8 de diciembre de 2015 14:25 hs

La avasallante victoria opositora en Venezuela trasciende la importancia del control parlamentario porque constituyó un masivo repudio popular a un régimen autoritario e inepto, responsable del caos institucional, económico y social en que se debate el país. Junto con la elección de los 167 miembros de la legislatura unicameral, la votación del domingo era de hecho un plebiscito sobre 15 años de desorden socialista, instaurado por Hugo Chávez y profundizado por su sucesor, Nicolás Maduro. La vasta mayoría lograda por la oposición, unificada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), dio la magnitud de la repulsa de los venezolanos al chavismo.

El resultado no liquida al gobierno de Maduro y de su número dos y rival por el liderazgo Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional y capitoste de la estructura militar e industrial. Pero significa que el cuerpo parlamentario dejará de ser un mero sello aprobatorio de las veleidades gubernamentales. El MUD ya ha adelantado que promoverá leyes de amnistía a los presos políticos, que incluyen a dirigentes opositores de primera línea, que recorten el mandato de Maduro para adelantar una elección presidencial y que impongan reformas a una economía desquiciada. Se refleja en una inflación de alrededor del 200%, un déficit fiscal del 10% del Producto Interno Bruto y una caída de importaciones del 60% este año. Todo esto ha creado una terrible escasez de alimentos y otros artículos esenciales de consumo, base del rechazo popular al régimen junto con los pavorosos niveles de inseguridad pública y corrupción.

Pero el futuro de las iniciativas opositoras es incierto. Las leyes pueden ser bloqueadas por la Corte Suprema que, como los demás organismos del Estado, excepto algunos gobiernos locales y ahora el Parlamento, son serviles instrumentos del gobierno. El derrumbe del petróleo, que representa el 96% de las exportaciones, dificultará los intentos de encarrilar la economía. Por otra parte, el peso parlamentario del MUD dependerá de que esta coalición de varios partidos mantenga unidad de acción. La integran desde sectores moderados, liderados por Henrique Capriles, hasta grupos poderosos que exigen mayor radicalización ante el chavismo bajo la conducción de Leopoldo López, arbitrariamente encarcelado.

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Pese a la incertidumbre acerca del futuro inmediato, el resultado electoral tendrá, de todos modos, varios resultados alentadores. Ha sido la primera vez que el pueblo venezolano le da drásticamente la espalda a la fracasada forma de socialismo instaurada por Chávez en 1999. Maduro y sus adláteres mal pueden ignorar un pronunciamiento popular cuya magnitud hasta aventó las posibilidades de fraude. Y no es concebible que el presidente lleve adelante su promesa de instaurar una dictadura cívico-militar, que anunció para el caso de perder las elecciones y que conduciría a la automática suspensión de Venezuela del Mercosur, la Unasur y la OEA. El fiasco electoral profundizará además las latentes disputas internas por el liderazgo del chavismo, al que le quedan ahora dos opciones. Una es su improbable conversión en una fuerza democrática, que introduzca eficiencia de gestión y respeto al estado de derecho, requisitos que hasta ahora le han faltado por su propia índole estructural. La otra, y la mejor para Venezuela, es que el domingo haya comenzado el proceso de su desaparición.

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