Prepararse no significa evitar El Niño. Significa reducir parte de sus consecuencias. Desde el gobierno hasta un productor rural, una escuela o un hospital pueden tomar decisiones distintas si conocen con meses de anticipación cuál es el escenario más probable. Un escenario que, al decir del instituto de Columbia, prevé más de 70% de probabilidades de más lluvias que lo habitual para el último trimestre del año.
Así viaja el efecto de El Niño hasta Uruguay
No es la primera vez. Ocurre cada tanto y los científicos le llaman El Niño. A la inversa, cuando desciende la temperatura de los valores neutrales le dicen La Niña. El fenómeno es un hecho y todo indica que puede llegar a ser muy fuerte incluso tomando en cuenta el índice que le quita al océano el efecto de calentamiento global.
Ya pasó entre 1982 y 1983, entre 1997 y 1998, entre 2015 y 2016 (por citar algunos ejemplos no tan lejanos). La pregunta clave es: ¿con qué intensidad se calentarán las aguas allá lejos acorde se acerque la primavera y el comienzo del verano? Los cerca de 30 modelos que usan en el Instituto de Clima y Sociedad de Columbia dan hasta el momento cerca de 2,5°c (similar a El Niño del año 2015). Otros, como el Centro Europeo, suben la apuesta a entre 3°c y 3,5°c. Y los más apocalípticos —esos que los científicos piden tomar con más cautela— los trepan a más de 4°c.
No hay evidencia de que El Niño provoque más catástrofes que un año cualquiera. Tampoco que se esté repitiendo más seguido acorde la Tierra se va calentando. Puede que esté pasando, puede que no. La ciencia no lo sabe aún.
Pero sí es comprobable que ese aumento de la temperatura del agua en el Pacífico emana ondas de hasta varios kilómetros. Es mucha energía que se desprende. Es como un tren con vagones imaginarios que tiene capacidad de comunicarse con buena parte del planeta. Eso altera —por usar un término poco técnico— la atmósfera, la presión, las distintas corrientes de vientos.
Baethgen da dos ejemplos. Uno sucede a la altura en que los aviones alcanzan su navegación de crucero (a unos 10.000 metros). Ese “chorro”, como lo conocen en la jerga por su forma tubular con oscilaciones, “provocará lluvias más al norte y Uruguay está justo en el medio de donde se prevén más precipitaciones por encima de lo habitual para el último trimestre del año”.
No solo eso. El segundo ejemplo es una corriente de viento que llega del noreste de Brasil y arrastra la humedad de la selva amazónica, a una altura mucho más baja (unos 1.500 metros), en años de El Niño se amplía el efecto de sus eventos hacia zonas más al sur incluyendo a Uruguay.
En cualquiera de los casos, lo que pasa en la altura impacta en la superficie.
Qué dicen hoy los pronósticos. Se sabe que El Niño “es un hecho y que acorde pasen unos meses será entre fuerte y muy fuerte”, dice Madelaine Renom, presidenta del directorio del Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet). Pero acorde se esté más cerca de un evento concreto es cuando el pronóstico permite ser más preciso en microterritorios. Una semana suele ser un tiempo prudencial, pero hay veces que se desencadena en cuestión de pocas horas. Por eso la especialista comenta que en otros países existen sistemas de alarmas en los celulares incluso sin conexión a Internet.
En Uruguay están intentando que las operadoras de telefonía móvil acepten enviar avisos en simultáneo ante alertas del SINAE. Cada una lo hace a su usuario, aunque sea por SMS (como algún operador hizo en la pandemia).
El último boletín del Inumet, mirando en el mediano plazo, traza una línea que corta a Uruguay a la mitad, desde el norte de Soriano, atravesando Durazno y seccionando al departamento de Treinta y Tres. Por encima de esa división imaginaria —léase del centro al norte del país— hay un 45% de probabilidades de que llueva más de lo habitual entre setiembre y noviembre. Debajo, hacia el sur, las chances son iguales a un año neutro (33,3% de que llueva más, 33,3% de que llueva menos, 33,3% de que llueva lo “normal para la época”).
Sobre la temperatura todo parece estar más cerca de lo habitual, aunque algunos modelos hablan de incrementos en el litoral norte. “Pero sobre todo la temperatura más elevada de lo habitual puede caer en meses todavía fríos, como ya está ocurriendo”.
Y ahí hay una oportunidad. El Niño no solo trae malas noticias. Si en agosto la temperatura ya es más alta que lo habitual, es probable que se use menos energía para calefacciones. Y si en verano llueve mucho, es probable que la temperatura sea más llevadera y no sean necesarios tantos ventiladores y aires acondicionados encendidos a la vez.
Las represas hidráulicas tendrán más caudal. Eso puede aumentar el riesgo de rupturas o desbordes, pero también hay en abundancia la materia prima para generar electricidad.
La economía en un país agroexportador
Mucho antes del calendario de Google o las agendas, la humanidad se guiaba por el clima para saber qué producir. Los cultivos de invierno, en el caso de Uruguay, necesitan que las lluvias se retrasen lo máximo posible: en intensidad y en persistencia.
El periodista Juan Samuelle lo explicaba con un ejemplo: “Para trigo y cebada, así como en menor medida para el resto de los cultivos de invierno, es importante que las lluvias no lleguen en octubre”. En esa carrera contra el tiempo también está el arroz para poder acabar su siembra.
Pero para el maíz puede ser una fortuna. Porque si se logra la plantación a tiempo y que emerja, este cultivo de verano se ve favorecido con el agua y es de los que mejor soporta la inundación (a diferencia de la soja que se puede favorecer, pero es un poco más “frágil”)
Baethgen, quien ha trabajado en el INIA, reconoce que no es nadie para dar recomendaciones. Pero que con estos pronósticos hay productores (sobre todo con mayor capacidad de diversificaciones) que “pueden ir pensando cómo adaptarse y diversificar”. Para él es como en la pandemia: “No es todo o nada, blanco o negro, sino ir ajustando perillas y tener la flexibilidad”. Una flexibilidad que, reconoce, no todos la pueden tener de la misma manera.
La salud no son solo virus
La pérdida de un trabajo, la vivienda de toda una vida bajo agua, el recuerdo de la abuela que se lo llevó la corriente, el desplazado que tiene que ir a convivir con desconocidos. Todos estos son factores de riesgo para un sufrimiento psicológico. Por eso Carmen Ciganda, directora de Políticas de Salud, Ambiente y Trabajo en el Ministerio de Salud Pública reconoce que el impacto de los fenómenos climáticos en la salud muchas veces aparece primero en aquello que “desde una mirada biologisista parece desdibujarse”.
En los centros de evacuación “hay que evaluar las condiciones sanitarias de las personas también en aspectos virales, en el esquema de vacunación y evitar cualquier brote”.
Porque el cambio de temperaturas y la humedad (ahí ya excede solo a los desplazados) a veces es caldo de cultivo perfecto para la proliferación de algunas bacterias o virus.
Después de una inundación los riesgos sanitarios no terminan cuando baja el agua. Quedan charcos donde prolifera el mosquito del dengue, aguas contaminadas que pueden transmitir leptospirosis y viviendas que necesitan una correcta desinfección para evitar infecciones.
Bajo ese entendido sencillo —y de cierto sentido común— “las personas no deben alarmarse, las intendencias deben fumigar si se adelantan las chances de proliferación de mosquitos, la gente usar mosquiteros para los bebés, repelente y todas las medidas. Lo mismo vale para desinfectar: lavar desde el techo hasta el piso y con uso correcto del hipoclorito (u otro desinfectante) para no intoxicarse”.
Y aunque parezca otra obviedad, Ciganda pide ser cuidadosos para evitar accidentes: “Una cañada que sube y se quiere ir a rescatar a un perro puede terminar en una muerte evitable, lo mismo la velocidad del manejo con el pavimento mojado”.
Los inundados de (casi) siempre
Los límites administrativos son cuestiones políticas, tratados, asentamientos. El clima no diferencia cuándo termina Brasil y empieza Uruguay. El aumento de lluvias desde más al norte también tienen su efecto arrastre y hacen crecer el caudal de los ríos y sus ramificaciones.
La Dirección Nacional de Agua ya sabe que hay zonas en que los suelos comienzan a estar más saturados en su capacidad de absorber lluvias. Y es por eso que coordinan con el Inumet para ir actualizando las probabilidades de inundaciones.
Hay zonas históricas que se tienden a inundar, incluso en años “neutros”. En el siguiente mapa se puede ver e ir a algunas de las localidades para las cuales ya se tiene aproximaciones del área inundable (hay otras muchas más que todavía no tienen actualizado este mapeo, pero sí que registran eventos con asiduidad). Sin ir más lejos, en Montevideo es donde más fenómenos de inundación se dieron en los últimos 15 años, muchas veces asociado a cuestiones pluviales, pero los desplazados son más de 100 veces menos que en Bella Unión donde hubo menos eventos y obligaron más evacuación.
Acorde pasen los meses y se vayan mejorando las probabilidades de lluvias, su intensidad y su persistencia por zonas más pequeñas, Dinagua podrá ir viendo casi en tiempo real la situación. Es un decir: porque el agua que llega desde más al norte no necesariamente causa una inundación enseguida.
Los cortes de pasos o bien la subida de una pequeña línea de agua a veces deja a una escuela rural aislada. En esa prevención, la Administración Nacional de Educación Pública ya puede ir tomando recaudos: desde que los maestros tengan preparadas actividades a distancia (sean con conexión o sin), o bien sistemas de transportes que permitan sortear los obstáculos. De ahí que la palabra más repetida sea “adaptación”.
Cómo cambia la vida diaria
Es probable que ante la crisis de quien lo perdió todo o el padecimiento de una familia desplazada, haya otros “problemas” que parezcan casi absurdos. Pero El Niño tiene esa ventaja de adelantarse en su capacidad de predicción de que ocurra. Se sabe que suele durar un año, que aumenta su énfasis entre fin de la primavera y comienzos del verano, y que, por tanto, quienes estén haciendo planes pueden ir tomando recaudos.
¿Dónde se veranea? ¿Cómo secar la ropa? ¿Cómo cuidar el jardín? Parecen preguntas elementales, pero reflejan cómo El Niño tiene su impacto desde cuestiones vitales hasta aquellas más pasajeras. A veces para bien y otras no tanto.