14 de mayo de 2026 5:00 hs

Hace pocos días, en la Casa Blanca, dos presidentes que durante meses se habían lanzado dardos por la prensa terminaron casi tres horas reunidos y elogiándose en redes. Lula y Trump. La escena tiene algo de pieza teatral, de realismo mágico, cada uno actuando para su tribuna pero también algo más profundo. Después del tarifazo del 50% que la administración Trump impuso el año pasado a buena parte de los productos brasileños, después de la sentencia de la Corte Suprema norteamericana que en febrero tumbó esos aranceles, y con la promesa de un grupo técnico bilateral con plazo de 30 días, Brasil volvió a sentarse en la mesa grande. Y eso, desde Montevideo, nos importa más de lo que solemos reconocer. También la semana anterior una delegación del gobierno y empresarios, participamos en San Pablo, en instancias de promoción de nuestro país como destino de posibles inversiones brasileñas.

Brasil

Empiezo por el tamaño del vecino. Brasil cerró 2025 con un PIB de R$ 12,7 billones, creciendo 2,3% (el sexto avance más alto del G20), se mantiene como la undécima economía del mundo y alcanzó un récord exportador con un superávit comercial de 68 mil millones de dólares. Para Uruguay, ese vecino, es nuestro segundo destino de exportaciones detrás de China; en 2024 le vendimos por 2.324 millones de dólares y le compramos por más de 2.700 millones en 2025. Es, además, el principal mercado regional de nuestros lácteos y origen creciente de la inversión extranjera directa que recibimos.

A ese tamaño se le suma algo nuevo, y subestimado: una apertura al mundo que en la izquierda histórica brasileña no tenía precedentes. La firma del acuerdo Mercosur–Unión Europea en enero, su aprobación unánime por el Senado brasileño en marzo y la entrada en vigor provisional el 1º de mayo configuran un cambio de paradigma: reducción progresiva de aranceles sobre el 91% de los productos del Mercosur y el 95% de los europeos. Para nosotros, que llevamos más de dos décadas discutiendo si insertarnos al mundo solos o acompañados, parte de la respuesta empieza a escribirse en portugués.

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Pero la conversación financiera global se está moviendo en una capa más honda, y conviene mirarla. El analista norteamericano Drew Crawford, especializado en commodity capital allocation, lo plantea con una claridad incómoda: el mundo precia a Brasil por su política y subestima su física. El 6 de mayo, la Cámara de Diputados aprobó el PL 2780/2024, que crea la Política Nacional de Minerales Críticos y Estratégicos, un fondo garante (FGAM) con 2 mil millones de reales iniciales y un paquete de incentivos federales del orden de 5 mil millones de reales en cinco años.

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Brasil tiene la segunda reserva mundial de tierras raras (21 millones de toneladas mapeadas según el USGS, detrás de China). El 14 de abril, Petrobras seleccionó a Honeywell UOP para el primer proyecto a gran escala de combustible de aviación sostenible vía etanol en América Latina, con capacidad de 10.000 barriles por día en Paulínia. Y a todo eso súmenle la geografía: un corredor atlántico que, en un mundo donde Ormuz, Suez y Bab el-Mandeb acumulan riesgos, vale más cada año.

¿Y la moneda? El real se apreció en el orden del 13% contra el dólar en los últimos doce meses y opera cerca de R$ 4,89. La tasa de interes de referencia Selic, tras dos recortes consecutivos del Copom el 18 de marzo y el 29 de abril, se ubica en 14,50%, con un diferencial real frente a Estados Unidos cercano a los 750 puntos básicos. El capital busca rendimiento en una moneda que dejó de debilitarse. Y, sin embargo, hay un gran capital que aún le da la espalda a America Latina, y en particular a Brasil. Hay un gigante reabriendo puertas y un capital institucional que todavía no lo está mirando. Esa brecha define la oportunidad y, también, la advertencia.

Hasta acá la luz. Veamos sus sombras

Brasil cerró 2025 con un déficit primario del gobierno central equivalente al 0,48% del PIB, pero su deuda bruta trepa al 78,7% del PIB y las proyecciones la acercan al 80% este año. El abultado pago de intereses de esa deuda eleva el deficit global a más del 8% sobre PIB. La inflación cerró 2025 en 4,26% (la más baja desde 2018) pero el mercado proyecta cerca de 4,9% para 2026, por encima del techo de la meta.

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Brasil, un peso pesado en los mercados de granos y carnes.

Brasil, un peso pesado en los mercados de granos y carnes.

A la fragilidad fiscal se le suma una alarma social: el índice de Gini, después de caer en 2024 a 0,504 volvió a subir en 2025 a 0,511. Los ingresos del 10% más rico ya equivalen a 13,8 veces los del 40% más pobre, frente a 13,2 veces un año antes. Es cierto que, mirado desde 2019, el decil más pobre creció casi 79% en términos reales contra 12% del decil más alto: el cambio estructural existe. Pero el repunte de 2025 obliga a una conclusión incómoda: sin productividad sostenida, los programas sociales por sí solos no alcanzan.

Octubre en el horizonte cercano

El 4 de octubre Brasil va a las urnas. Lula confirmó que buscará la reelección a pesar de sus 80 años. Bolsonaro está inhabilitado y preso; la oposición se reorganiza alrededor de Tarcísio de Freitas, gobernador de San Pablo, y del senador Flávio Bolsonaro. Las encuestas dibujan empates técnicos. Para Uruguay, el resultado importa por dos vías. La macro: qué pasa con el ancla fiscal, con el tipo de cambio, con la inflación de un socio comercial gigantesco. Y la micro: qué pasa con la agenda regional, con la implementación práctica del acuerdo con Europa y con la negociación pendiente con China. Pero sobretodo qué pasará que el proceso de apertura, una de las posibles marcas registradas de este último periodo de gobierno, en contraste al encierro del periodo Bolsonarista.

Cierro con lo de siempre: Uruguay no escoge su geografía. Está pegado a Brasil. Lo que sí escoge es cómo lee al gigante y qué hace con esa lectura. Un Brasil más abierto, más previsible y más conectado con el mundo es, casi por definición, una buena noticia para nosotros. Pero las buenas noticias se aprovechan o se desperdician. Aprovecharla exige invertir en infraestructura logística mirando a la frontera norte, en cuadros técnicos que entiendan San Pablo y Brasilia, y en una diplomacia económica que no espere a que el viento empuje, sino que aprenda a leerlo.

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