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5 de febrero 2026 - 5:00hs

Hoy quiero referirme a un Escenario2 bien alternativo. No es un tema directamente económico ni estrictamente político, aunque permea ambas dimensiones. La economía, al fin y al cabo, es una ciencia social que intenta gestionar los recursos escasos de una comunidad, y en esa pretensión tiene un corte transversal con casi todo lo que nos sucede como seres humanos. Incluida, por supuesto, nuestra capacidad de ser felices.

A veces, en mis clases del MBA en UCU Business School, hago a los participantes una pregunta sencilla pero profunda: ¿qué esperan de la vida? Creo, sin temor a equivocarme, que la inmensa mayoría —a lo largo de los años y de las distintas generaciones que han pasado por esas aulas— responde lo mismo: esperan ser felices.

Un concepto tan amplio como subjetivo, aunque inequívocamente refiere a un estado de ánimo que tiene un factor común entre quienes lo sienten. Acercarse a sentirse plenos, realizados, compartir la vida con los afectos, tener sueños y perseguirlos, dotar de sentido a lo que se hace diariamente. Esos suelen ser los ingredientes que aparecen cuando uno rasca un poco debajo de la superficie de esa palabra tan breve y tan esquiva.

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Pues bien: algo parece estar cambiando en esa ecuación. Y los datos son inquietantes.

Durante décadas, la investigación en economía del bienestar había identificado un patrón notablemente estable: la felicidad a lo largo de la vida describía una curva en forma de U. Las personas comenzaban siendo relativamente felices en su juventud, experimentaban un declive progresivo que tocaba fondo alrededor de los 50 años —la famosa crisis de la mediana edad— y luego rebotaban, alcanzando niveles elevados de bienestar nuevamente pasados los 65 o 70 años.

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Este hallazgo, documentado por primera vez en 2008 por el economista David Blanchflower de Dartmouth College y su colega Andrew Oswald, fue replicado más de 600 veces en 146 países. Era, en palabras del propio Blanchflower, “uno de los patrones más persistentes y llamativos de las ciencias sociales”.

Hasta que dejó de serlo.

Un estudio publicado en agosto de 2025 en la revista PLOS One, firmado por Blanchflower, Bryson y Xu, demuestra que esa regularidad empírica se ha roto. La curva en U ya no existe. Ha sido reemplazada por una línea que simplemente desciende: hoy, los más infelices son los jóvenes, y el bienestar crece monótonamente con la edad. La era de la esperanza y los sueños parece haberse convertido, para demasiados, en la etapa de la frustración y el vacío.

Analizando un estudio en EEUU —que entrevista a más de 400.000 adultos cada año— entre 1993 y 2024, el porcentaje de jóvenes en situación de “desesperación” (aquellos que reportan que todos los días del último mes fueron malos para su salud mental) se ha más que duplicado en hombres jóvenes y casi triplicado en mujeres jóvenes. Más del 9% de las mujeres de entre 18 y 25 años declaró vivir en desesperación permanente, un dato que Blanchflower califica como “el más alarmante y aterrador” de su carrera investigativa.

Y no es solo un fenómeno norteamericano. El patrón se replica en el Reino Unido, Canadá, Australia, los países escandinavos, Francia, Alemania e Italia. Al agregar datos del Global Minds Project en 44 países entre 2020 y 2025, se confirma que el malestar ya no tiene esa forma de joroba invertida que era el espejo de la U de la felicidad: ahora simplemente decrece con la edad.

El World Happiness Report de 2024 fue categórico: en Estados Unidos y Canadá, los rankings de felicidad para los mayores de 60 están más de 50 posiciones por encima que para los menores de 30. Los nacidos antes de 1965 reportan niveles de satisfacción con la vida significativamente más altos que los nacidos después de 1980. Estados Unidos, que históricamente figuraba entre los 20 países más felices del mundo, cayó al puesto 23 en 2024 y al 24 en 2025, arrastrado por el desplome del bienestar de sus jóvenes.

Un dato particularmente revelador proviene de África, donde aproximadamente la mitad de la población nunca ha usado internet: allí, la curva en U clásica todavía se mantiene. Como señala Blanchflower, la ausencia de conectividad digital podría explicar por qué la salud mental de los jóvenes africanos no se ha deteriorado al mismo ritmo que en el resto del mundo.

¿Qué nos está sucediendo como sociedad?

Permítanme en este punto aventurar una reflexión. Es posible que una sociedad que ha basado gran parte de su modelo de crecimiento económico en el consumo termine provocando, a lo largo del tiempo, dos problemas gemelos. Por un lado, la sensación de una realización efímera: esa satisfacción fugaz que produce acceder a un montón de objetos que al poco tiempo ya ni se usan, una especie de hedonismo de corto plazo que nunca termina de saciar. Por otro, la frustración de no poder seguirle el ritmo a la rueda, de no poder alcanzar lo que otros aparentemente alcanzan —y que además exhiben con esmero en la vidriera permanente de las redes sociales—.

https://www.bbc.com/mundo/articles/cx202xn46jlo

Placeres efímeros y sensación de frustración. Esa combinación puede ser devastadora, porque distrae de manera demasiado potente de aquello que verdaderamente da sentido: tener un sueño, un proyecto de vida por el cual caminar y construir. El tejido paciente de los afectos. La construcción lenta de algo que trascienda el próximo scroll, el próximo like, la próxima compra.

Y si alguien piensa que esto es un problema lejano, que le pasa a otros, conviene mirar de frente nuestra propia realidad. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas del continente americano, con un promedio de 16 muertes por semana. El dato más doloroso: según el Ministerio de Salud Pública, el suicidio es la primera causa de muerte entre los uruguayos de 15 a 44 años.

En 2024, la franja de 20 a 24 años alcanzó una tasa de 33,2 cada 100.000 habitantes, la más alta jamás registrada para ese grupo etario. Mientras que a nivel mundial el suicidio suele ser la tercera o cuarta causa de muerte entre los jóvenes, en Uruguay es la primera. Y la tasa de suicidio adolescente en nuestro país triplica el promedio global.

Si la edad donde la esperanza y las ganas deberían acapararlo todo se ha convertido en el momento de mayor vacío existencial y, para demasiados, en el momento final, estamos ante algo que va mucho más allá de un dato estadístico. Estamos ante una señal de alarma sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo, o dejando de construir. Y quizás sea hora de que la conversación sobre el bienestar deje de ser un lujo filosófico para convertirse en lo que siempre debió ser: el centro mismo de nuestras decisiones como comunidad.

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