El Brutalista le hace honor al estilo arquitectónico que pregona su protagonista. Es de alguna forma (y perdón por la redundancia), una obra brutalista en sí misma: contundente, monolítica, cruda, opaca, angulosa, sin adornos innecesarios. Un mamotreto de cine que puede gustar o no, pero es innegable que tiene una identidad, un estilo, alma.
Una de las diez nominadas al Oscar a Mejor película de este año, esta monumental obra de casi cuatro horas de duración –en ese tiempo se incluyen 15 minutos de intermedio, que caen en el momento justo y son muy bienvenidos— puede ser intimidante por sus tiempos y por su abundante amplitud temática, pero calma: ni se siente pesada, ni larga, y aunque a veces peca de excesiva en todo lo que quiere abarcar, y no se permite demasiadas sutilezas, es un trabajo excelente apoyado en buenas actuaciones, imágenes perdurables y una solidez narrativa que se sostiene a lo largo de todo su metraje.
Embed - El Brutalista | Tráiler Oficial (Universal Pictures) HD
Dicho eso, y pese a que pueda quedar como una obviedad, El Brutalista es de esas películas que pide a los alaridos ser vista en una sala de cine: no solo por cómo fue concebida y filmada, en VistaVision (un formato panorámico que dejó de usarse en la década de 1960, lo que sumado al rescate de la lógica del intermedio le dan un aire a cine clásico que le cae muy bien), o para que la impresionante banda sonora de Daniel Blumberg retumbe en el pecho, sino también porque es una forma mucho más amigable en estos tiempos de atención limitada y porque es la mejor forma de sumergirse en su propuesta.
Durante un puñado de horas, el cine logrará la magia de llevarnos a otro lugar, una vez más.
(Y en estos días de temperaturas rabiosamente altas, unas horas de aire acondicionado no vienen nada mal).
¿Quién es El Brutalista?
El arquitecto húngaro Lászlo Tóth no existió, pero al salir del cine uno podría verse tentado de abrir Google y revisarlo. El hallazgo será que, salvo porque comparte nombre con el geólogo australiano que en 1972 vandalizó La piedad de Miguel Ángel, no es una persona real. Pero como pasó con la directora de orquesta Lydia Tár en la película Tár que estuvo nominada al Oscar en 2023, el nivel de detalle en la construcción del personaje, su historia, su universo y su obra, puede dar lugar a la confusión.
Tóth está interpretado de forma magistral por Adrien Brody, que está nominado y es el favorito al Oscar a Mejor actor. Brody crea a un genio de la arquitectura atenazado por sus demonios y por el trauma del Holocausto que emigra a Estados Unidos tras el final de la segunda guerra mundial y después de sobrevivir a un campo de concentración.
El arquitecto baja del barco precedido por su primer vistazo de la Estatua de la Libertad –torcida, casi boca abajo— en un aviso temprano de que esta será una historia sobre la experiencia del inmigrante y sobre el “sueño americano”, sí, pero no la historia rosa a la que Hollywood nos acostumbró durante décadas.
Tras un primer tiempo viviendo junto a su primo, Attila, ya asimilado y haciendo esfuerzos notorios para integrarse a lo que Estados Unidos espera de él —al punto de convertirse al catolicismo, cambiar su apellido y casarse con una mujer gentil—, el camino de Lászlo se cruza con el de Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), un millonario de Filadelfia que lo recluta para construir un gigantesco edificio que funcionará como centro cultural, biblioteca, gimnasio e iglesia, y que será tanto un homenaje a su difunta madre como a su propio ego.
La construcción de ese edificio será la obra de su vida para Tóth, por razones que se irán develando hasta el mismo final de la película. Una obra accidentada, problemática, en la que los choques entre el arquitecto y sus mecenas será constante. Una pelea entre el creativo y el financista, entre el inmigrante y el “americano”, entre el poderoso y el débil, entre el jefe y el subordinado.
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Ese duelo capitalista y cultural de fondo traerá de la mano discusiones sobre el lugar que Estados Unidos, un país construido por inmigrantes, le da a los que “llegaron después”, sobre la religión, sobre el poder del arte y la creación, y la forma de procesar traumas y experiencias vitales que los artistas vierten en sus trabajos.
¿Suena como si fuera mucho? Lo es, y eso hace que a veces la película resuelva ciertos puntos de forma bastante brutal o directa, pero la base es lo suficientemente sólida como para que nada termine tambaleando.
A eso se le suma el trabajo de Brody y el de Pearce como estas dos fuerzas en pugna, ambas con una oscuridad y una violencia latentes, aunque el personaje de Brody tiene sus cualidades redentoras.
Tras el intermedio aparece además Felicity Jones como Erzébet, la esposa de Lászlo, que llega a Estados Unidos acompañada de su sobrina (las dos también sobrevivientes del Holocausto) tras una primera parte donde es una presencia permanente aunque no visible en la historia. Jones logra darle sustancia a un personaje que no tiene mucho más que el rol de esposa y voz de la razón, y funciona como una buena contraparte, además de tener sus momentos de destaque.
Una polémica de cara al Oscar
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Las actuaciones de Brody y Jones se vieron marcadas por una polémica de cara a la entrega de los Oscar, ya que se develó en las últimas semanas que la producción utilizó los servicios de una empresa ucraniana de inteligencia artificial para mejorar la pronunciación de algunas palabras en húngaro que dicen sus personajes, para que "ni los nativos notaran la diferencia”, según declaró el montajista de la película.
El recurso fue utilizado para momentos puntuales, más allá de que ambos actores recibieron entrenamiento de parte de especialistas para mejorar su entonación y pronunciación, pero dado lo sensible que ha sido el uso de IA en el cine (al punto que las huelgas de guionistas y actores de 2023 tuvieron como uno de sus puntos el combate contra esas herramientas) llevó a que la decisión de la producción de El Brutalista fuera cuestionada.
El director de la película, Brady Corbet, explicó que “las actuaciones son completamente suyas. Esta herramienta se usó solo para refinar el sonido de ciertas vocales y letras para tener mayor exactitud, fue un proceso manual y se buscó siempre preservar la autenticidad de las actuaciones, no reemplazarlas ni alterarlas, todo hecho con respeto por este oficio”.
La película también generó polémica por el presunto uso de la herramienta de IA Midjourney para crear planos y renders de edificios que se muestran en una escena, algo que también fue negado por el director.
La polémica, sin embargo, resonó de forma particular con una historia que pone el foco en el valor humano del trabajo y en cómo las experiencias y la vida que vivimos se traduce en nuestras obras, en el valor del legado y de qué refleja de quienes fuimos.
Son temas que están ahí, bien claros en El Brutalista, más allá de que al final hay también espacio para la ambigüedad y la interpretación. Como pasa con las buenas obras, y esta es una de ellas.