8 de junio 2024 - 5:00hs

No siempre basta con tener una buena idea, pero a veces sí. Hay que saber cómo encender los motores y, después, dejar que la estructura se amolde a ese primer chispazo de genialidad. En la última película del director chileno Matías Bize, El castigo, que se puede ver por estos días en Cinemateca, pasa eso: parte de una premisa sencilla y tremendamente efectiva que setea la historia con fuerza y la mantiene en alto. Después de que las piezas se colocan en el tablero en los primeros minutos, ya está: el mecanismo está activo y en funcionamiento.

Las buenas ideas, por otro lado, en general se pueden resumir en pocas líneas, como ahora: en El castigo una familia de tres viaja en auto desde Santiago hacia algún lugar del sur. En un momento los padres no soportan más al hijo, que en el asiento trasero es el mismísimo demonio de Tasmania en sus peores días, y la mujer toma una decisión drástica. Quiere asustarlo, hacer algo para que se calme de una vez, así que lo deja en la ruta y siguen sin él. Unos metros, tampoco tanto. Pero esos metros, esos minutos de ausencia, alcanzan. La película comienza allí mismo: cuando el padre, nervioso, le dice a la madre que ya es suficiente, que el susto se entendió, que Lucas ya entendió, que tienen que volver. La mujer, claro, pega la vuelta, no quiere abandonar a su hijo, solo necesita que aprenda la lección. El problema es que cuando llegan al lugar donde dejaron al niño, ya no está. Y no aparece. Y se viene la noche. Y en ese bosque chileno de árboles altísimos y follaje impenetrable andan sueltos los pumas.

Además de un punto de partida inquietante y auspicioso, la película de Bize —que ganó un Goya por su película La vida de los peces en 2011— tiene más particularidades que valen la pena mencionar. Para empezar, el ejercicio de la toma continua o plano secuencia, que despliega un manto de opresión sobre los pocos personajes de la historia —además de los padres, apenas aparecen un par de policías que interactúan con ellos—. Suele suceder que esta técnica termina siendo más contraproducente que otra cosa, con el espectador tratando de adivinar las puntadas y los cortes disimulados, pero en este caso resulta orgánico y, sobre todo, útil. La claustrofobia pasa a ser un patrimonio compartido entre la cámara y la naturaleza circundante.

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Por otro lado, la película presenta un casting escueto pero afinado que encuentra en Antonia Zegers y Néstor Cantillana dos espaldas en las que el guion de Coral Cruz se puede sostener con solvencia. Algo que, por otro lado, es casi imprescindible para que una película como esta se sostenga: como es evidente, la desaparición del hijo provoca un cataclismo en la pareja, que pasa de la indiferencia, al nerviosismo inmediato y luego a una resignación que hace estragos en su propia relación.

Zegers, actriz chilena de larga experiencia y rostro usual de las películas de Pablo Larraín, es la que se lleva los grandes monólogos, especialmente el que cierra la película. Los suelta sin filtros y con un músculo dramático en estado de gracia. El texto se apoya en ella para desplegar su faceta más teatral, aunque El castigo está lejos de ser teatro filmado. Hay una presencia pulsante de las imágenes y de ese bosque cada vez más inquietante que se pliega en espirales, en el verde que se hace cada vez más denso a medida que la desesperación de los padres crece. En ese marco hay decisiones que son puramente cinematográficas, ángulos y momentos de silencio, contrapesos visuales que colaboran en reforzar los momentos en que el guion hace soltar la lengua de los personajes.

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"En todas mis películas he explorado las relaciones de pareja, desde el enamoramiento En la cama, La vida de los peces como la segunda oportunidad de una pareja, La memoria del agua, que es la historia de una pareja a la que se les muere un hijo. Sentía que era interesante explorar cómo nos organizamos como pareja y como sociedad con la crianza de los hijos. Sin tener ninguna respuesta o ninguna solución", le dijo Bize al sitio LatAm Cinema.

En ese sentido, los dardos que entre los árboles empiezan a lanzarse los personajes pronto adquieren un revestimiento eminentemente feminista, y resulta interesante como logra escapar de rutas que, de a poco, se vuelven reiterativas en estas propuestas. En el punto álgido de El castigo, la discusiones sobrevuelan ciertas preguntas vinculadas al arrepentimiento de la maternidad, a la presencia y rol del hombre en la crianza de un hijo complicado, la distribución siempre desigual de las tareas. Es un estallido de parte del personaje de Zegers que inunda el relato con las contradicciones más crudas de la maternidad y estampa con crudeza algunas verdades irrebatibles.

Por todo esto, El castigo no le pone las cosas fáciles ni a sus personajes ni al espectador, pero es una de las mejores propuestas que tiene la cartelera de cine montevideana hoy. El bosque debería estar lo suficientemente despejado como para no perderla de vista por estos días.

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