11 de abril de 2011 19:04 hs

“Virtú e fortuna” eran, según Maquiavelo, los dos atributos que los gobernantes debían reunir para que les fuera bien. Quizá en esa combinatoria –liderazgo exitoso como presidente y como jefe de partido, pero también suerte– está la clave de la alta popularidad de que goza Tabaré Vázquez, que, según Equipos, rondaba en octubre el 70%, con un saldo de simpatía de más del 50%. Sin datos específicos sobre las causas de tal popularidad, solo podemos aventurar presunciones, sabiendo que la canasta de motivos es surtida y que las razones de esas simpatías no son las mismas para todos, ni se traducen necesariamente en votos.

Entre la militancia y los votantes del Frente –prácticamente la mitad del electorado y por ende una buena porción del porcentaje de popularidad- cuenta el liderazgo que Vázquez tuvo desde 1990: en la condición de candidato exitoso y dirigente máximo del FA, que fue amasando a lo largo de varios años, en competencia hacia afuera y hacia adentro, ubicándose por encima de fracciones, con buena llegada a la gente y audiencia en los sectores populares. Vázquez no brilló por sus ideas, ni era un exponente típico de la militancia y de la cultura de izquierda. Pero encarnó bien el talante frenteamplista y la noción de país del común de la izquierda, exhibiendo pragmatismo, habilidades tácticas y dotes de mando, gran capacidad de adaptación y virtudes de candidato ganador. Pudo conducir al FA hacia el centro, conquistar votantes y aplacar a los contrarios, sin traicionar la matriz de identidad, ni despegarse del casco del partido.

El ejercicio presidencial lo ayuda a recoger popularidad, entre los frenteamplistas, pero también fuera de ese círculo. Reunió la doble calidad de jefe de gobierno y de jefe del partido, que no se repite con Mujica y es rara en Uruguay, donde los presidentes encabezan una división partidaria. Secundado en el gabinete por la plana mayor del FA y el mayorazgo de Astori, Vázquez mostró la capacidad de decisión y de arbitraje que ya había exhibido en la IMM y en el FA, componiendo un liderazgo firme y ganando estatura como jefe de estado. Su gobierno tuvo éxito por estos ingredientes y por las políticas que promovió, algunas antipáticas y algunas populares. El estreno de la izquierda lució por la consistencia política del gobierno y la estabilidad que hubo, en una alternancia que no era trivial, con generación de confianza y un reformismo calculadamente moderado, lejos de las turbulencias que algunos pudieron temer. Además tuvo suerte: le tocó un ciclo de bonanza y la crisis de 2008 fue benévola y de tiro corto.

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La popularidad se mide hombre a hombre, pidiendo a los encuestados que marquen posición en una escala de cero a diez. Cabría preguntarse si en esa manifestación de simpatías y antipatías no influyen las comparaciones, de modo que pueda haber popularidad por contraste, derivada de un cotejo implícito con otras figuras locales y hasta con mandatarios extranjeros.

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