10 de mayo 2020 - 5:05hs

Ciro Tamayo dice que extraña “saltar con ganas, agarrar una buena carrerilla y pegar uno de esos saltos que te quitan el aliento”. A Ariele Gomes le hace falta sudar, ensayar y sentir que el cuerpo le responde como ella quiere. Nelson López se declara adicto a los saltos y a la adrenalina que eso le genera, y los necesita, así como también precisa del contacto físico que evoca la danza. Mel Olivera extraña la rutina, sentirse activa, desplazarse por el estudio sin limitación de espacio. Los cuatro son bailarines del elenco estable del Ballet Nacional del Sodre (BNS) y aunque también añoran volver a los escenarios, brillar y sentir la vibración del público, lo que más extrañan ahora es el proceso que los lleva al aplauso.

Estas personas, que pasan cerca de ocho horas danzando por los grandes salones del Sodre, ahora tuvieron que limitarse a bailar en escasos metros cuadrados por poco más de una hora al día en las clases diarias que dictan los docentes de la compañía a partir de las 10 de la mañana.

Extrañan ensayar, contar con el espacio enorme del estudio del Auditorio para fluir livianamente, poder mirarse en los espejos y sentirse bien con lo que ven, tener un piso apto para bailar en puntas o realizar los saltos, y transpirar todo lo que haga falta para lograr la perfección.

Mientras tanto, así como gran parte de la población debió adaptarse a la vida puertas adentro de su casa, los bailarines debieron hacerle entender al cuerpo que ahora no es posible estallar porque hay límites que no dependen de ellos. Y no es nada sencillo. Porque, además, mientras varias personas volvieron a sus lugares de trabajo en los últimos días dentro del proceso de la “nueva normalidad” o mientras ciertos deportistas pudieron retomar sus entrenamientos, para este grupo de trabajadores –que además de artistas son deportistas de élite– volver a ensayar en un contexto en el que es necesario mantener la distancia social es casi imposible. Porque, justamente, la energía que despliega una compañía de baile está dada en gran parte por la sinergia que se genera entre los cuerpos que entran en contacto.

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“Inevitablemente te estás tocando con otras personas, serían casi imposibles los ensayos sin contacto. Porque además tenés que pasar por el piso, donde queda el sudor de otra persona que pasó antes”, explica López, integrante del cuerpo de baile de la compañía.

Pero más allá de las limitantes físicas, cada uno, a su manera, debió enfrentarse en algún momento de la cuarentena a ese monstruo aplastante que en tiempos de coronavirus parece no dejar de esparcirse: la desmotivación.

Montaña rusa

“Al principio, era algo divertido, distinto. Clases en casa con las mascotas rondando por las piernas. Pero llega un momento en el que aparece la incertidumbre sobre qué va a pasar. Ya te cansa no tener la comodidad del estudio, sin el piso al que estamos acostumbrados para saltar y para movernos sin que se te resbalen las zapatillas o se te peguen las medias. Acá no puedo saltar porque o me rompo la cabeza contra el techo o me reviento cuando caigo al piso”, cuenta Tamayo, español que en 2011 llegó al BNS, desde 2014 es primer bailarín y hoy es uno de los nombres más destacados dentro de la compañía.

Y justo cuando habla por teléfono con El Observador “es un día un poco para abajo”, según cuenta. Pero enseguida se convence: “Hay que armarse de coraje, paciencia y repuntar”. “De repente mañana estoy con todos los ánimos de vuelta. Es una montaña rusa, no se sabe cómo te vas a despertar”.

Mientras los simples mortales tienen que rebuscárselas para salir de los días grises, los apasionados tienen a qué aferrarse. Es por eso que cuando Tamayo está desanimado dice basta, pone música y se pone a bailar. Aunque también admite que generalmente se inclina por quedarse quieto y reflexionar. Y los momentos de mejor inspiración son aquellos que elevan su ánimo. Entonces, baila, improvisa, crea.

La buena noticia para sus seguidores es que el bailarín español comparte algunos de esos momentos de creación en su cuenta de Instagram y, a veces, da clases en vivo. Dice que hace poco comenzó a reactivar su perfil en redes y ahora se entretiene con esto. “La gente agradece el poder acompañar a los artistas del BNS incluso desde su casa. Hay que seguir moviéndonos y fomentando lo que nosotros hacemos, no podemos dejar que la cultura muera y que nuestro público se vaya durmiendo, tenemos que mantenerlos entretenidos”, afirma Tamayo.

La necesidad de transpirar

Gomes tiene 27 años, es de San Pablo, lleva casi 10 años en el BNS y desde los 7 años toma clases de baile. Nunca vivió una situación similar a la de ahora, porque ni siquiera ha tenido lesiones que le impidieran tener clases por más de 15 días. “Necesito salir”, afirma la solista y cuenta que el primer mes fue el más complicado porque tuvo que enfrentarse a estar las 24 horas del día sola en su apartamento.

“Siempre paso unas 10 horas del día afuera entre que voy y vuelvo del Sodre. Y generalmente regreso sobre las 18 horas y me quedo en casa. Pero ahora ya no sé qué hacer, hasta le estoy tomando gusto a limpiar”, dice Gomes, que luego del primer mes de encierro pudo repuntar la motivación. “Nosotros nos pasamos muchas horas del día bailando. Tal vez por eso sufrí tanto el principio de la cuarentena. Porque no sé hacer otra cosa”.

Gomes dice que tiene ganas de ensayar y sudar. “Siento que cuando vuelva todo voy a trabajar mejor y con más ganas porque me di cuenta de que realmente me hace falta el trabajo diario. Me encanta estar en el escenario, pero las funciones son una consecuencia del trabajo de todo el año”, expresó.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

“A arte maior é o jeito de cada um... vivo pra ser feliz não vivo pra ser comum” #quarentena #cuarentena #ballet #stayhome

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Y, aunque sabe que le haría bien encontrar inspiración para ponerse a improvisar y a bailar libremente más allá de la clase de la mañana, ahora no puede. Tampoco se exige, porque desde antes de comenzar la cuarentena tiene un dolor en el pie que se estaba tratando y, por supuesto, lo menos adecuado ahora sería lesionarse.

La bailarina contó que, si bien se crió en Brasil, su vida está en Uruguay. Destaca que dentro del BNS tiene amigos que son como su familia, con los que pasan horas del día, salen y pasan las fiestas juntos. Y toda esa sensación de extrañar también se le hace tediosa.

Uno de los mejores amigos de Gomes dentro del ballet es López, que se aferra a la improvisación para salir de los momentos oscuros. “No soy de hacerlo, pero últimamente se volvió como una necesidad. Siempre hay música en mi casa y cuando estoy cocinando o lavando, si suena algo que me generó algo o me emocionó, voy al pedacito libre de piso que tengo y se me da por bailar e improvisar algo. Necesito sacar para afuera”, cuenta el artista.

Mantenerse activo

El proceso de López –uruguayo que desde hace una década forma parte del ballet estatal– con su motivación fue contrario al de su compañera. “Mientras todos en las redes se quejaban la primera semana de que estaban aburridos, yo estaba copado con tener tiempo porque tenía mil cosas para hacer en casa que venía procrastinando. Pero después vinieron días en los que quería que reventara todo, no me aguantaba ni a mí mismo. Y esta última semana, tengo menos ánimo que al principio y me cuesta más”, afirmó.

Para mantenerse activo y llenar las horas, López –que disfrutó siempre de entrenar en el gimnasio su musculatura– lo hace lunes, miércoles y viernes cerca de una hora y comparte los ejercicios con sus seguidores de Instagram. Martes y jueves se ejercita solo, y todos los días después de clase se toma un buen tiempo para la elongación. Una de las cosas que más le preocupan ahora es mantener la fuerza del torso, algo que en la danza es fundamental para los hombres.

Nelson López

Además de las rutinas de gimnasia en vivo desde su Instagram, el bailarín mantiene un perfil bastante activo –y divertido– en sus redes sociales, donde no pierde el contacto con la gente. También se suma a distintos proyectos artísticos a distancia, como el video que hicieron entre algunos bailarines del Sodre con música de Luciano Supervielle (allí López bailó y se encargó de la edición). Pero, de a ratos, no puede evitar extrañar la liberación de su cuerpo por el espacio. Además, entiende que por más que intenta animarse, su mente reacciona automáticamente ante este cambio. “La sensación de saltar genera químicamente ciertas hormonas que te estimulan, y creo que los bailarines nos volvemos un poco adictos a esas sensaciones. Y lo empezás a sentir, estás de peor humor, irritable. Es como cuando te lesionás, pasan cosas que afectan el ánimo”, cuenta López.

Tanto Tamayo como López, que han pasado por distintas pausas en su carrera debido a lesiones, indican que esta situación es muy distinta. Cuando el uruguayo se fracturó el quinto metatarsiano, por ejemplo, estuvo seis meses alejado del escenario y unos cuatro meses sin poder ensayar. “La diferencia es que yo ahí podía ir al gimnasio, hacía natación, luego empecé a ir a clases y hacía barra con el piso adecuado. Ahí las limitantes estaban en mi cuerpo. Ahora es muy frustrante porque yo siento que mi cuerpo está perfecto pero las limitaciones vienen de afuera”, expresó el bailarín.

Tamayo pasó por varias lesiones y entiende que, en cada proceso de recuperación maduró, porque también los asumió como momentos en los que su cuerpo podía necesitar una pausa. “Pero ahora yo sé que puedo bailar”, dice y agrega que “la necesidad de hacer lo que uno ama es innata”, por lo que ningún bailarín está preparado para este tipo de situaciones.

Los efectos sobre el cuerpo
Hace algunas semanas en estas mismas páginas, el médico deportólogo Gastón Gioscia afirmó que lo esperable es que los deportistas de élite bajen su rendimiento durante la cuarentena. Y los bailarines profesionales no se salvan de esa realidad. Algunos se paran frente al espejo y se ven diferentes, otros se sienten más pesados y otros sienten que su cuerpo ya no tiene la misma fuerza de antes.
Entre los cuatro consultados, las mayores preocupaciones en torno al cuerpo fueron de las mujeres. Gomes padece el estar tanto tiempo quieta, en relación a su rutina cotidiana en la que se pasa la mayor parte del día gastando energía, y siente que perdió tonificación muscular. A Olivera le sucede lo mismo y agrega que ahora le cuestan un poco más ciertos movimientos. “A veces al subir una pierna hay un calambrecito o algo más incómodo y eso te cambia el humor, porque además una está acostumbrada a sentirse bien frente al espejo y de repente ahora hay cosas que no están tan lindas como antes”, expresó.
Por otro lado, López dice que siente la falta del entrenamiento de gimnasio y se ve algo más “desinflado” de torso y explicó que hay cierta tonicidad que solo el ballet les da, además de sentirse más pesado y con menos fuerza.

La preocupación del día después

Aunque Mel Olivera bailó varias veces en roles principales en distintas piezas, su papel protágonico como Blanche en Un tranvía llamado Deseo, la primera puesta del año basada en la obra de Tennessee Williams, iba a significar mucho más que lo que fueron sus apariciones anteriores. Porque el 13 de marzo, el mismo día en que las instituciones bajaron su telón y cancelaron funciones, la brasileña de 25 años iba a debutar sobre el escenario como primera bailarina de la compañía, rol que asumió a fines del año pasado luego de que María Noel Riccetto colgara sus zapatillas. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Swan lake #swanlake #odette

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Olivera destaca que tuvo la suerte de poder ir a pasar la cuarentena a una casa en el campo con su novio. Puede salir a caminar, estar al aire libre, jugar con los perros. No padeció el encierro. Aunque hace un punto y aparte para afirmar: “Ahora vienen las preocupaciones”. A la primera bailarina le inquieta qué va a pasar el día en el que todos vuelvan a clase. Dice que todo va a ser más lento, que va a costar y admite que ya siente que su cuerpo no responde como siempre.

En esa misma línea, López comparó lo que puede llegar a ser el regreso con lo que les pasa luego de volver de vacaciones y dijo que suelen estar durísimos, les cuesta encontrar el eje, y la técnica puede fallar. Es por eso que el bailarín consideró: “Nos va a llevar mínimamente dos semanas para ir metiéndonos en nuestro cuerpo de vuelta".

Al igual que sus compañeros, Olivera extraña la rutina y la comodidad que tienen en el auditorio para bailar y practicar libremente.

Quizá sorprenda que este puñado de artistas tan talentosos extrañen más el sudor en la frente antes que el aplauso desenfrenado del público. Olivera lo explica así: “El escenario es la parte más gloriosa, para triunfar y disfrutar. Pero todo el proceso anterior te genera algo mucho más grandioso, te llena el alma. Es cansador trabajar todos los días, estar ocho horas parado bailando, pero cuando llegás al escenario te das cuenta de que toda tu dedicación llegó a determinado lugar”.

Así como Gomes contó que no se proyecta en otra actividad que no sea el baile, Olivera siente que la danza es su “propia vida”. Porque nunca vivió de otra profesión, nunca tuvo ganas de hacer otra cosa. “Para mí bailar es mi vida, es más que la mitad de mí y de lo que soy”.

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