Próximo a cumplir 77 años, a Phillipe Meirieu parece no pasarle el tiempo. Uno de los pedagogos contemporáneos más renombrados y citados a nivel mundial no es de esos académicos que se quedan anclados cómodamente en sus viejos paradigmas o en el polvo de sus ensayos. Al contrario, admite sin tapujos los errores de visión que tuvo en su momento y se mantiene al día con los avances tecnológicos, navegando este mundo convulsionado sin asumir posturas apocalípticas ni convertirse en un incentivador enceguecido.
Durante la charla, sus respuestas —pronunciadas en su idioma natal— suenan a una lección magistral de pedagogía que invita irremediablemente a la reflexión. Cada tanto se frena. Hace un silencio deliberado y se toma un tiempo para escoger la palabra exacta, como si la estuviese buscando en esa cabeza tupida de pelo canoso. Sobre estas ideas profundizará en su visita a la Feria de Buenas Prácticas Educativas, el próximo 17 de octubre, con la organización de Unesco y el colegio Santa Elena. Lo que sigue es un diálogo a fondo sobre la doble vocación de la escuela, la caída de la vigilancia intelectual y el poder transformador —y urgente— de los educadores frente a los autoritarismos.
En este mundo convulsionado —guerras, ascensos de populismos de derechas y de izquierdas, mareos con las nuevas tecnologías, crisis de las instituciones democráticas—, ¿la educación obligatoria es rehén o es la culpable de este escenario?
La escuela (y usaré ese término para hablar también del liceo u otros niveles educativos) es más necesaria que nunca. Este entorno convulsionado lo demanda. La escuela que conocemos se construyó sobre una doble vocación: dar la posibilidad a cada individuo de pensar por sí mismo (la autonomía de pensamiento) y, a la vez, construir lo común (ser sociedad). Y en la marcha del mundo está pasando que hay limitaciones en la capacidad de pensar por sí mismo y de construir puentes comunes con los otros. No es sencillo para la escuela este desafío porque nació en un contexto bien distinto, con otros tiempos.
Usted habla de que la escuela es la que crea la libertad y, a la vez, la solidaridad (como ha dado en llamar a su ponencia en la Feria de Buenas Prácticas Educativas). Pero, ¿no son valores contrapuestos en cómo parte de la sociedad y algunas ideologías lo ven?
Es cierto que son dos dimensiones no tan sencillas de conciliar. Para que ello pueda suceder hay que volver a la misión de la escuela: trasmitir saberes (no me refiero a contenidos a modo de adoctrinamiento) que liberan y unen a la vez. Por eso he insistido mucho en los últimos años en la idea de una pedagogía emancipadora: es aquella que le permite a cada individuo potenciar su mayor libertad posible a la vez que es alguien preocupado por la vida en común, en sociedad. Eso es comprender el mundo y actuar sobre ese mundo. El saber es lo contrario a la creencia. La creencia separa, el saber une porque no tiene otro límite que la capacidad pedagógica de enseñarlo.
¿Eso anula la escuela que tiene una orientación filosófica o religiosa?
No. Cada uno puede creer una cierta cantidad de cosas en el plano ideológico, metafísico, personal. Yo puedo creer que me voy a reencarnar en una rana. Pero eso no puede ser compartido porque no lo puedo probar. Entonces el saber, que es aquello en que la evidencia y la verdad adquieren relevancia, nos une. Un ejemplo concreto: el teorema de Pitágoras se pudo demostrar. No alcanza con conocer el teorema, sino con eso que es comprobable, entender su construcción, cómo eso tiene su peso en las pirámides de Egipto o en el ángulo de un tiro penal en el fútbol. Cómo fue cuestionado, o no, en su época. Eso nos va haciendo individuos capaces de pensar por sí mismos y ponerse en diálogo, en común, con los otros. Para unir con el comienzo de la entrevista: hoy hay un ataque mundial contra los saberes. El ruido de la desinformación y de las creencias parece gritar más fuerte que los saberes. La escuela tiene el deber más que nunca que transmitir la exigencia de la verdad, de la evidencia, de la precisión. La verdad es la que me libera de las manipulaciones.
Hoy hay un ataque mundial contra los saberes. El ruido de la desinformación y de las creencias parece gritar más fuerte que los saberes. Hoy hay un ataque mundial contra los saberes. El ruido de la desinformación y de las creencias parece gritar más fuerte que los saberes.
El saber que está en disputa en este mundo, ¿es lo que se ve en los resultados recientes de las pruebas PISA? ¿Es la caída mundial en lectura, en ciencias, en matemática?
Las pruebas PISA evalúan competencias técnicas transferibles en la vida cotidiana. PISA no evalúa la dimensión cultural de los aprendizajes. No hay nada en PISA que concierna a la educación artística, no hay nada que concierna a la educación literaria, no hay nada que concierna a la educación física, no hay nada que concierna al pensamiento crítico y a la ciudadanía, no hay nada que concierna a la cuestión de los valores. PISA aporta indicaciones extremadamente interesantes, pero que hay que relativizar. Teniendo esa cautela, es cierto que PISA muestra una dificultad más grande de los alumnos para acceder a un cierto rigor en el pensamiento y en el razonamiento. Hay con toda evidencia una baja de rigor que es totalmente legible en los resultados de las pruebas PISA para muchos países. Esta falta de rigor puede ser atribuida a la falta de profundidad de las redes sociales, de parte de la interacción digital, la baja de las capacidades de atención. Hay un exceso de datos inexactos por todos lados, de estímulos que hacen caer la vigilancia intelectual de los alumnos.
Hay con toda evidencia una baja de rigor que es totalmente legible en los resultados de las pruebas PISA para muchos países Hay con toda evidencia una baja de rigor que es totalmente legible en los resultados de las pruebas PISA para muchos países
¿Cómo se controla esa vigilancia?
Hay una baja de la vigilancia porque hay una baja del pensamiento crítico y del cuestionamiento [de la puesta en duda]. Hay una baja de la exigencia de precisión, de exactitud y de verdad. Y hay también una baja que se debe a lo que llamamos la deuda cognitiva.
¿Pero eso cómo se aterriza en el aula? ¿Es cuestión de exigir exámenes? ¿O los exámenes son en realidad selectivos (y dicen poco de los alumnos) como sostiene el director de Políticas Educativas de la ANEP?
La exigencia en el examen es la selección. La exigencia en los aprendizajes es la democratización. Así que lo importante evidentemente no es seleccionar en el examen. Lo importante es introducir en la enseñanza misma esta exigencia. Hacer de manera que los alumnos se vuelvan exigentes consigo mismos. Cuando se tiene un mal resultado, por ejemplo, poder cuestionar lo que han hecho, volver a trabajar, volver a partir sobre nuevas bases para mejorar su resultado. Lo que es importante es la manera en que la evaluación permite volverme mejor que yo mismo. El objetivo de la evaluación escolar no es saber si soy mejor que los otros o menos bueno que los otros, sino permitirme mejorar.
La exigencia en el examen es la selección. La exigencia en los aprendizajes es la democratización. La exigencia en el examen es la selección. La exigencia en los aprendizajes es la democratización.
¿Cómo puedo exigirme a mí mismo si soy un niño que la única comida que tienen en el día es la de la escuela, que vengo de una familia de varios hermanos con una madre soltera?
Es necesario dar medios a la escuela para que se ocupe en prioridad de los alumnos con más dificultad. Dicho eso tiene que existir la convicción de la educabilidad de todas y todos. ¿Qué significa? Todos los seres, cada uno a su ritmo y ateniendo sus necesidades, son educables. Eso que parece muy básico, no es otra cosa que el derecho del niño a que no se le niegue la posibilidad de ser libre con saberes y convivir en una sociedad con otros. Educar no es adiestrar. Los niños no son marionetas. Los niños son seres humanos que yo debo educar y, por lo tanto, que yo debo acompañar para el surgimiento de su libertad y de su voluntad. A veces hay una tentación pedagógica, a la que llamé síndrome de Frankenstein, en que se puede fabricar al educando a nuestra imagen y semejanza. Ese es el peor error pedagógico. El educador y la educadora tienen un poder considerable, el poder de abrir horizontes al niño en lugar de encerrarlo, el poder de suscitar su reflexión en lugar de embrutecerlo, el poder de despertar su curiosidad en lugar de dejarlo encerrarse en el oscurantismo. Ante tantos intentos autoritarios que vemos, el futuro de cambiar este mundo pertenece a los educadores y a las educadoras. Son ellos los que preparan el futuro.
A veces hay una tentación pedagógica, a la que llamé síndrome de Frankenstein, en que se puede fabricar al educando a nuestra imagen y semejanza A veces hay una tentación pedagógica, a la que llamé síndrome de Frankenstein, en que se puede fabricar al educando a nuestra imagen y semejanza
En Uruguay, como ya le pasó a Francia, cae la matrícula de estudiantes por la baja de nacimientos. ¿Qué políticas puede aprovechar la escuela?
La primera, que en mi opinión es una pésima idea, es hacer recortes. La segunda es disminuir el número de alumnos de las clases. Tampoco es seguro que esa sea la mejor solución. Los estudios internacionales muestran que valdría más desarrollar la co-enseñanza. Significa que haya más docentes que clases y que los docentes trabajen en equipo y entre varios para acompañar a los alumnos. Yo creo que esta baja de la natalidad debería llevarnos a hacer unidades pedagógicas con más adultos y con adultos a quienes se les dé el tiempo de trabajar en común, de trabajar juntos, de trabajar en equipo. Es preferible docentes que trabajen juntos más que pensar solo en cuántos alumnos atiende cada docente. Eso permite atender mejor las necesidades y darle impulso a los que más lo necesitan.
¿Cada uno puede elegir qué enseñar?
Durante el período de la escolaridad obligatoria, debe haber un tronco común de conocimientos que debe ser definido y que debe remitir a lo que la sociedad considera como esencial que todos sus niños deben saber. Pero lo que hay que añadir es que la adquisición de este tronco común no se va a hacer de la misma manera para todos los alumnos. Hacen falta itinerarios diferentes. Hay algunos que son más rápidos, otros que son más lentos, hay algunos que trabajan de cierta manera, otros que trabajan de otra manera, hay algunos que son más concretos, otros que acceden más rápidamente a la abstracción. Hace falta entonces que la adquisición de los conocimientos comunes, del tronco común, de lo que se podría llamar la base común de conocimientos, pueda hacerse diversificando, diferenciando los enfoques. Y esa es la responsabilidad del equipo de docente.
Ante tantos intentos autoritarios que vemos, el futuro de cambiar este mundo pertenece a los educadores y a las educadoras Ante tantos intentos autoritarios que vemos, el futuro de cambiar este mundo pertenece a los educadores y a las educadoras
¿Eso apunta a poder flexibilizar los grados escolares, por ejemplo?
Deberíamos flexibilizar eso. Deberíamos desarrollar grupos más heterogéneos en los cuales se puedan multiplicar las situaciones de ayuda mutua entre alumnos. Es algo que se usa menos de lo que demuestra la evidencia internacional: la ayuda mutua entre alumnos, en especial si son de niveles distintos de aprendizaje, mejoran a ambos. Creo que se ha subestimado demasiado las relaciones de ayuda mutua y la importancia que pueden tener no solo para el éxito escolar sino también para el desarrollo intelectual, el desarrollo humano y también para el descubrimiento de la importancia de la solidaridad.