Una década sin Umberto Eco, uno de los intelectuales más importantes del último tiempo
El 19 de febrero de 2016, a los 84 años, murió el semiólogo, medievalista y escritor italiano; el autor de El nombre de la rosa dejó un extenso legado, que se traduce en innumerables publicaciones
El niño tenía once años y escribía con fervor patriótico. Participaba en un concurso escolar del régimen fascista y redactó, con convicción aprendida, un elogio del sacrificio por la patria y por el Duce. Ganó. Lo aplaudieron. “Había discurrido con virtuosismo retórico sobre el tema: ¿Debemos morir por la gloria de Mussolini y el destino inmortal de Italia? Mi respuesta fue afirmativa. Yo era un chico listo.”
Décadas después evocó esa escena en Ur-Fascismo (1995), ya consagrado en el intelectual del sombrero —solía llevar un fedora oscuro—, lentes amplios y barba espesa. En ese libro profundizó sobre las coordenadas características en la que se desplaza esa ideología. Comprendió que había sido educado en una pedagogía del entusiasmo totalitario antes de tener herramientas para cuestionarla. El fascismo —diría— no empieza con la violencia sino con el lenguaje. “Después, en 1943, descubría el significado de la palabra libertad”, añadió en su memoria.
A diez años de su muerte, Umberto Eco sigue siendo una conciencia incómoda: la del intelectual que celebró la apertura interpretativa pero defendió ciertos límites; la del semiólogo que tomó en serio la cultura de masas sin rendirse a ella; la del novelista que convirtió la erudición medieval en fenómeno editorial.
En el plano teórico, Obra abierta (1962) planteó que el texto artístico no es un objeto cerrado sino una estructura que solicita la cooperación activa del lector. La obra está “abierta”, pero no es caótica; no cualquier interpretación es válida.
Ese impulso se profundizó en La estructura ausente (1968), donde analizó los límites del estructuralismo y cuestionó la idea de sistemas completamente cerrados de significación.
Sin embargo, hacia fines del siglo XX, Eco percibió un riesgo en ciertas lecturas posestructuralistas: que la apertura derivara en relativismo absoluto. En Los límites de la interpretación (1987) respondió a la “sobreinterpretación”: no toda lectura es válida; el texto impone restricciones, una “intención del texto” que no coincide con la intención biográfica del autor, pero tampoco admite cualquier proyección arbitraria.
Entre apertura y límite se mueve su pensamiento. Ya sea por contradicción o por evolución, el italiano fluyó en un planteo que se convirtió en uno de los hitos de sus contribuciones.
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Umberto Eco
Semiótica, medios masivos y crítica al populismo
Con Tratado de semiótica general (1975), sistematizó una teoría de los signos que convirtió a la semiótica en herramienta interdisciplinaria. Este texto también significó para muchos una revitalización de la disciplina.
Antes, para 1964 en Apocalípticos e integrados analizó la cultura popular y propuso una tipología para pensar los medios masivos que daban el título a uno de sus mayores trabajos. Eco desconfiaba de ambos extremos y en esta misma línea lanzaría una provocación memorable en una ponencia del 1974: “¿El público perjudica a la televisión?”, en alusión a cómo la lógica del consumo condiciona los contenidos. De ese modo complejizaba la forma —unilateral— en la que se creía que se relacionaba la televisión, como medio masivo extendido, con su audiencia.
Con el paso del tiempo, su análisis de los medios derivó en una crítica frontal al populismo contemporáneo. Eco advirtió que el populismo se alimenta de simplificaciones discursivas, enemigos abstractos y apelaciones emocionales permanentes. Fue un acérrimo opositor del exprimer ministro de Italia y magnate Silvio Berlusconi, a quien consideraba un ejemplo paradigmático de la fusión entre poder mediático y poder político. En múltiples intervenciones públicas denunció la concentración mediática, la banalización del debate y el deterioro institucional en su país durante la era berlusconiana.
Su rechazo al populismo no era partidario, sino estructural: veía en él una amenaza al lenguaje público y a la racionalidad democrática.
La faceta de novelista
El novelista irrumpió en 1980 con El nombre de la rosa, un policial ambientado en una abadía italiana del siglo XIV, que narra la investigación de crímenes misteriosos a cargo del monje franciscano Guillermo de Baskerville y su pupilo Adso de Melk. El libro vendió millones de ejemplares y, así, el medievalista experto en Tomás de Aquino demostró que la alta cultura podía narrarse con suspenso, y generar un extendido interés. Dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery, la obra fue llevada al cine en el 1986 bajo el mismo nombre, y se convirtió en una película de culto.
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La adaptación de El nombre de la rosa se convirtió en una película de culto
A su primer texto narrativo, le siguieron, con un éxito menos estridente: El péndulo de Foucault (1988), sátira sobre las teorías conspirativas; La isla del día de antes (1994); Baudolino (2000); La misteriosa llama de la reina Loana (2004); y El cementerio de Praga (2010). También publicó Confesiones de un joven novelista en 2011, con algunos relatos de experiencias como escritor, que funciona como guía para quienes le interesa adentrarse en el universo narrativo.
Columnista y crítico del periodismo
En Cómo viajar con un salmón (1992) reunió textos irónicos sobre la vida contemporánea, una impronta que lo caracterizaría y desplegará a lo largo de su carrera en escritos, ponencias y entrevistas.
De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera es su primer libro póstumo, publicado en 2016. Allí analizó populismos, conspiracionismo y la degradación del debate público, a través de la recopilación de publicaciones en periódicos. En uno de esos textos pronunció su célebre frase: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”.
La crítica a la manipulación mediática ya la había comenzado antes y fue así como también esta tomó forma literaria en la novela Número cero (2015), una sátira por momentos liviana sobre un diario creado para extorsionar y fabricar noticias.
En La memoria vegetal (editado por Lumen en 2021), también publicación póstuma, reflexionó sobre la memoria colectiva y los soportes materiales del conocimiento. También se trata de una recopilación de textos escritos, en este caso entre los 80 y los primeros años del 2000.
La “antibiblioteca” como legado
Eco poseía alrededor de 30 mil libros —muchos de ellos valiosas antigüedades — y defendía la idea de la “antibiblioteca”: los libros no leídos nos recuerdan nuestra ignorancia y nos empujan a seguir aprendiendo. Esta idea quedó plasmada en el recomendado documental de 2022, Umberto Eco: la biblioteca del mundo.
Embed - Una biblioteca espectacular Umberto Eco
Diez años sin Eco son diez años sin esa voz gigantesca de las humanidades que —aunque a veces demasiado autorreferencial— denunció la degradación del lenguaje público, y cómo eso era promovido y beneficioso para núcleos del poder. Y que, cuando el lenguaje se empobrece, la democracia también se debilita. Quizás la militancia por esas ideas haya sido consecuencia de haber aprendido el significado de “libertad” recién a los once años, mucho después de haber aprendido el significado de “Mussolini”.