4 de julio de 2026 5:00 hs

Durante estas vacaciones de invierno Fernando Muslera hizo algo que nunca había necesitado hacer en Uruguay: esconderse. No fue al shopping con sus hijos. Evitó los grandes supermercados. Caminó apenas unas cuadras con sus perros, pasó por la carnicería de confianza y volvió rápido a su casa. Después del Mundial prefirió reducir el país a un puñado de lugares seguros.

Mientras la mayoría de los uruguayos regresó del Mundial con anécdotas, enojos y bronceados tras una única escala aérea, el histórico arquero de la selección tuvo que planificar un regreso distinto. Hubo escalas adicionales para evitar un recibimiento atravesado por insultos, reproches o frases como “te olvidaste de las manos” o “por tu culpa nos volvemos”.

El hombre que lleva más de dos décadas viviendo de evitar el error descubrió que había algo mucho más difícil de esquivar: la furia colectiva.

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Muchas de esas agresiones nunca llegaron a sus ojos. Aunque administra personalmente sus redes sociales, decidió abandonarlas. No estaba ni está deprimido. Está intentando protegerse.

Detrás del deportista famoso, del arquero que ganó millones y aprendió que la exposición tiene un precio, seguía estando una persona. Una que, como escribió Shakespeare, sangra cuando la hieren.

Muslera fue, en cierto modo, un desterrado. O un autodesterrado. Y esa reacción, lejos de sorprender, sirve como punto de partida para una pregunta más amplia: ¿qué dice de una sociedad la necesidad de encontrar un culpable cuando la frustración golpea?

El profesor titular de Sociología Felipe Arocena considera que el fútbol funciona como un escenario donde se canalizan emociones que exceden largamente al deporte. Los jugadores son, dice, “los gladiadores del mundo moderno”. Sobre ellos recaen alegrías, frustraciones y expectativas que muchas veces nacieron mucho antes del pitazo inicial.

La psicóloga Patricia Domínguez coincide. Pero advierte que que el pulgar para arriba y para abajo no se da solamente en un coliseo en que miles ven tu error, se replica con distintas cámaras para millones que lo ven en vivo, se amplifica con comentarios de algunos comunicadores que en la previa hablan en términos bélicos de que el partido contra España es “a matar o morir”. Se da también “en un fenómenos más reciente” en que las redes sociales amplifican esa lógica hasta romper, muchas veces, los límites de la humanización. Nadie prepara a un futbolista para enfrentar semejante nivel de exposición.

El sociólogo y la psicóloga, que han investigado el peso del fútbol en Uruguay, entienden que Muslera fue por un rato el chivo expiatorio en un país donde “el fútbol es lo más importante entre lo menos importante” y que, por efecto de globalización y contagio se va extendiendo fuera de fronteras.

“Lo más importante entre lo menos importante”

El periodista, escritor y ensayista Juan Villoro cuenta que “ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad”. Y en el país con más ateos y agnósticos declarados de la región, eso se refleja en números.

El 53% de la población piensa que el fútbol es lo que más destaca a Uruguay en el exterior. El 26% piensa personalmente que el fútbol es lo que distingue a Uruguay, más que sus playas, el campo, o la democracia. El fútbol es más importante que la política en la sociedad uruguaya, el 44% de la población expresa que este deporte es muy o bastante importante en sus vidas (mientras que la política lo es para el 40%).

Son datos de la encuesta más completa sobre este tema que se ha realizado hasta ahora y que tuvo, entre su equipo, a la psicóloga Domínguez y al sociólogo Arocena.

Cuando no está en su rol de senadora por el Frente Amplio, el despacho académico de la politóloga Constanza Moreira se sitúa a apenas unos trechos de escalera del sociólogo Arocena. Ella, en una columna de opinión que publicó este viernes Brecha, expresó: “El filósofo Baruch Spinoza distinguía entre las pasiones alegres, que aumentan nuestra potencia de actuar, y las pasiones tristes, que la disminuyen. El fútbol y la política conocen bien ambas. Son capaces de producir alegrías colectivas, pero también pueden convertirse en espacios donde afloran la frustración, la ira, el resentimiento o el deseo de humillar al otro. Hay algo del clima de época que parece haber cambiado la manera en que esas emociones circulan. Estamos perdiendo la capacidad de convivir con la frustración sin convertir a alguien en culpable absoluto. Las pasiones tristes depositan en otro la responsabilidad por acciones que, en una visión de la política como vida activa, serían mínimamente compartidas”.

El dedo acusador olvida que “cualquier situación previa no necesariamente te prepara para todas las situaciones”, dice la psicóloga Domínguez. “Hay un costo de llegar al alto rendimiento y hay jugadores que lo trabajan. Hay una presión detrás de uno de los negocios más grandes. El futbolista es en ese contexto un producto. Pero jamás es una máquina”.

El periodista Villoro ya lo había contado en una de sus crónicas. “La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible”. Y entonces cita al alemán Harald Schumacher, quien había ocupado la misma posición que Muslera hacer varios años: “Quisiera ser una máquina. Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionás, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones”.

La depresión —por más que muchas veces se usa a la ligera como sinónimo de una tristeza— es una enfermedad. Muslera no está ni fue diagnosticado con depresión. Él mismo tomó recaudos, se rodeó de sus familia y no titubeó en su carrera cuando necesitó hablar con algún psicólogo.

Su amigo y socio Rodrigo Luberktin, tras ver cómo de la crítica con argumentos “se pasa sin filtro al salvajismo”, reflexiona en El Observador: “Por suerte el arquero de Uruguay es alguien de 40 años, con una red de contención, pero, ¿qué hubiese pasado si el error o los errores le ocurren a un pibe de veinte y pocos años sin ese aprendizaje y esa red?”

La pregunta retórica es imposible de responder, no existe el contra-fáctico. Sí se sabe que Moacir Barbosa, el golero brasileño al que Uruguay vence en el Maracanazo, tuvo que sumirse en la soledad. Por años —tal vez décadas— en Brasil se negaron a que un afrodescendiente volviese a defender el arco. Al colombiano Andrés Escobar lo asesinaron (literal) después de un gol en contra en el Mundial de 1994. El alemán Robert Enke se suicidó por la presión de su puesto cuando estaba en la plenitud de performance y murió su hija. No aguantó.

La salud mental no significa por definición la ausencia de una enfermedad, sino el bienestar. No es algo de lo que deba hablarse un 17 de julio por el día conmemorativo del suicidio o cada vez que un caso extremo sacude por un instante la agenda mediática.

“Toda una vida tapando agujeros”

En la voz del Canario Luna la letra de Jaime Roos suena más dulce de lo que cuenta: “Te largan a la cancha sin preguntarte si querés entrar. Por si fuera poco, de golero; toda una vida tapando agujeros.Y si en una de esas salís bueno, se tiran al suelo y te cobran penal”.

Los psicólogos deportivos saben que los arqueros suelen desarrollar algunas características propias de su puesto. Son los que están más solos, aunque son los que también ordenan a la defensa. Los que tienen ese rol privilegiado de ver la cancha en su máxima extensión. Deben tomar decisiones rápidas: no son solo reflejos, también es la velocidad para un proceso mental.

Eso no los convierte en superhéroes ni acorde escalan y se pasean en autos de alta gama los quita “de ser unos simples mortales”. La psicóloga Domínguez explica que “en este gran negocio del fútbol los que más sufren son los que están sobre el césped. Y cada uno, en distintos momentos y sin importar su posición, tiene que tener un acompañamiento”.

No lo dice con voz corporativista y para que contraten más psicólogos. Enseguida se ataja a decir que “un mal profesional y sin especialización puede ser dañino más que una colaboración”. Pero le parece inconcebible que en la selección mayor de Uruguay no haya un psicólogo. Puede que sea con la excusa que “ya son grandes” y que en las formativas se trabaja más la evolución. Puede que sea el argumento de que esos jugadores tienen psicólogos en sus respectivos clubes. Para Domínguez la respuesta es más sencilla: “La principal resistencia es de los entrenadores, cuando en una selección el psicólogo debiera estar incorporado al cuerpo técnico para la construcción de liderazgos positivos, las dinámicas de grupo”. Ella misma es la esposa de un entrenador reconocido y por eso siente esa fortaleza de decirlo.

Y por algo más: en su tesis de maestría hizo un estudio con quienes vistieron la camiseta celeste en el Mundial de Brasil 2014. “Allí me encontré que incluso en la alta competencia, en una selección, hay una disparidad: jugadores que no revisan las redes sociales y lo dejan en manos de profesionales, hay quienes se pasan muchas horas con el celular y son emisores y receptores de los discursos violentos que circulan”. Son presos del algoritmo. O, mejor dicho, de lo que la sociedad va creando.

Arocena ve cómo poco a poco eso va haciendo que los jugadores se aferran a lo que no tienen. Un dios, una cábala, una brujería. Domínguez nota cómo “en la selección y los clubes de Uruguay se depositan demasiadas expectativas infundadas”, como si los logros de un pasado fueran un currículum suficiente para justificar que “en esta perversidad de ver qué vende más nos alejamos de lo más humano”.

Lubetkin, el amigo de Muslera, lo está percibiendo. Se indigna con que la AUF no tenga como política un psicólogo en la selección mayor. Le da rabia que en su país, bajo el argumento de que “esto pasó toda la vida”, se escupa a una línea en una cancha chica porque cobró mal un offside, se tire una garrafa o una bengala de una tribuna porque volvemos a los instintos más primitivos. Pese a ello conserva una esperanza: “confío en que son más los que siguen viendo detrás de la fama a un ser humano”. Y lo resume en una anécdota en ese mismo sitio donde empezó la “operación rescate” de Muslera:

En el aeropuerto de México, un joven uruguayo que había hecho un enorme esfuerzo para viajar al Mundial reconoció a Muslera. Se acercó. Lo abrazó. No le pidió explicaciones ni habló del error que ocupó titulares durante días.

Solo le dijo:

—Vamo' arriba, Nando. A levantarse.

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