14 de julio 2024 - 5:00hs

Las ciudades tienen sus ritmos, sus olores, sus colores, su estilo. Sus sonidos. Sus silencios. Y el sonido puede ser peligroso, sobre todo cuando se convierte en ruido. En las ciudades, el ruido está por todas partes, al punto que puede convertirse en un tipo de contaminación.

Basta recorrer Montevideo para que los oídos procesen rugidos de motores, caños de escape furibundos, alarmas, música, anuncios publicitarios, gritos, aviones, notificaciones, taladros, martillos, radios a todo volumen, sirenas. El presente es ruidoso. El silencio o es incómodo, o es un bien preciado: para tenerlo hay que irse de vacaciones, meterse en un retiro, aislarse.

Robert Koch, científico alemán que en 1905 ganó el Nobel de medicina por sus descubrimientos vinculados a la tuberculosis, escribió alguna vez la frase “llegará el día en el que el hombre tendrá que luchar contra el ruido tan inexorablemente como contra el cólera y la plaga”. De a poco, ese día parece estar llegando.

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Sin embargo, el tema no es el primero en la lista de prioridades. El ruido, la contaminación sonora, es un peligro que irónicamente muchas veces queda acallado por otras contaminaciones más visibles, como la del aire, la del agua, o incluso la lumínica o la visual. Esto ya lo advertía la Organización Mundial de la Salud en 1969, en un trabajo sobre los efectos del ruido en la salud humana.

“A pesar de la importancia que el ruido tiene en la vida industrial son muchos los países en los que no se le presta toda la atención que merece (…) son muchas las razones que indican que este peligro causa cada vez mayores prejuicios a la vida social y que, en ciertos casos, afecta al rendimiento de los individuos”, dice el texto.

Y agrega: “Aunque se conocen relativamente bien las consecuencias que puede causar la falta de medidas de prevención de accidentes en las máquinas y la exposición a los productos tóxicos, son muy pocos los casos en que se presta atención a las consecuencias que pueden producir los ruidos”.

La OMS considera que para hablar de ruido el sonido tiene que medir entre los 60 y los 65 decibeles. En Montevideo, la Intendencia señala que un ruido molesto es el que mide 45 decibeles entre las 7 y las 22 horas, y de 39 en el resto del día.

Mientras tanto, en las calles, los límites son los siguientes:

  • Motocicletas 88db
  • Automotores de menos de 3,5 toneladas 85db
  • Automotores de 3,5 toneladas o más 92db

Los efectos del ruido: dolor, estrés e “intolerancia”

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Caños de escape: uno de los mayores problemas sonoros de las ciudades uruguayas

Caños de escape: uno de los mayores problemas sonoros de las ciudades uruguayas

Se estima que un ser humano puede escuchar sin problemas un sonido de 80 decibeles (más o menos lo que marca un teléfono o un despertador al sonar, o el sonido habitual de una moto), durante 40 horas por semana. Prácticamente una semana laboral promedio.

Ya si el sonido sube a 90 decibeles, la tolerancia baja a 4 horas por semana. Ya después empiezan los problemas.

Los más obvios son los daños auditivos. La exposición al sonido fuerte a lo largo del tiempo va generando una “fatiga” de las células sensoriales de nuestros oídos. Es cuestión de estar cerca de un parlante durante un show musical o en un boliche para que al volver a casa los oídos estén tapados o aparezca el pitido conocido como tinnitus.

Sin embargo, a medida que sigue pasando el tiempo, el daño se hace permanente, como le pasa a distintos artistas del mundo musical.

Y después vienen los efectos menos obvios.

Elizabeth González es ingeniera, profesora grado 5 de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República, e integrante del grupo de contaminación sonora de esa institución. González explica que si bien no se han hecho estudios específicos en Uruguay, si hay datos extranjeros que muestran que los sonidos fuertes y la intensidad sonora de las ciudades nos hace más intolerantes y afecta la convivencia.

“La pérdida auditiva se produce, pero demora mucho en manifestarse”, explica en diálogo con El Observador. “Hay cosas más inmediatas como el aumento de la presión arterial y el estrés. Nos pone más estresados de los necesario, y afecta a nuestro sistema hormonal. Esto hace que el cuerpo produzca más cortisol, y eso además nos hace vulnerables a enfermedades, porque baja nuestras defensas”.

Tal como dice la ingeniera, hay estudios internacionales sobre el tema. La OMS señaló en 2011 que el sonido genera trastornos del sueño y deterioro cognitivo. Otros estudios marcan que incrementa el riesgo de sufrir enfermedades cardíacas o hipertensión.

Para González, es difícil aún determinar que incidencia tiene el ruido en los problemas de sueño de los montevideanos, en un país que, señala, tiene un alto consumo de psicofármacos, lo que tampoco facilita las cosas al momento de estudiar el tema.

Su colega Pablo Gianoli también es parte de la Facultad de Ingeniería y presidente desde 2018 de la Asociación Uruguaya de Acústica, institución fundada por González que funciona como enlace entre los técnicos que trabajan en la esfera pública y los privados, además de ejercer como asesora para quienes enfrentan dilemas vinculados al mundo sonoro, y plataforma de difusión de investigaciones.

Él apunta que es necesario profundizar el trabajo interdisciplinario, por ejemplo con el universo de la medicina, pero que en tareas de medición en puntos donde se estaban generando conflictos de convivencia por ruidos molestos se han encontrado con “personas estresadas, que no pueden dormir, medicadas”, y situaciones que hacen patentes los efectos del ruido.

Cuestión de convivencia

No encuentro nada más valioso que darte/ Nada más elegante/ Que este instante/ De silencio - Jorge Drexler, Silencio No encuentro nada más valioso que darte/ Nada más elegante/ Que este instante/ De silencio - Jorge Drexler, Silencio

En esta época sobre saturada de estímulos, de a poco distintos países empiezan a tomar en cuenta este aspecto de la vida urbana y a tomar distintas medidas para mitigar el impacto del ruido.

En las urbes japonesas el mandato social es viajar en silencio en el transporte público para no molestar a los muchos pasajeros que aprovechan sus desplazamientos por la ciudad para dormir y para simplemente respetar al prójimo. La película Un lugar en silencio: día uno, que actualmente está en las salas de cine, empieza con el dato de que el sonido de las calles Nueva York es el equivalente a un grito constante.

París está en una crisis sonora que intenta revertir. Una nota de Bloomberg de abril de 2022 consignaba que la capital francesa, así como otras seis ciudades del país, empezarían a medir con sensores automáticos y a multar a los conductores de autos y motos que sobrepasaran los límites, cuando el problema empezó a convertirse en un riesgo para la salud pública.

Francia recién en 2019 aprobó una ley en la que por primera vez determinaba al sonido como una fuente de polución, además de atravesar un cambio cultural en los últimos años que, por ejemplo, convirtió a París en una de las ciudades más amigables para los ciclistas.

20240702 Transito, autos, rambla, patente.

Barcelona se congratulaba en 2020 por el éxito de su modelo de las “supermanzanas”, un programa urbanístico de estímulo al abandono del uso del auto a favor de alternativas como caminar, y entre los puntos positivos señalaba la reducción en la contaminación sonora.

¿Y Montevideo? Elizabeth González explica que si se tiene en cuenta su tamaño, su población, las características de su tránsito y sus movimientos, y la cultura en la que se integra porque el ruido tiene un componente cultural, y los latinos somos ruidosos y expresivos, la capital uruguaya no es “ni espantosamente ruidosa, ni maravillosamente silenciosa. Tiene un nivel de ruido normal, acorde a su perfil”.

Los dos ingenieros señalan que Montevideo no tiene graves problemas de contaminación sonora, a pesar de que por ejemplo, su parque automotor viene creciendo de forma relativamente sostenida en los últimos años, o de que hay un incremento en las obras en construcción.

Si bien hay algunos elementos recientes a tener en cuenta, como la novedad del tren que vuelve a pasar por la ciudad tras la inauguración de la línea que conecta el puerto con la fábrica de la papelera UPM, los mayores problemas sonoros de la ciudad son de convivencia. Ruidos molestos provocados por vecinos o locales comerciales como bares, o la refrigeración de los supermercados, o las bombas de calor que se instalan en algunos edificios. Problemas puntuales y localizados.

Quizás el mayor problema, apunta Gianoli, sean las motos con escapes libres, que incluso trascienden como elemento de riesgo en otras ciudades uruguayas. El presidente de la Asociación de Acústica señala que aunque hubo intentos, no se han hecho grandes controles en este tema, y que incluso él mismo ha sentido sus efectos al momento de conciliar el sueño.

Montevideo para la oreja

En febrero de 2020, la Intendencia de Montevideo empezó a perseguir alarmas. Ese mes entró en vigencia una norma que permite multar a los propietarios de vehículos o edificios cuyos sistemas de alerta suenen durante un minuto o más de tres veces en un plazo de seis minutos, con una duración de más de tres segundos, subrayando que estos sonidos “afectan negativamente la convivencia ciudadana y el medio ambiente".

Un año después, Gianoli publicó un informe hecho en base a mediciones sonoras tomadas por la IM a través de dispositivos colocados en la avenida 18 de Julio, una de las vías más ruidosas de la ciudad, entre 2019 y 2020.

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La avenida 18 de Julio es una de las vías más ruidosas de la ciudad

La avenida 18 de Julio es una de las vías más ruidosas de la ciudad

El estudio marca que en el correr del día, la avenida oscila entre los 50 y los 80 decibeles, según el momento. Eventos como la marcha del 8 de marzo por el Día Internacional de la Mujer, o los días del centro, hacen que llegue a 90. Al mismo tiempo, el estudio ilustró que iniciativas como la que se hizo durante la pandemia, de peatonalizar la avenida, hicieron que el nivel de presión sonora bajara de forma notoria.

Acciones como esa, que en ciudades como San Pablo o Tokio son prácticamente permanentes, en Montevideo dejaron de hacerse poco tiempo después de implementadas, y son señaladas por los expertos como una de las herramientas para reducir la contaminación sonora que trae el tránsito.

González señala que “mejorar la movilidad y el ordenamiento territorial, para que por ejemplo los locales ruidosos estén concentrados fuera de zonas muy habitadas de las ciudades”, son otros recursos posibles.

Sin embargo, tanto ella como Gianoli señalan que la capital uruguaya va en una senda favorable en cuanto a su vínculo con el ruido. “Montevideo se va haciendo más silenciosa”, apunta González. “Es una ciudad donde no se dan esos grandes congestionamientos en el tránsito, de esos que duran mucho tiempo donde el sonido de motores y bocinas se hace complejo”.

Su colega señala que si bien todavía es algo incipiente, la aparición de vehículos de transporte colectivo eléctricos también asiste en ese camino, lo mismo que los autos particulares: además, los modelos más nuevos suelen ser más silenciosos, lo que también colabora a que en las avenidas de la ciudad, donde se suele concentrar el ruido, haya cada vez más vehículos pero el ruido no se incremente.

En paralelo a avances tecnológicos y vehiculares, la ciudad ha prestado atención al tema desde hace algunas décadas. González repasa el vínculo entre su grupo universitario y el gobierno del departamento, que empezó en 1996 con la creación de un mapa acústico de la ciudad, un proyecto que ha tenido actualizaciones recurrentes para analizar en concreto vías de tránsito. Además, han colaborado con el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial para trabajos en el interior. Actualmente, explica, están trabajando en mediciones y actualizaciones para los mapas, y en los últimos años se ha fortalecido la normativa. “Desde lo técnico se hacen esfuerzos, y hay una preocupación auténtica”, dice.

Un problema silencioso

Montevideo no sufre excesivamente por sus ruidos, y hay atención al tema de parte de las autoridades, pero los académicos reconocen la necesidad de que la cuestión sonora no quede oculta.

“En los sondeos de opinión que hemos hecho, consultando a los ciudadanos, el ruido siempre aparece último en las preocupaciones. No hay percepción del ruido como un problema ambiental, salvo cuando se pregunta directamente por el tema. Y así es más difícil buscar soluciones, porque no se percibe como problema”, lamenta González. “Necesita más difusión, porque no hay idea del potencial de problema que tiene”.

Algo similar concluye Gianoli. Si bien el tema empieza a hacer más ruido, “hasta que no hay una denuncia o pasa algo, no se lo considera como un tema ambiental. Se lo está considerando, pero todavía queda, estamos todavía flacos en normativas. Cada departamento lo maneja con sus ordenanzas, y no hay concordancia entre ellas, en otras hay zonas grises. Hay que proteger al ciudadano”.

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Contaminación Sonora Montevideo

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