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Andar sin rueditas

Carrasco: "Estamos enfermos de activismo estatal, inspirado en una tradición centenaria que nos dice que la realidad se decreta en un conjunto de artículos de ley desde el Palacio Legislativo"

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26 de marzo de 2021 a las 21:56

Por Pablo Carrasco, especial para El Observador

En la cultura sajona el supuesto de la convivencia es que la gente actúa de buena fe y está diciendo la verdad. Se vive bajo ese supuesto y cuando la excepción ocurre, todo el peso de la ley cae sobre el tramposo, que pasa a estar civilmente muerto. En nuestra cultura latina la lógica es la contraria. Todos somos culpables hasta que no demostremos nuestra inocencia. Las leyes se redactan sobre este supuesto y aplican para una tribu de malandras, martirizando a los que se portan bien en un calvario burocrático demoledor.

Esto me vino a la cabeza escuchando hace algunos viernes la columna habitual del programa Diario Rural y de la radio homónima al ingeniero agrónomo Julio Preve, quien hizo un razonamiento en voz alta que me impactó. Mi idea es difundirla, citando al autor, porque su cuestionamiento es completamente basal y digno de ser conocido.

Su silogismo cumple con los requisitos de este encadenamiento lógico, como es el de tener dos proposiciones como premisas y una como resultado. El ingeniero Preve postula: ¿Si en el manejo de la pandemia se encuentra implicado el bien más preciado de todos, como lo es la vida humana, y si la solución propuesta por el gobierno fue la libertad responsable, no será entonces aún mas válida dicha opción para el resto de las cuestiones comerciales y de convivencia en el Uruguay? Simplemente brillante.

Hijos de la conquista española, los orientales han padecido de un activismo reglamentarista que al día de hoy tiene visos de ridiculez y que se ha agravado durante el período en que el gobierno estuvo a cargo de la izquierda, tan española ella.

¿Es acaso razonable que los ciudadanos queden a cargo de la pandemia y los riesgos de vida implicados, mientras que los productores agrícolas no pueden responsablemente decidir la secuencia de cultivos que consideren a su leal saber y entender?

¿Cuál es la razón para partir del supuesto de que los agricultores habrán vandalizar el bien que les es más preciado para su sustento de vida?

¿Es lógico prohibir a un productor cosechar su semilla y compartirla con su vecino debido a que sin la ayuda del Estado éste multiplicaría las malezas en su campo?

¿No es absurdo impedir que un productor incluya la forestación para diversificarse porque seguramente eligiría los suelos más productivos agrícolamente para plantar árboles, salvo que un burócrata lo instruya sobre lo que le conviene o no?

Y si salimos del rubro, ¿no seremos capaces los uruguayos de, además de decidir sobre la vida en pandemia, decidir las dimensiones de nuestro cuarto de baño sin la bendición de las intendencias?

Estamos enfermos de activismo estatal, inspirado en una tradición centenaria que nos dice que la realidad se decreta en un conjunto de artículos de ley desde el Palacio Legislativo.

No elegimos a nuestros representantes para que decidan sobre nuestra vida, para que ingresen a nuestra zona de fuga, los pusimos allí para que nuestras decisiones, que son solo nuestras, no tengan la interferencia del Estado. Los elegimos para preservar nuestra libertad, no para podarla.

La convicción que ostenta sobre la libertad nuestro presidente es el mayor golpe de fortuna que ha tenido el Uruguay, ya que genera un cambio de paradigma sin precedentes.

La Ley de Urgente Consideración (LUC), el presupuesto y sus decisiones durante la pandemia abonan la esperanza de que en lugar de una legislación preventiva tengamos una gestión punitiva: con los que se aglomeran, con los que arruinan la tierra, con los que enmalezan sus campos. Para ellos todo el peso de la ley, pero la carga de la prueba debe volver a nuestra presunta inocencia.

Ojalá los ministros hayan entendido el mensaje y empiecen a desmantelar esa máquina de impedir en la que se ha convertido el Estado uruguayo.

Ojalá nos llegue el día de traer la caja de herramientas para retirar de la bicicleta las rueditas que pretendieron vendernos como indispensables.

Andaremos ligeros de equipaje y a toda velocidad.

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