternidad—, reflexiones sobre la escritura y su inutilidad, viajes, aventuras como matrioshkas y desbordes hermosos. El contrabando ejemplar se revela como una novela total, una de esas rarezas que caen de vez en cuando y que, tomando como punto de partida a una pregunta burlona o satírica, termina enunciando sin pretenderlo hasta el significado de la posteridad.

Una posteridad en la que El contrabando ejemplar bien podría entrar.

En el principio el universo era un cúmulo de aire oscuro que flotaba espeso y se movía apenas, como una boya en el agua calma. Entonces, los siglos duraban segundos y el tiempo corría tan rápido que no había futuro ni pasado. Cuando, de pronto, una comba en la inercia. El aire se arremolina, baila y se enamora. En ese vórtice se hace la luz y la danza del amor va dejando una estela de espuma cuyos grumos forman costras que se diseminan por la inmensidad del espacio. De aquel deseo nacieron los cuerpos celestes, el mar grande y las montañas, los árboles, las bestias y nosotros, que fabricamos cosas, contamos los años y cantamos porque andamos erguidos y tenemos manos. De aquel deseo nació el nuestro, el anhelo de que nos quieran, el afán por multiplicarnos, la obsesión por perdurar. Para mí que no tengo hijos todo este deseo está puesto en la literatura. En el principio el universo era un cúmulo de aire oscuro que flotaba espeso y se movía apenas, como una boya en el agua calma. Entonces, los siglos duraban segundos y el tiempo corría tan rápido que no había futuro ni pasado. Cuando, de pronto, una comba en la inercia. El aire se arremolina, baila y se enamora. En ese vórtice se hace la luz y la danza del amor va dejando una estela de espuma cuyos grumos forman costras que se diseminan por la inmensidad del espacio. De aquel deseo nacieron los cuerpos celestes, el mar grande y las montañas, los árboles, las bestias y nosotros, que fabricamos cosas, contamos los años y cantamos porque andamos erguidos y tenemos manos. De aquel deseo nació el nuestro, el anhelo de que nos quieran, el afán por multiplicarnos, la obsesión por perdurar. Para mí que no tengo hijos todo este deseo está puesto en la literatura.

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