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28 de noviembre 2022 - 5:00hs

Una noche durante el verano europeo, Álvaro Arroyo se sentó con algunos colegas a cenar en un restorán a orillas del Mar Negro, en el balneario ucraniano de Odesa. Una “hermosa” noche de luna brillante fue el escenario de uno de los pocos momentos en los que fue consciente del entorno que lo rodeaba. Muy cerca de ahí, un poco más allá de donde la oscuridad de la noche permitía ver, estaba la flota rusa pronta para atacar en medio de una guerra.

“No se ve nada pero sabés que los misiles o con lo que puedan atacar va a venir de ahí”. Y es ahí, durante una noche de calor en un lugar que solía ser destino turístico de ciudadanos rusos, donde este uruguayo que fue a dar ayuda humanitaria en Ucrania es consciente del riesgo que corre. “Para uno que no está acostumbrado, cuesta muchísimo pensar de que pronto puedan atacar. Y cada tanto atacaban”.

Unos pocos meses antes de esa cena bajo la tensión de la guerra, Álvaro jamás se hubiera imaginado esa situación. Menos de un año atrás, en diciembre, su plan era otro. El año pasado, este médico que trabajó para Unicef durante 20 años, había decidido bajar la cortina de su carrera laboral y tras trabajar en Perú durante la pandemia del covid, se jubiló.  “Ahí dije ahora sí, se terminó”, recuerda mientras enumera los países en los que estuvo trabajando para la organización de Naciones Unidas: Panamá, Venezuela, Bolivia.

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Así pasó enero, pasó febrero, pero en marzo algo se empezó a activar en su interior. Desde el sillón de su casa, las noticias sobre el avance ruso en Ucrania pasaron a ser parte de su consumo diario y, a pesar de estar jubilado, pensó que podía hacer algo para colaborar. Mandó algún mensaje a conocidos dentro Unicef y la llamada llegó enseguida.

Cedidas a El Observador Álvaro Arroyo en Ucrania

“Fue un poco como reacción a la jubilación. Ver eso, que hubiera una gran crisis humanitaria por la guerra, por los desplazados, por los refugiados. Me dio algo ahí, de que algo tenía que hacer”, cuenta a El Observador a poco más de un mes de haber salido de Kiev.

Su idea inicial era hacer algún tipo de colaboración para apoyar a Unicef pero no volver a trabajar directamente. Pero lo que la organización precisaba era gente en el terreno para gestionar recursos y para eso Álvaro era un candidato ideal. La experiencia y el conocimiento acumulado durante 20 años trabajando con Unicef le permitían llegar al lugar y poner manos a la obra inmediatamente. Pero, además, al estar jubilado no precisaba coordinar su traslado con ningún trabajo ni oficina.

El 15 de abril llegó por tierra a Lviv para desempeñarse como jefe de Salud y Nutrición de la oficina de Unicef en el país europeo durante seis meses. Los bombardeos sobre la capital ucraniana en el inicio de la invasión hicieron que los funcionarios de Unicef se reagruparan en el oeste del país. Por eso, un hotel en la ciudad de Lviv fue su primera parada. Y, aunque el conflicto se desarrolla principalmente en el este del país, las bombas también llegaron hasta esa zona y las alarmas que avisan de posibles ataques eran constantes. Eso obligaba a Álvaro, sobre todo al principio, a bajar con frecuencia al refugio del hotel y pasar allí al menos un par de horas lo que interrumpía su trabajo. Luego, como a todo, uno se acostumbra y no siempre responde a las alarmas.

El trabajo humanitario, cuenta, consiste en saber qué se necesita, dónde, conseguirlo y hacerlo llegar, lo que en Ucrania es muy complicado porque, por la guerra, los traslados son todos por tierra. Además, se trata de un país grande, y las zonas en las que se requiere ayuda humanitaria son bastante extensas. El trabajo no se concentra en la zona de conflicto sino que también es necesario apoyar  a los desplazados internos. “Allí hay mucho trabajo para hacer”, dice.

Cedidas a El Observador Una discoteca convertida en refugio

Tras tres meses en Lviv, Álvaro se convirtió en un “vecino” de Kiev al pasar de un hotel a un apartamento. Y desde la capital le tocó salir a otras ciudades como Odesa o Zaporiyia y ahí vivió más cerca el conflicto.

Y si bien a Álvaro no le tocó estar directamente bajo bombardeos, sí estuvo en lugares donde el horror había sucedido. Bucha fue una de las primeras ciudades ucranianas de donde los rusos se retiraron tras ocuparla por más de un mes y donde se vieron por primera vez las atrocidades cometidas por los soldados del ejército del Kremlin.

Parado sobre una de las calles que tantas veces salió en las noticias repleta de cadáveres, Álvaro vio la destrucción con sus ojos. Ya habían pasado unos meses de la salida de las tropas rusas y la ciudad estaba en reconstrucción, pero los agujeros provocados por los ataques de los tanques en las paredes de las casas le llamaron la atención. “¿Por qué un tanque que viene por la calle le va a disparar a una casa? Era la destrucción excesiva”, recuerda.

El carácter de los ucranianos, ese que llamó la atención de Álvaro, se ve reflejado en que, a pesar de todo, tratan de seguir con la vida cotidiana y de reconstruir cuando pueden volver a sus casas. “La población ucraniana es muy resiliente y está muy determinada a seguir adelante y a defenderse. Eso me impresionó mucho”, dijo.

Para no paralizarse en una situación así, reflexiona Álvaro, hay que tener determinación y decisión. Si bien los ucranianos son muy conscientes que están en guerra, la vida en las ciudades parece, por momentos, normal. A pesar de que muchos de ellos no sean de Kiev o tengan familiares en el ejército o incluso muertos.

“El país funciona. Tiene sus instituciones activas, el Estado está funcionando. Hay un Ministerio de Salud, hay un sistema de salud”, dice.

Cedidas a El Observador Dibujos de niños en un refugio

Fueron seis meses de mucho desgaste. Por la exigencia del trabajo, los que están en estos contextos trabajan durante cuatro semanas y luego salen una. Están obligados a abandonar el país durante siete días. En algunas de esas salidas, Álvaro aprovechó para visitar a su hija en España. “Tenés una semana. Pero el tema es desconectarte”, dice.

El médico dejó Ucrania a mediados de octubre y volvió a Montevideo para, ahora sí -o al menos eso cree-, disfrutar de su jubilación. Desde su salida, se mantiene en contacto con colegas allá y señala que ahora la principal preocupación es el invierno y la falta de energía eléctrica. “En este momento los ataques son a la infraestructura eléctrica y de calefacción. Obviamente buscan que no funcionen, en un país donde el invierno es largo y las temperaturas llegan a -20 grados”, dice con cierto grado de preocupación.

Pero vuelve sobre la firmeza de los ucranianos y recuerda a una mujer ucraniana de una de las zonas que estuvo ocupada que vio en los medios, porque volvió a su rutina de jubilado, que sentenciaba: “Aguantamos siete meses a los rusos, ¿cómo no vamos a aguantar el invierno?”.

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