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15 de junio 2024 - 5:00hs

Debajo de una lona verde está quien dice llamarse César Daniel. Escucha Los Mismos Locos con unos auriculares de vincha y se hace el desentendido cuando llega la policía.

—Señor, señor. Antes que nada, buenas noches. ¿Quiere que lo llevemos a un refugio del Mides?

—¿A dónde?

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César Daniel dice tener 54 años y en menos de dos horas, cuando las vueltas de las agujas del reloj marquen la llegada de un nuevo día, estará cumpliendo años. Solo. En la misma calle oscura del Centro de Montevideo en la que duerme desde que tenía 32.

En esta noche de vaho que antecede a la tormenta está con ganas de “pegarse un baño”. Le molestan algunos pelitos sueltos que le dejó el peluquero en su última visita. Acepta la oferta. Se pone un buzo tipo canguro negro estampado que le regalaron a las afueras del Teatro Solís, donde hace “unos mangos” cuidando autos, y sube al ómnibus del operativo del Ministerio del Interior que lleva la inscripción “Guardia Republicana”.

César Daniel quedará registrado en la estadística de las personas en situación de calle que el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) atendió este año, si es que llega finalmente al refugio. Para eso falta.

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Desde 2022 a 2023 creció 21% la cantidad de personas que habitan la calle y el Mides les dio cobijo: pasó de 9.303 a 11.256. Y como sucede con los números que duelen, enseguida vienen las justificaciones.

Para unos no hay duda: la marginalidad —entendida como aquellos que quedaron a un costado de la vida normativa— viene en aumento. Crece la demanda. Para otros, en cambio, el Ministerio amplió su capacidad de respuesta y eso decanta en una mayor captación. Sube la oferta. En el medio está la evidencia, esa que, incluso desafiando la ley del mercado, muestra que la demanda y la oferta a veces se ensanchan a la par.

—No me subo a un ómnibus por la puerta de atrás desde que era un gurí.

César Daniel tiene las yemas de los dedos quemadas de tanto encender la pipa cuando le da el impulso de fumar pasta base. Antes —antes de caer en la calle— con esa mismas manos golpeaba la ventanilla de un ómnibus cuando chistaba “al fondo que hay lugar”.

Trabajó en Cutcsa, la principal empresa de transporte público de pasajeros de la capital de Uruguay, hasta que una trompada lo dejó sin nada. Había muerto su madre tras no soportar una operación de baja complejidad. Se había divorciado. Y justo entonces un director de la compañía vino a hablarle “mal” y él se desquitó con los puños.

Le siguió la barranca abajo que comparten muchos hombres adultos que duermen en la calle: la soledad y la falta de trabajo era apaciguada por unos tragos, la bebida lo alejaba cada vez más de la formalidad laboral, la amargura por no sentirse útil lo llevaba a buscar una droga más potente, y así…

Robert otro de los hombres adultos que, como César Daniel, aceptó el traslado hasta un refugio, dice que “el hombre es el único animal capaz de adaptarse a las adversidades y sentirse cómodo en ellas”.

Tal vez por eso César Daniel prefiere su lona verde que un techo de concreto. “No soporto el encierro… y mucho menos el tufo del encierro”.

Queda claro. En la intersección de Maldonado y Aquiles Lanza la policía ve a otro “sin hogar” —por la traducción inglesa— a quien convencen de pasar la noche en un refugio. Luis —así dice que se llama— lleva toda la ropa a cuestas, un saco tipo sport agujereado y una barba sin cortar que lo asemeja al personaje que inspiró la canción El Viejo de La Vela Puerca. Y ni bien asciende al ómnibus, César Daniel se tapa la nariz y se cambia de asiento.

Los antropólogos, sociólogos y otros ólogos insisten con que al humano lo hace humano su capacidad de convivencia. Pero el incremento de las personas en situación de calle —y la diversidad de sus situaciones— está poniendo a prueba esa capacidad de convivencia.

Matías Terra el director de Convivencia Ciudadana del Ministerio del Interior que le bajó el perfil a un cargo que habían puesto en el foco mediático el frenteamplista Gustavo Leal y el nacionalista Santiago González, lo ve en la calle. Poco antes de acompañar el operativo ministerial que —en el marco de la ley de Faltas— conduce a los sin techo a refugios, estuvo en una reunión de vecinos.

—Unos pedían que saquemos a las personas en situación de calle cuanto antes y que se aplique a mansalva la internación compulsiva que prevé la normativa recién aprobada (y aún no en vigencia). Pero, a la vez, había una señora que pedía que quien duerme al lado de su casa no se vaya, pues ella se siente cuidada y además le da comida los días de frío. Y todos puede que tengan sus entendibles razones. ¡Lástima que a veces no se legisla pensando en lo que ocurre en el terreno!

La realidad es la que habla en Héctor Gutiérrez Ruiz y Canelones. Terra ve una carpa —una estilo iglú como la que se llevan a los campings— y frena el convoy policial para “despejar” el espacio público. Mario, el hombre que duerme en la carpa con la custodia de su perro sin raza definida, no quiere subirse al ómnibus.

La ley no obliga el traslado a un refugio. Ni siquiera la internación compulsiva cuando no existe riesgo de vida (del involucrado o de tercero). Entonces solo caben dos opciones: subirse al ómnibus por buena voluntad o empacar la carpa y ponerse a caminar sin ocupar un espacio común.

Del bar Gula sale un hombre en defensa de Mario. Dice ser un vecino que conoce a Mario “desde hace más de diez años”. Y empieza con la cátedra:

—Ustedes (señalando a los policías) tienen que ir a meterse con los que fuman pasta base en la plaza Matriz. Pero con Mario no. Mario es la esencia de este barrio. Lo queremos. Yo me hago cargo, oficial. Porque Mario es buenazo, no tienen ni antecedentes.

Es verdad: Mario no tiene antecedentes. Un oficial lo chequea en su tablet, usando el número de cédula, y confirma que es “77”, como indica la jerga policial a los “sin novedad”.

Los bomberos que acompañan al operativo policial esperan a que Mario empaque y siga camino a la casa del vecino del bar Gula. Su función es limpiar los cartones o chatarras que quedan alrededor y con una manguera potente, la misma que usan para apagar los contenedores de basura que se prenden fuego, darle una enjuagada al lugar.

—No es la función de los bomberos y a veces me da hasta lástima tener que usarlos para esta tarea, pero nuestra misión es ayudar a la buena convivencia —, Terra habla de sus súbditos en primera persona, pues se siente parte de la tarea.

César Daniel no aguanta más. El hedor que le llega desde el fondo del ómnibus lo marea y le pide permiso a un oficial de la Guardia Republicana para abrir la ventana.

—¡Falta poco! Unas vueltas más y llegamos al refugio.

Unos jóvenes toman vino de caja antes de acostarse a dormir en la puerta de un comercio de la calle Canelones. Otra vez la policía hace gala de su juego de persuasión. Pero los muchachos prefieren “levantar campamento” antes que ir a un refugio.

—Ni a palos, oficial. Gracias por el respeto. Pero usted sabe que en el refugio nos afanan todo.

Estos jóvenes consumen drogas como el 91% de quienes dormían a la intemperie la noche del último censo. Y es probable que, como más de la mitad de los encuestados, haya pasado por la cárcel alguna vez. Es una característica del incremento de las personas en calle, un dilema en que el huevo y la gallina son la droga y la cárcel.

El otro rasgo de la fractura social moderna es el aumento de niños que tiene que atender el Mides.

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Terra está un poco frustrado. El calor de este jueves hace que “la gente esté deambulando hasta tarde” y pocos acepten ir al refugio. Pero esta noche también está en su día de suerte.

Viste tal cual el prejuicio del joven blanco del interior. Lleva por adentro del pantalón una camisa a rayas finas celestes y blancas. Los zapatos de cuero marrones hacen juego con el pantalón. Y el rostro sin barba sin necesidad casi de afeitarse le da una impronta más púber que los 28 años que tiene. Tal vez por esa pinta, una muchacha comenta desde la mesa exterior de un bar: “¡Qué facha!”.

Terra se ríe y, pese a la broma de su chofer, cambia de tema. El próximo mes se va de “luna de miel” con la prosecretaria de Presidencia. El director de Convivencia también se enfrenta a la convivencia.

Pero las bromas siguen. Porque Robert, aquel veterano que había subido al ómnibus y filosofaba sobre qué distingue al ser humano, abre el bolsillo exterior de su mochila y enseña una hoja electoral de Alianza Nacional, la misma agrupación en la que milita Terra.

—Voy a tener que hacer estos operativos más seguido, a ver si levantamos la intención de voto—, Terra se ríe pese a que la lista no fue entregada por él, sino que Robert la consiguió en homenaje a su “vieja que era blanca como la leche”.

César Daniel no sabe si el buen trato es por la campaña electoral o un cambio en la filosofía policial. Pero por más respeto y ayuda, a esta altura de la noche no soporta más. Baja del ómnibus antes de llegar al refugio. Agradece y cuando lo intentan convencer de que se quede, lanza:

—Suba usted a ver si aguanta dos minutos.

Terra le da la mano. Es probable que otra noche, en otro operativo, se vuelvan a cruzar. Y antes de la despedida le recuerda: “Ahora los refugios son con cupo permanente, usted puede tener su lugar para pasar las 24 horas. Si bien este operativo —señala a la camioneta de bomberos y el ómnibus de la Republicana— no funciona todos los días, sí tenemos otro operativo diario que lleva más temprano a unas 100 personas a distintos refugios acordados. Lo esperamos”.

Montevideo empieza a dormirse. Luis y Robert, más otros de sus compañeros de ómnibus que prefirieron el anonimato, también.

Queda poco para el fin del operativo, pero a solo tres cuadras de la Dirección Nacional de Policía (donde todo empieza y termina) está Paola acurrucada con su novio debajo de un acolchado agujerado y un poco de comida tirada al costado.

—¿Quieren ir al refugio?

Solo aceptan si van juntos como pareja, pero en el refugio mixto más cercano no permiten noviazgos. Terra lo lamenta. Su compañero de trabajo también. Le conmueve la historia que le relata Paola, quien está terminando el bachillerato en el nocturno del liceo 14. Otra vez... la realidad.

—¿No tenés un lugarcito en el fondo de tu casa? —, Paola se ríe de su propia pregunta. Con la mano derecha masajea un crucifijo blanco que cuelga desde su cuello.

Terra sale del paso, pero antes les pide los datos para coordinar con el Mides una solución.

—La policía no es solo hombres rudos y represión, también es convivencia y un trabajo de hormiga mientras la mayoría de vecinos duerme.

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