"Nos encantan los ganadores en este país. Es un país competitivo. Nos consideramos los mejores del mundo en todo, ¿no? Pero la idea de que sacrificaríamos a nuestros jóvenes para ganar, creo que nos desagrada. Nunca habríamos dicho que se trataba de eso”. Jennifer Sey –gimnasta olímpica de la selección estadounidense de fines de los ochenta– dice a cámara estas palabras mientras recuerda el horror detrás de una de las proezas deportivas más aplaudidas. Habla del salto con el que Kerri Strug consagró a Estados Unidos ganador en los juegos de 1996. La atleta, que participó en la competencia lesionada, tuvo que aterrizar en un solo pie y salir de la colchoneta a rastras mientras los flashes apuntaban hacia ella.
Los aplausos, los festejos y las lágrimas desgarradoras del dolor de una adolescente. Todas esas imágenes convivieron en un mismo plano, y ahora se resignifican en Atleta A, un documental crudo y de digestión lenta –disponible en Netflix– que retrata el escándalo sexual más monstruoso en la historia del deporte. ¿Y qué tiene que ver el salto de esa gimnasta? Es que, dentro de esa escena triunfal, junto al grupo de doctores estaba Larry Nassar, el médico osteópata que por casi tres décadas abusó de más de 500 mujeres (en su mayoría, menores de edad).
Nassar fue encubierto por un sistema macabro que priorizó la imagen de una institución –la USA Gymnastics (USAG)– sobre la integridad de sus atletas. Y el abuso sexual, como otros tipos de abusos que atraviesan esta historia, fue tapado por distintas personas con poder que estimularon el silencio de las víctimas y fueron cómplices de un hombre que desde enero de 2018 cumple una condena de por vida.
Estas mujeres no se callaron nunca. Durante años, gimnastas de distintas generaciones les contaron a sus compañeras, a sus padres y a sus entrenadores sobre la particular técnica que Nassar aplicaba para, supuestamente, sanar las lesiones; el doctor ingresaba sus dedos sin guante en la vagina o en el ano de sus pacientes. Sucedió con jóvenes de la Federación Estadounidense de Gimnasia, con estudiantes de la Universidad de Michigan (Michigan State University) –donde también trabajaba– y con otras chicas que atendía en el sótano de su casa.
Pero años después de esos sucesos, algunas de esas niñas que hoy son mujeres cuentan que en el momento en el que Nassar abusó de ellas no pudieron denunciarlo efectivamente. Porque muchas de ellas eran chicas como para entender lo que estaba pasando, porque la manipulación por parte del adulto que abusaba de ellas era grotesca y porque el contexto que las rodeaba era siniestro por varias puntas.
Porque, además, todo este entramado se da dentro de una cultura de intimidación y miedo que durante años cimentaron Bela y Marta Károlyi, la pareja rumana de entrenadores que estuvo detrás de la perfección de Nadia Comăneci en los setenta y que años después emigró a la federación estadounidense.
Es por eso que la primera denuncia formal que se realizó en 2015 contra Nassar significó muchísimo. Fue la de la gimnasta que le da origen al nombre del documental. La “atleta A” es Maggie Nichols, que fue abusada por el osteópata en el Károlyi Ranch (campamento de entrenamiento del equipo en Texas). Cuando los padres de la joven denunciaron lo sucedido ante las autoridades de la federación, el por ese entonces presidente, Steve Penny, les solicitó que dejaran todo en manos de la USAG, que ellos le harían llegar a la policía la denuncia.
En ese tiempo, Nichols estaba dentro del equipo estrella de gimnastas como Simone Biles, Gabby Douglas, Aly Raisman, Madison Kocian y Brenna Dowell. La prensa especializada la destacaba y su nombre resonaba entre los que debían representar a EEUU en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016. Pero después de la denuncia, la atleta no fue seleccionada por el comité olímpico de su país ni siquiera como suplente. A partir de ahí, el sueño de ser deportista de elite se desvaneció.
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Maggie Nichols (la "atleta A")
Paralelo al rol que tuvieron Maggie y sus padres, hubo otras dos personas clave: la exgimnasta olímpica Jamie Dantzscher y la exgimnasta amateur y abogada Rachel Denhollander, que fue la primera mujer que denunció públicamente los abusos de Nassar y que lideró luego el juicio contra él.
En el documental, Denhollander cuenta cómo cargo con el peso de lo que vivió por más de una década. Hasta que en 2016 leyó un informe que realizó el diario Indianapolis Star (el documental reconstruye el trabajo periodístico de ese pequeño medio) sobre casos de abusos de entrenadores de la USAG y entendió que ese era el momento de hablar.
En setiembre de ese mismo año se publicó un artículo con denuncias de Denhollander y Dantzscher contra el osteópata. Y en cuestión de días el número de víctimas que hablaron comenzó a crecer. Aparecieron, entre cientos más, nombres de reconocidas atletas de distintas generaciones como Jessica Howard, Sey –quién además es productora del documental– y Biles, considerada la mejor gimnasta de la historia.
Los testimonios que recoge Atleta A, junto a otros que sumó En el corazón de oro –otro documental sobre este tema que estrenó HBO en 2019– tienen varios puntos en común. Las víctimas cuentan que dentro de un contexto cargado de exigencias y de adultos que las maltrataban, Nassar aparecía como el “amigo”, como el único que las entendía y las trataba bien. Mientras tanto, el abuso se camuflaba con la manipulación.
Pero cuando una habló, la ola comenzó a gestarse. Todas esas víctimas –niñas, adolescentes y mujeres– se unieron. Y el culpable las tuvo que escuchar.
Uno de los momentos que removió las fibras más sensibles de esta historia fue el juicio de principios de 2018 en el que cientos de mujeres narraron lo que les hizo Nassar. A diferencia de Atleta A, que muestra unos pocos fragmentos, el documental de HBO incluye algunos de los testimonios más duros, como el de Kyle Stephens.
La gimnasta tenía 6 años cuando Nassar abusó de ella. Le contó a sus padres cuando tenía 12, pero como eran amigos del doctor no creyeron que él fuera capaz de hacer eso. “Me empecé a sentir como si me hubieran lavado el cerebro y, para no olvidarme de que no era una mentirosa, me forzaba a recordar paso a paso cómo fueron los abusos. Si no, sentía que perdía el sentido de la realidad y me cuestionaba si habían ocurrido esos abusos”, cuenta. En 2016, cuando la investigación contra Nassar se hizo pública, su padre se suicidó.
Una tras otra, las mujeres pasaron a hablar ante la jueza y ante su abusador. Lágrimas, mucho dolor. Abrazos. Y liberación. “Teniendo en cuenta que la condena que decida este juzgado enviará un mensaje a todo el país, yo me pregunto, ¿cuánto es el valor de una niña?, ¿cuánto es el valor de una mujer joven?”, cuestionó Denhollander, que fue la última en hablar. “Sos la persona más valiente que he tenido en mi corte”, le contestó a la denunciante la jueza Rosemarie, quien luego dictó la sentencia de 175 años de prisión para el depredador sexual Larry Nassar.