Alejandro, el padre de la escritora —autora del libro 38 estrellas, sobre la fuga de un grupo de mujeres tupamaras de la cárcel de Cabildo, responsable del guion de la serie Cromañón y la película La uruguaya—, cortó definitivamente la relación en ese momento. Después del artículo, que se republicó actualizado en la revista argentina Orsai, todo se rompió. Incluso la capacidad de Licitra de seguir escribiendo.
Salvo los libretos audiovisuales, la argentina no pudo volver a escribir después de la sanción paterna. Durante años quedó bloqueada. Hasta que decidió contar la historia de esa relación padre-hija, y así nació Crac, el libro que ahora se editó en Uruguay (escenario parcial de la historia, además).
A través de entrevistas a su propia familia y amigos de su padre, de recuerdos, de un relato en primera persona y viejas cartas, Licitra se propuso contar la historia de esa ruptura, pero también entender su relación con la escritura. En el camino aparece la historia de su padre, un exiliado político que desde los 70 vive en España, el impacto de la distancia en la relación y también la influencia en su forma de construir vínculos de la ideología de izquierda que pregonaba en su juventud. Y también la de su madre, la que se quedó en Argentina y cargó con las secuelas del exilio desde otra parte.
De esos hallazgos, del proceso de hacer pública su historia familiar y de lo que cambió en ella luego de este libro, esta charla de Licitra con El Observador.
¿Este libro cambió tu forma de pensar el vínculo con tu padre? ¿O sirvió solamente para procesarlo?
El vínculo sigue tal como estaba, pero la manera de entender y procesar ese vínculo está más apaciguada. La sensación es que está todo dicho, y cuando todo está dicho y no hay mucho más que hacer, por lo menos de mi parte, lo que sobreviene es una sensación bastante pacífica. Estoy más tranquila.
¿Y cambió tu forma de pensar en tu padre, de entender algo de lo que le pasó?
Creo no puedo ponerme en su lugar, pero sí puedo acercarme y entender algo de lo que le pudo haber pasado, entender que de alguna manera, sin restarle responsabilidades a nadie, hay algo de la distancia que es bastante tremendo y que corrompe vínculos. Si no hubiera distancia esos vínculos más o menos se van resolviendo con los típicos traspiés de toda relación padre-hija, pero se acomodan porque la presencia física genera mucho más lazo del que a veces uno se detiene a pensar, y la ausencia, por el contrario, abicha bastante las cosas. Uno frente al silencio lo que tiende a hacer es llenarlo de palabras que manotea de donde puede, entonces lo que traté de hacer con el libro es darle un sentido a ese silencio y entender que pasó, que sea lo más consciente y lo menos injusto que sea posible. Después no sé cómo salió, pero al menos a mí me dejó con una capacidad de revisar la historia de mi padre menos caprichosa, menos tomada por la bronca del momento y un poco más analítica. Lo que no quita que no haya una emocionalidad muy presente, pero traté de darle lugar a la reflexión también, de no ir por el padre malo, hija buena, ni mucho menos.
Hay algo interesante en el libro que es cómo pone los vínculos de tu familia en el contexto de una época, los años 70, y cómo la situación política influía en las relaciones y en las decisiones personales.
Cada época tiene su signo, pero la del 70 fue una década con muchos cimbronazos en las familias latinoamericanas, por lo menos las que estaban más inscritas en la militancia y en las luchas de los movimientos de izquierda. El que no estaba muerto estaba exiliado o había construido familias profundamente disfuncionales, atravesadas por el miedo a morir propio, de las amistades, las familias. Los hijos fueron una generación criada por familias muy signadas por el temor y por la obligación del silencio bajo riesgo de vida. Eso inevitablemente deja su marca. Y lo que sí me parece interesante es que está más trabajado el cisma familiar que viene con una desaparición, pero no está tan trabajado el del exilio porque no tiene un final tan radical como es una muerte. Entonces, lógicamente, en la lista de temas a saldar no estaba ni primero ni segundo, pero las familias que quedaron rotas por eso de tener que irse a las corridas, de no ponerte de acuerdo ante situaciones de crisis muy profundas que se dan en la familia, simplemente porque uno quiere seguir militando y el otro no, qué hacer con los hijos, cómo cuidarlos sin descuidar el sistema de ideas que uno quiere defender. Todo eso, que son discusiones ideológicas que uno puede plantear en el terreno de la abstracción, en el mundo familiar tenían sus resonancias. Me interesaba ver cómo en una familia en la que afortunadamente nadie fue desaparecido, nadie murió, eso también dejó su rastro, su desastre, y llega hasta hoy.
Aparece ahí la idea de “traición” también, que es la palabra que usa tu padre en un momento, otro concepto muy de ese momento.
Eso fue una de las cosas que descubrí con el libro. Yo no tenía idea de que la noción de traición estaba tan ligada a esa época. O sea, es un término universal, pero estaba muy nítida dentro del léxico de los 70, porque la palabra lealtad lo estaba y esto era su reverso. Eso pasó en mi familia, y me hace pensar que no solo en la mía, de que todo se determinaba en términos bastante binarios, lealtad o traición, apoyo o no apoyo. Esas lecturas tan radicales siempre lo decodifiqué como algo propio de alguien muy joven. Y más tiempo pasa y más vieja me pongo y más jóvenes los veo a mis padres en ese momento, pero lo que es curioso es que eso que podía entenderse como una debilidad de juventud va atravesando las capas del tiempo y llega hasta el presente. Eso sí es sorprendente, que esas ideas o ese sistema no se haya complejizado y no haya evolucionado, me llama la atención.
Perfectamente podrías hacer otro libro sobre el vínculo con tu madre, en base a lo que contás en Crac, de cómo vivió ella el quedarse en Argentina contigo mientras tu padre se exilió. ¿Cambió en algo tu relación con ella, o viste desde otro lugar su historia?
Lo que veía es que había otro terreno subnarrado, que era el de la gente que se quedó y que quizás no se agarró a una bandera de mayor diatriba y con más movimiento desde el presente, de mayor lucha desde el presente por los derechos humanos y por superar una narrativa de los 70 para que todavía esté viva. Hay un montón de gente que arriesgó el pellejo en los 70 y que quizás ahora está más silenciosa, por miles de razones, pero eso, el hecho de no haberse plegado a todo el discurso actual sobre los 70, hace que queden totalmente invisibilizadas. Es mucha la gente que transcurre silenciosamente habiéndolo dejado todo en su momento. Entonces, siendo además que en este caso se trataba de mi madre, persona que por supuesto quiero mucho, me pareció que era también una oportunidad para darle lugar también a ese tipo de figuras, que no trabajaron duro para quedar en ningún tipo de bronce de la historia y sin embargo estuvieron tan en riesgo y jugaron tan a fondo en su momento como los que después construyeron una narrativa más nítida y más ruidosa en el presente.
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En el libro aparecen muchas referencias a otros libros, películas. ¿Hubo algo de investigación previa en ese aspecto?
Había otro terreno que tenía ganas de explorar porque era el que me presentaba más misterio que es el de por qué uno elige la vocación que elige. Porque en mi caso me construí como escritora, y quería entender por qué elegí ese oficio y también por qué cuando mi padre me dijo que no podía seguir escribiendo sobre él, no pude escribir sobre nada. Tenía la sensación de que lo iba a entender escribiendo, y ahí si busqué un poco sobre de qué está hecho el oficio de escribir. Me encontré con que bloquearse es lo más normal del mundo, y que tener un poco de miedo de sentarse a escribir tampoco es tan raro en un escritor. Eso me hizo bien y además tenía sentido meter esa información en el libro, porque no solo va sobre el vínculo con mi padre, sino con el vínculo que uno tiene con su oficio y como ese oficio no solo permite ganarse la vida, sino también ordenar el mundo interior. Eso se me hizo más nítido en la medida que el libro terminaba de ser escrito.
¿Y cómo fue para vos ponerte en el papel protagónico de este relato?
Me resultó bastante riesgoso. Escribí algunas crónicas del yo antes, y en algunos libros anteriores cada tanto entraba en momentos que tenía sentido. Pero nunca había escrito sobre mí y contando intimidades de mi familia. Es un libro medio border en ese punto, y me preocupaba mucho hasta dónde tenía sentido contar, cuándo me estaba volviendo impúdica innecesariamente. Lo único que me daba cierta tranquilidad era pensar que las cosas que contaba ayudaban a explicar algo. Pero por supuesto que el límite es difuso y después uno piensa que en las notas tiene que ir a explicar y responder por temas familiares íntimos que hasta hace dos meses solo sabíamos yo y algunas personas más. Fue un poco el criterio del desnudo cuidado: voy a aparecer, y no me tengo que guardar nada que yo sienta que tiene que estar. No puedo tirar la piedra y esconder la mano. Pero lo que fuera a contar tenía que estar dentro de una historia con una estructura dramática, que ocupara un lugar en la parte literaria, que era la que venía a salvar de la catarsis, a ordenar todo el aluvión del problema familiar que uno tiende a sentarse y vomitarlo todo. Si eso no funcionaba podía ser un papelón.
¿Le mandaste el libro a tu padre?
Todavía no se me acomodó la cabeza. Debe haber algo de procrastinación porque no es como mandarle el libro a cualquier otra persona. Creo que estoy acomodando mi cabeza a ese movimiento que tengo que hacer. Pero sospecho que ya lo debe haber leído. No creo que dependa de mí que él lo vaya a leer. Pero se lo mandaré.