10 de mayo 2024 - 12:50hs

El motor de "Gulu", la lancha de Ricardo Frediani, surca las aguas del río Guaiba, que inundó la ciudad brasileña de Porto Alegre. Su objetivo es salvar lo que aún sea posible. En tanto, en el barrio Medianeira, una mujer llamada Katiane Mello quiere volver a su casa luego de perder su "fuente de sustento" y su casa por las inundaciones.

La mujer junto a su familia salió de su casa hace una semana cuando las torrenciales lluvias cayeron sobre el estado de Rio Grande do Sul. Las inundaciones llegaron hasta el segundo piso de la casa donde vivía junto a su esposo James Vargas y su hija Natalia, de 5 años.

Las aguas amarronadas del Guaíba registran un incesante ir y venir de embarcaciones que trasladan comestibles para quienes se niegan a dejar sus hogares a pesar del peligro. Una lancha policial vigila la entrada del barrio sumergido.

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“¡El agua está bajando muchísimo!”, exclamó Ricardo, mientras le pide a su hijo Guilherme, estudiante de odontología de 26 años, que le ayude a estabilizar la lancha con un remo. La bajada en el caudal del agua causa una fuerte corriente porque las aguas buscan una salida por las calles anegadas.

Lo quiso el destino

Las cabezas de los tripulantes pasaron a menos de un metro de los cables de energía eléctrica, desconectados.

Algunas personas observaban desde los tejados. Esos son quienes no quisieron salir "por miedo a saqueos", explicó a AFP Frediani, un vendedor de lubricantes de 62 años que se toca el corazón cuando se le pregunta por qué se lanza hacia las aguas hediondas arriesgando su propia vida.

Posteriormente, "Gulu" avanzó lento, esquivando columnas de alumbrado inclinadas y techos de vehículos semicubiertos. La resistencia del agua obligó a forzar el motor. "Ayer no tenía esta fuerza" la corriente, dijo Frediani.

A unos 400 metros pudieron ver movimiento. ¿Serán vecinos o la policía? Los rescatistas afirmaron que hubo muchos saqueos y la zona se volvió peligrosa. La presencia de efectivos de seguridad fuertemente armados es constante.

Katiane estába en ese grupo al final de la calle, con la esperanza de poder acercarse hasta su hogar.

"Gulu" llegó a destino y Katiane preguntó si es posible caminar por el agua. "Perdimos nuestra fuente de sustento, nuestra tienda. Y la casa…". Su voz se cortó de repente.

El agua la arrastraría si hacía eso. Frediani y su hijo le ofrecieron subir a su lancha para ir a su casa o a lo que haya quedado de ella.

“No sabemos cómo está… ¡Miren la altura del agua!”, exclamó la mujer.

Solidaridad en la tragedia

Katiane no pudo contener las lágrimas. El paisaje es de destrucción total. Era su barrio, su vida y la de su familia. A pocos metros, se yergue la vivienda. "Ahí está ¿Me habrán robado?", dijo.

Frediani y su hijo observaron la escena en silencio. Katiane contuvo el aliento. Una persona la sostuvo hasta que ocurrió lo que para esta mujer es un milagro

"¡Está todo intacto!". James consiguió llegar antes. La falta de señal de celular le impidió contarle las buenas noticias. Ella se lanzó hacia el agua, subió por la escalera y en el camino juntó ropa tirada, húmeda, irrecuperable.

Las pertenencias de la familia, los juguetes de su hija: todo estaba allí. Creyó haber perdido lo que con tanto sacrificio construyeron. Finalmente, se fundó en un abrazo con su marido.

En las paredes habían fotos de la pequeña Natalia, de ellos cuando eran jóvenes, de sus padres, hoy viejos y enfermos. Un cartel de madera reza "Amor eterno. Familia".

Frediani y su hijo Guilherme sonrieron desde el agua, abrazados a "Gulu".

Con información de AFP

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